Velada: Batman vs. Bruce Wayne
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| Michael-McDonnell |
¿Para qué quieres volver a salir
a la noche?
¿Acaso necesitas otra cicatriz?
Dices que es por Gotham. ¡Vamos!
Sabes mentir mejor que eso.
¿Ves ese hematoma del costado? No
es una medalla. Túmbate en el diván para verlo mejor. Parece mas
bien una mancha
de Rorschach.
Quizá tú ves heroísmo, yo leo obsesión. Cada una
es una pregunta que no supiste cerrar, un final abierto que te niegas
a aceptar. Cada día un nuevo acertijo, porque ninguno de los
anteriores fue suficiente. Nunca lo será. Lo sabes. Siempre lo has
sabido.
Te prometes que será el último
trabajo.
El último villano.
La última noche.
Te lo prometes con la misma convicción con la que te mientes desde niño.
«Lo dejo cuando quiera». Palabras de un adicto.
Mírate. Ahí estás otra vez,
frente al traje. No es una armadura: es un argumento. Un razonamiento
cosido en kevlar. Te dices que no es disfrute, que es deber,
que es necesidad. Pero el cuerpo responde antes que la cabeza. El
pulso baja. La respiración se ordena. El mundo se simplifica.
Con
la máscara puesta, todo está claro: hay amenazas y hay objetivos.
No hay contradicciones. No hay herencias.
Sin ella, en cambio, todo pesa.
¿Cuántas veces has pensado si no
sería mejor usar ese dinero para otra cosa?
Organización
urbana. Educación. Desarrollo comunitario. Políticas de equidad.
Sabes recitarlo como las tablas de multiplicar. Podrías financiar
cientos de programas sociales para convertir Gotham en un caso éxito
social.
Y aun así eliges salir de noche.
Porque el dinero también miente.
Ese dinero no grita, no sangra, no suplica. Se mueve en hojas de balance, en contratos antiguos, en fábricas que nunca viste funcionar. Dinero heredado, sí. Legal, también. Pero no inocente. Dinero de acero, de pólvora, de guerras anónimas por lejanas. Es un dinero que nunca tuvo que explicarse a sí mismo.
Hospitales.
Colegios.
Fundaciones.
Lo sabes: suena bien y funciona mejor. Responsabilidad Social Corporativa. El pecado convertido en marketing. Blanqueas la podredumbre con la luz de los flashes y placas conmemorativas con apellido ilustre. Ayuda, pero cuando el daño ya eligió casa.
Representas la culpa del privilegio, heredero del sistema que dices combatir.
Y aquí está la grieta: quieres ser parte del cambio sin dejar de ser parte de la estructura. Quieres reformar la casa sin tocar los cimientos que te sostienen. La cloaca, donde viven los que quieres salvar, son las raíces de tu árbol genealógico.
¿Y cómo lo intentas?
Con
violencia.
No te engañes: no es justicia poética. Es excepción organizada. Eres la solución violenta a problemas que el sistema ni puede ni quiere resolver. El mismo sistema que protegió a los tuyos, que permitió que la ciudad creciera torcida, rentable y cruel. El mismo sistema que fabrico el dinero, el nombre, la inmunidad.
¿Y ahora pretendes redimir con golpes lo que se ganó con armas?
«No mato», dices.
Como si
fuera poco.
Como si fuera todo.
No matas porque sabes que si cruzas esa línea tú mismo cerrarás las puertas de Arkham. Contigo dentro. Porque no confías en ti mismo. Porque no quieres descubrir que, una vez que el límite cae, el abismo no asusta tanto. La regla no es moral: es profiláctica. Es el último dique antes de que Batman deje de ser una herramienta y se convierta en una verdad.
Con la máscara puesta no eres
mejor: eres más simple.
Y eso es peligroso.
Bruce Wayne duda.
Batman
actúa.
Bruce entiende estructuras,
historia, consecuencias.
Batman entiende trayectorias y puntos
de impacto.
Por eso necesitas el
interruptor.
Por eso te cubres el rostro.
La máscara no oculta tu identidad: la reduce. Te quita lo suficiente como para poder hacer lo que, sin ella, te parecería intolerable. Es el permiso para usar el miedo, para quebrar cuerpos, para dar sentencias cortas a problemas complejos. Para convertir la sistémica social en un callejón oscuro con una sola salida.
Y aun así… cuando vuelves al amanecer, cuando el traje cuelga pesado y silencioso, la ciudad no está mejor. Está contenida. Funcional. Aplazada.
Batman no cura Gotham.
La
mantiene viva el tiempo suficiente para que no muera en sus propias
contradicciones.
Y tú lo sabes.
Por eso sigues saliendo.
No
porque creas que sea justo.
Sino porque temes lo que quedaría
si no lo hicieras.
No buscas redención.
Buscas
que el ruido no te deje escuchar el disparo de aquella noche, las
perlas ensangrentadas, la mirada de incomprensión fija en sus caras.
Y mañana, cuando vuelvas a ponerte la máscara, volverás a llamarlo misión.

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