Skybike - Klaus Fernández (Especial Halloween 2026)
El redactor jefe de la revista Planten/Dieren ya no me coge el teléfono. La última vez que lo hizo ni siquiera me dejó explicarme.
—Ya está bien con la broma. Deja de llamar.
Después colgó. No he vuelto a escuchar su voz.
Llevo varios meses en Ubud, Indonesia, intentando terminar un reportaje sobre la fauna local. Intentándolo. Porque, en realidad, no he terminado absolutamente nada.
Han pasado demasiados meses sin hacer nada. Meses gastándome los pocos ahorros que me quedaban después del divorcio.
Ella se quedó con todo. La casa. El coche. Los niños. El perro. Todo.
Maldita zorra.
Al principio pensé que Ubud sería un buen lugar para desaparecer durante un tiempo. Aquí había sol, alcohol, mujeres, drogas y suficientes rincones donde nadie hacía preguntas. Yo tampoco las hacía. Me entregué a todo lo que la isla podía ofrecerme. Necesitaba olvidarlo todo. Dejar de pensar.
Cuando el dinero empezó a escasear de verdad, tuve que buscarme la vida. Hacía fotografías para turistas, vendía alguna que otra imagen a páginas de viajes y malvendía mi trabajo a cualquiera que estuviera dispuesto a pagarme unas rupias.
Fue así como, una tarde, escuché una conversación en un warung local que no iba dirigida a mí. Dos hombres de la mesa de al lado comenzaron a hablar en voz baja.
No recuerdo que dijeron al principio. Solo dos palabras:
Sepeda Udara (Skybike).
Giré la cabeza. Hablaban de una atracción en las montañas, no muy lejos de Ubud. Una de esas estupideces construidas para turistas que quieren hacerse una foto suspendidos sobre el vacío.
Pero entonces mencionaron un accidente. Había ocurrido unos meses atrás.
Una turista holandesa se había matado.
Según contaban, la mujer había caído desde unos cincuenta metros y se había estrellado en el fondo del barranco. Después del accidente, las autoridades clausuraron la atracción.
Hasta ahí, nada especialmente extraño. Los accidentes ocurren y la gente muere.
Y, cuando se mezclan turistas, montañas y empresarios que quieren ganar dinero, supongo que es cuestión de tiempo.
Al parecer, el arnés de seguridad había fallado. La bicicleta —sin neumáticos y suspendida sobre un grueso cable de acero perfectamente tensado— se había inclinado, había dado una vuelta sobre sí misma y la mujer había salido despedida.
Cincuenta metros y la turista ni siquiera tuvo tiempo de gritar.
O eso dijeron.
Pero entonces uno de los hombres bajó todavía más la voz. El accidente no era lo más extraño. Según ellos, todas las noches, a la misma hora en que murió la turista, la Skybike volvía a moverse.
Nadie la empujaba. Nadie se subía a ella. La bicicleta simplemente comenzaba a deslizarse por el cable.
Siempre a la misma hora y siempre desde el mismo punto.
Y, según los lugareños, había algo sentado sobre ella. La turista holandesa seguía haciendo el recorrido.
Todas las noches. Como si no supiera que había muerto, aquel espíritu seguía subiendo a la bicicleta
Y que, cuando llegaba al lugar donde se había roto el arnés, se podía escuchar el grito que había dado antes de caer.
Seguía recorriendo el trayecto todas las noches hasta que algún día se diera cuenta de que ya no pertenecía a este mundo. Su espíritu estaba atrapado, atado a la malograda atracción.
Aquella noche dormí mal. La siguiente tampoco. Al tercer día, busqué dónde estaba la atracción.
Y fue entonces cuando cometí el error.
Decidí ir a verla.
Llegué a la atracción de noche. Había calculado el momento para estar allí poco antes de la hora exacta de la muerte. Si la historia era cierta, quizá podría conseguir unas buenas fotografías. Lo bastante inquietantes como para vendérselas a alguna revista.
Necesitaba el dinero.
La luna apenas iluminaba las montañas. Aquel lugar parecía abandonado desde hacía años.
No había luces. No había turistas. Ni siquiera se escuchaban insectos. Solo susurraba advertencias el viento, muy débil, moviendo las hojas de los árboles.
Un silencio sepulcral.
Avancé hasta la plataforma del Skybike. Una bicicleta oxidada y cubierta de humedad seguía allí, balanceándose ligeramente sobre el cable, aunque no había viento suficiente para moverla.
Me subí a la plataforma y me quedé esperando junto a ella. Miré el reloj. Apenas faltaban tres minutos.
Escuché un ruido.
La bicicleta se movió. Las ruedas metálicas comenzaron a girar muy despacio sobre el cable.
Sobre el asiento vacío comenzó a aparecer una figura, al principio era apenas una sombra, luego una especie de niebla se condensó sobre la bicicleta.
La figura de una mujer.
Me quedé paralizado y empecé a sudar copiosamente. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que pensé que me iba a romper las costillas.
Saqué la cámara, apunté y disparé una secuencia de fotos.
La figura no reaccionó y desapareció lentamente en la oscuridad.
Me quedé en soledad.
Miré la pantalla de la cámara.
Pasé la primera fotografía.
Nada.
La segunda estaba completamente desenfocada.
La tercera mostraba la bicicleta demasiado lejos.
La cuarta...
Me detuve.
—Esta sí...
La amplié.
Primero vi la bicicleta. Después, el cuerpo. Su cara inclinada hacia un lado.
Amplié todavía más.
Y entonces grité.
Porque conocía aquella cara. La conocía perfectamente.
Era la mía.
En la fotografía, me estaba mirando.
Mirándome directamente a través del objetivo.
Era mi fantasma esperando tener paz, esperando a que me diera cuenta de que yo ya no estaba viva, de que había fallecido tiempo atrás y que ya era hora de descansar.
Volví a chillar.
***
La atracción sigue clausurada. No se han vuelto a reportar más apariciones.
Todos los derechos reservados.

¡Vaya twist final! Enhorabuena. Progresa usted adecuadamente ☺️
ResponderEliminarMe gusta este Klaus que no se dedica a acabar con el mundo entero😄
ResponderEliminarUn relato estupendo con un final totalmente inesperado. Me ha encantado.
ResponderEliminarEl final me ha pillado totalmente con el paso cambiado. Enhorabuena.
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