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El incunable - Alberto Jiménez

 


Me desperté y lo primero que hice fue ponerme los calcetines. Como me dijo mi padre un día: un hombre se viste por los pies.

Sin más vestimenta ataqué las primeras tareas de la mañana: un repaso al mercado bursátil y otro a los tips empresariales de Marco Marquina. Este hombre, siempre moreno y mostrando pectoral, tiene una visión clara del mundo de los negocios mientras desayuna una tostada con aguacate frente al mar.

Mi empresa se estaba llenando de mucho niñato recién salido de la Facultad tirando de inteligencia artificial en vez de crear oficio. Los muy idiotas siguen usando LinkedIn para promocionarse.

Ahí, en el chat de Marco, encontré a alguien que intentaba echarme el lazo. Ya sabía yo que soy el mirlo blanco del mundo editorial, al final había alguien que se había dado cuenta del valor de la experiencia.

El puesto se ajustaba a la perfección a mi perfil. Don de gentes, experiencia en la búsqueda de ejemplares raros, saber moverse en todos los ambientes, se valora conocimiento del environment de alto standing, cartera de clientes de alto poder adquisitivo… Los requisitos del puesto me definían.

Me tiró un poco para atrás que solicitasen entrevistarse conmigo, en persona, en Alemania.

Aquel grupo misterioso de headhunters merecía que les diera una oportunidad. Me dispuse a investigarles un poco y me llevé la sorpresa de mi vida.

Mutter Hydra GbR era una firma de profesionales asociadas, ¡y estaban todas buenísimas! Nunca me había encontrado un consejo de dirección así en toda mi vida. Parecía un sueño húmedo hecho realidad.

La entrevista tuvo lugar en una mansión apartada, en mitad de la Selva Negra. El coche que enviaron a recogerme no llevaba logotipos ni matrícula delantera. Clase.

Durante el trayecto, el conductor no pronunció una sola palabra.

La casa parecía salida de una postal antigua: madera oscura, tejados imposibles y ventanales iluminados por lámparas ámbar. Nada de recepciones vulgares ni mostradores de hotel. Aquello tenía categoría.

Me recibió una mujer altísima, de pelo blanco recogido y vestido negro de cuello alto. No aparentaba más de cuarenta años. Me dejó con la mano extendida en el aire con una mirada de madrugada invernal.

—Herzlich Willkommen, Herr Valcárcel. Hemos oído maravillas sobre usted.

Ya empezábamos bien.

La entrevista se celebró en una biblioteca circular. Miles de libros antiguos cubrían las paredes hasta el techo. El olor a cuero viejo y cera me hizo sentir inmediatamente en mi ambiente.

Las socias de Mutter Hydra fueron entrando poco a poco. Cinco mujeres. Elegantes. Serenas. Las típicas “teutonas” de mis sueños.

Demasiado perfectas, quizá.

Me hicieron preguntas muy peculiares: si había tratado con herencias familiares conflictivas, si sabía guardar secretos, si era capaz de trabajar sin reconocimiento público, si aceptaba contratos permanentes.

Respondí con soltura. Aquellas mujeres estaban claramente fascinadas conmigo.

La prueba final consistía en reconocer la autenticidad de un ejemplar. Me trajeron el libro y lo reconocí enseguida:

De Vermis Mysteriis, escrito por Ludvig Prinn en una prisión de la Inquisición en el siglo XVI. ¿Cómo es posible que tengan ustedes un ejemplar?

La encuadernación verdosa, como húmeda, parecía llamarme con una especie de vibración.

Cuando alargué la mano hacia él lo retiraron de mi alcance. Como si acabara de despertar de un trance me encontré con que, aquellas preciosas mujeres me sonreían y me ofrecían uno de esos vinos especiados y calientes. Lo sabía, había superado la prueba. Estaba dentro.

—Buscamos a alguien capaz de localizar otros ejemplares relacionados —dijo la mujer del pelo blanco—. Personas con experiencia. Hombres ambiciosos. Hombres discretos.

No voy a mentir: me sentí elegido. Estaba en el siguiente nivel de experiencia.

Mientras hablaban, empecé a notar un fuerte picor en las manos. Luego en la garganta. Después en la espalda.

Intenté aflojarme el cuello de la camisa, pero los dedos ya no me respondían. La piel se me estaba llenando de bultos oscuros.

Ellas seguían observándome con la tranquilidad profesional de una entrevista de recursos humanos. Cada vez desde más arriba. No crecían ellas, yo estaba disminuyendo de tamaño.

—El proceso de adaptación suele durar unos minutos —comentó una de ellas mientras servía té—. Después mejora.

Quise levantarme, pero las piernas me fallaron.

El pantalón me colgaba enorme. Los zapatos parecían barcas. Una verruga amarillenta me brotó junto al ojo izquierdo.

Las mujeres se acercaron despacio.

—No se preocupe —dijo la más joven sonriendo—. Si trabaja bien, quizá dentro de unos años le permitamos consultar el grimorio. Por el momento, como todos los duendes nuevos, comenzará en lavandería.

Y fue esa frase la que terminó de destruirme.

Porque una parte de mí, pequeña y miserable, todavía sintió orgullo.

©️Alberto Jiménez Ramos 

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