Lotusätarna (Especial Mitología clásica 2026) - Klaus Fernández
El primer verano en que el permafrost siberiano se derritió por completo fue hace tres años.
Millones de extrañas bacterias, atrapadas durante milenios bajo kilómetros de hielo, emergieron a la superficie. Eran organismos de una antigüedad inimaginable e, inevitablemente, inmunes a todos nuestros antibióticos modernos.
Los infectados, tanto humanos como animales, enfermaban en cuestión de días.
Los gobiernos aislaron a sus poblaciones en cuarentenas inútiles. Nada funcionaba. Todo era un fracaso tras otro.
Hasta que apareció el farmacéutico Dr. Lotus.
Aquel científico sueco afirmaba haber desarrollado un medicamento capaz de eliminar el 99 % del virus, ya bautizado por la humanidad como el Virus del Juicio Final. Solo presentaba un efecto secundario: quienes lo tomaban se volvían algo somnolientos y, en algunos casos, mostraban habla arrastrada y cierta desorientación.
Hoy, dos años más tarde, la práctica totalidad de la población del planeta lo consume.
Todos los gobiernos se lanzaron en masa a adquirir el medicamento, excepto los de Rusia y China, que desarrollaron su propia versión. Aquella decisión los condenó prácticamente a la extinción: el fármaco resultó ser un completo fracaso. Con ambos países aislados bajo una cuarentena permanente, resulta imposible conocer el número real de víctimas. La habitual opacidad de sus regímenes impide saber cuántos millones de personas han sucumbido al virus dentro de sus fronteras.
El Dr. Lotus jamás concede entrevistas y nadie conoce con certeza su verdadero aspecto. Hasta hoy.
Hoy me ha citado en su exclusiva isla del mar del Norte.
Sabe que soy uno de los pocos millones de personas —de los casi 8.300 millones que habitan la Tierra— que parecen ser inmunes y que nunca han tomado su medicamento.
Al pie del embarcadero me reciben sus guardaespaldas, que me escoltan hasta su presencia.
El Dr. Lotus resulta ser un hombre menudo, de facciones ratoniles y mirada triste.
—Bienvenido. Lamento comunicarle que, cuando termine nuestra pequeña entrevista, usted empezará a tomar mi medicamento. Aunque parezca completamente sano, no está libre de la infección —dijo el Dr. Lotus, sin darme apenas tiempo a sentarme ni a poner en marcha la grabadora.
—No entiendo... —alcancé a decir.
—Es muy sencillo. Si supiera que la humanidad está condenada, que dentro de un año todos habremos muerto y que no existe ninguna posibilidad de evitarlo, ¿qué haría?
—No lo sé... Supongo que lo comunicaría a la población. La gente tiene derecho a saberlo.
El doctor esbozó una sonrisa cargada de lástima.
—Es usted un ingenuo. Esa posibilidad se debatió en una reunión restringida de la ONU. La conclusión fue unánime: anunciar la verdad solo provocaría el colapso de la civilización. Saqueos, guerras, suicidios... el fin llegaría mucho antes. Así que se tomó otra decisión.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Crear un placebo. Un medicamento, el Lotusätarna, que no cura nada, pero que adormece la mente. Lo suficiente para que la gente deje de pensar en su destino. Lo suficiente para que olvide la inminente extinción de nuestra especie.
Permanecí en silencio.
—Creemos que existe una especie animal inmune en Sudáfrica. Dentro de un año heredará este planeta. Es el tiempo que nos queda como especie dominante.
El Dr. Lotus se dio la vuelta, abrió un cajón y dejó un pastillero sobre la mesa.
—Ha llegado nuestra extinción, y hemos decidido recibirla dormidos. Como los lotófagos de la Odisea: olvidando lo importante, refugiados en una felicidad artificial. Dígame... ¿tomará usted mi medicamento sabiendo que le queda, como mucho, un año de vida antes de morir entre terribles sufrimientos?
Miré la pequeña pastilla blanca. Después cogí el vaso de agua.
Me la tragué.
A veces, la ignorancia no es una maldición.
Es misericordia.
Un año después, el último satélite dejó de transmitir.
Y el silencio envolvió el planeta.
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Fichas mitológicas: Los lotófagos

¡Mira que le gusta cargarse a Klaus la humanidad y mira que nos encanta!
ResponderEliminarGracias.
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