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El retrato del Diablo - Klaus Fernández

Existen casas de subastas famosas en el mundo, escudadas tras el prestigio de gigantes como Christie's o Sotheby's. Sin embargo… ¿dónde creéis que se pujan por las reliquias paganas, los fetiches malditos o el arte arrebatado a sangre, bilis y fuego?

Exacto. En los mismos salones.

Por supuesto, jamás bajo el halo de los focos ni a la vista del ojo profano. Ocurre al fondo de pasillos abovedados que huelen a humedad y sigilo, en galerías subterráneas inaccesibles para el resto del mundo. Un santuario reservado únicamente a fortunas obscenas.

Hoy sale a la venta el único retrato real del Diablo.

Entre la muchedumbre se murmura que revelará la anatomía de un hermoso ángel caído; otros juran que verán una bestia grotesca de pezuñas, pus y cuernos. Hay quien espera una serpiente; algunos, un dragón.

Hoy asisto a la puja oculto bajo las vestiduras de un camarlengo católico. Hay que reconocer que tengo sentido del humor. La curiosidad me roe las tripas: necesito ver cómo me han pintado.

Que yo recuerde, solo me dejé retratar una vez con absoluta fidelidad. Cometí esa torpeza hace siglos, por pura y vulgar vanidad, ante un monje agónico en la abadía húngara de Tihamma. Él estaba enfermo de obsesión por conocer mi auténtica cara. 

¿El precio? Su insignificante y rancia alma. Le exigí que plasmara mi verdadero ser: el lienzo definitivo del Diablo.

Pero el resultado me pareció mediocre; la paleta de colores sencillamente no tenía la viscosidad adecuada. Así que lo convertí en un ratón ciego y me lo tragué despacio, sintiendo cómo sus huesos crujían en mi garganta. Después reduje a cenizas el cuadro, su taller y a la mitad de los monjes de la abadía.

Su alma resultó ser tan insípida como su arte.

Sin embargo, parece que de aquellas llamas sobrevivieron algunos bocetos. 

Ocultos durante siglos, han ido reptando de coleccionista en coleccionista como una infección. 

Hasta hoy.

Ante una multitud de millonarios sudorosos y ansiosos, el subastador tira del pesado terciopelo que cubre la obra.

El silencio se rompe.

Los postores rompen a llorar como niño; unos aúllan mientras convulsionan en el suelo, otros caen desmayados sobre su propio vómito. Varios comienzan a arrancarse los ojos para dejar de ver.

Yo me limito a sonreír. Es idéntico a mí.

¡Qué precisión tan enfermiza en los trazos! Pero es comprensible... al fin y al cabo, el Diablo siempre está en los detalles.

Os preguntaréis cuál es el aspecto de la pintura, pero os ruego que no seáis tan patéticos ni tan ridículamente estrechos de mente. Yo no poseo un solo rostro: poseo millones.

Tengo la cara de todos vuestros temores más asquerosos. Tengo el semblante de un padre abusador; el rostro del cirujano que comete un "error" fatal; las facciones de un asesino en serie; la faz del tirano que mata a miles y los tira en una fosa común.

Tengo la cara de todos ellos... y la de ninguno.

Soy un lienzo en blanco. Un vacío helado.

Habito en la absoluta y enfermiza blancura... y vosotros completáis los matices. Le dais volumen a mi piel con vuestros pecados, vuestros traumas, el hedor de vuestro miedo. Siempre ha sido así. Tú me das forma, y en tu cobardía reside mi verdadero y más absoluto poder.

Para ponerme cara necesitas imaginar lo peor. Y lo haces. A cada segundo.

Cuando imaginas lo que se esconde debajo de tu cama, me das forma. Cuando temes lo que hay en la penumbra de tu habitación, me das volumen. Soy la arquitectura de tus peores pesadillas.

Y justo ahora... mientras lees esto... tú ya me has imaginado. Has visualizado un rostro, ¿verdad?

Ese. Ese que te de hecho mirar por encima del hombro. Ese es mi verdadero rostro.

Estoy en los detalles.

Soy un lienzo en blanco... y tú eres mi tinta.


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