Risas en la bruma (Especial Mitología clásica 2026) - @neuroticologico
—Mira, Acmon, el suelo está mojado.
—Claro, «atontao», si anoche cayó todo lo que no había llovido en lo que llevamos de año, y eso que estamos en noviembre —Acmon miraba hacia arriba mientras descansaba las posaderas a la sombra de una encina protegido por una suave bruma de principios de invierno. Arriba, Passalos reía como un niño pequeño con la siguiente trastada en mente.
Llevaban en aquella posición desde la madrugada pasada. Ya se habían comido el pan, el queso y las longanizas que, buenamente, habían robado a unos pastores camino de la ciudad. Los vieron cansados y decidieron aligerarles el viaje, por ello cogieron también la bota de vino que colgaba a espaldas del más mayor.
La bota, sin previo aviso, impactó en la cabeza de Acmon acompañada de las carcajadas de Passalos.
—¡Te voy a retorcer el pescuezo y hacerme una cartera con tus gónadas! —amenazó poniéndose en pie.
El otro hombre, bajito, casi completamente calvo y desgarbado —una copia de si mismo— cayó a plomo frente a él; dientes por delante.
—«Tenfo que frafticad lof aterrifafes».
Se sacudió, se puso frente a su hermano y señaló el camino encenagado.
—Vienen dos, una pareja, joven… —pasó la lengua por sus labios en un gesto excesivamente lascivo antes de continuar—. ¿Desde cuándo te estás dejando la barba?
—Desde que te cargaste la navaja de los troyanos. Ahora dime qué pasa con la pareja.
Acmon se rasco, una panza cada vez más peluda, aunque no le hizo caso a los caracolillos en los que se enredaban sus dedos, y comenzó la presentación:
—Chico y chica, parecen recién arrejuntados. Van dirección a la ciudad, aunque portan bastantes viandas en un carromato tirado por un burro famélico. Si los guiamos al charco helado…
—¡La cena!
—Y las risas. ¿Qué te parece hacerle cosquillas al burro?
—¡Y levantarle los faldones a la moza!
—¡Y tocarle las pelotillas al mozo!
Y así estuvieron un rato hasta que, cuando quisieron darse cuenta, mozo, moza, burro y carro ya habían pasado de largo, igual que el sol que ya caía por el horizonte.
—¡Calla, palurdo! —sentenció Passalos—. Debemos encontrar comida antes de la noche.
—¿Qué te parece ese muchacho? —preguntó señalando con un peludo y engarrado dedo. Esta vez alzó una ceja ante el aspecto de su brazo y se fijó en que sus cejas parecían más pobladas—. Tiene pinta de estar fornido, aunque su cara es de más borrico que el asno.
—Sí, deberá servir. Lleva una bolsa en la que leo Heracles, seguramente será como llama a su dinero. ¿Cómo deberíamos joderle la noche al mozo?
Y así, entre risas y sin ser conscientes de que sus actos comenzaban a tener consecuencias en su cuerpo, Passalos y Acmon se acercaron a un incauto y adormilado Heracles. El resto es historia.
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