Yggdrasil Media Comm Ltd. (Especial Mitología clásica 2026) - Alberto Jiménez
Yggdrasil Media Comm Ltd. tenía uno de los edificios de oficinas más impresionantes donde el vigilante O'Sullivan había tenido el privilegio de trabajar. Llevaba poco más de un mes en el puesto, gracias a una inesperada baja, y estaba decidido a no volver nunca más a los supermercados.
Odiaba a los pijos con perro y mucho más a sus perrijos. Así que, le dio igual el aspecto de perro guía, se plantó ante el tipo de las gafas oscuras en tres zancadas y le puso la mano en el pecho.
—¿Dónde cree que va, amigo?
El hombre se mantuvo impertérrito tras sus lentes, sin embargo, el perro empezó a gruñir enseñando los colmillos y mirándole con una actitud claramente hostil.
—O'Sullivan, ¿qué demonios cree que está haciendo? —chasqueó la voz de su coordinador en la oreja.
El vigilante se puso la mano en la oreja y miró hacia aquel ojo negro, la cámara de seguridad desde donde le estaban juzgando.
—Un tipo está tratando de entrar con un chucho en…
—¿Cómo que un chucho? ¿Ha dicho chucho? —parecía que estaba preguntando a otra persona— ¡Suerte tiene de conservar la mano!
»No solo va a dejarle pasar. Va a disculparse ante él como si acabara de escupir a la cara de su madre muerta. Y después, les va a acompañar hasta la oficina del CEO. ¿Queda claro?
—Sí. Por supuesto, señor —respondió O'Sullivan a la cámara.
De inmediato se dedicó a borrar arrugas imperceptibles del traje del visitante. Amagó una caricia al perro, pero aquel elevar los labios dejando ver los caninos sugería que no era una buena idea.
—Ha sido un malentendido imperdonable —se disculpaba O´Sullivan—. Llevo poco tiempo en este puesto y aún no había sido informado de…
El hombre le dejó con la palabra en la boca porque se dirigió sin dudar al ascensor. Se quedó frente a la puerta esperando a que esta se abriera para él. Una vez dentro O´Sullivan hizo ostentación de la llave con la que se accedía a la planta de dirección. Giró la llave y explicó:
—Debe ser usted alguien muy importante si le están esperando. Me dieron esta llave previniéndome de que probablemente no la utilizaría nunca. Y, ya ve, aquí estamos.
El visitante no consideró contestar. Seguía con la mirada fija hacia ningún lugar.
—¿Sabía usted que vamos a la planta menos dieciséis? —sentía el silencio como una corbata demasiado apretada—. Otros presidentes de grandes compañías tienen su despacho en la planta más alta de su edificio, pero aquí funcionamos así.
Silencio.
—El lema de Yggdrasil es "conectando a la gente". Somos una corporación multinacional de comunicaciones. Y abajo es donde está lo más importante: los servidores, lo que nos conecta al mundo. He estudiado todo sobre esta empresa porque me gustaría trabajar siempre aquí. Conozco todos los protocolos de seguridad y…
—¿Conoce también el protocolo 23 —volvían a advertirle en el pinganillo—, esa sobre no dar información innecesaria a los visitantes?
O´Sullivan asintió a la cámara.
El perro le miraba directamente.
—¡Qué perrete más guapo! Pero si tiene los ojos azules. ¿Qué son? ¿Lentillas? ¿Hacen lentillas para perros?
—Protocolo 17. No mirar directamente al visitante a los ojos.
O´Sullivan apretó los labios y volvió a confirmar que había oído hacia la cámara de seguridad del interior del ascensor. Pensó que quizá el coordinador también era uno de esos con perrijo.
El ascensor se detuvo suave como una nube. Al otro lado no había despachos con moqueta ni recepcionistas sonrientes. Un largo pasillo de piedra se internaba bajo el edificio, flanqueado por una hilera de lámparas anticuadas.
O'Sullivan tragó saliva:
—¿Servidores? Esto mas bien parece una mazmorra.
El hombre de las gafas de sol echó a andar sin responder.
Fue entonces cuando el perro habló.
—¿Piensas quedarte ahí todo el día?
O'Sullivan sintió que se le aflojaban las rodillas.
Miró al hombre.
Luego al perro.
Otra vez al hombre.
—Ha... ha hablado.
—Claro que he terminado por hablar —bufó el animal—. Llevo escuchando tus tonterías desde el vestíbulo y si no hablo reviento.
O'Sullivan abrió la boca, pero no encontró ninguna palabra dispuesta a salir.
—No te preocupes —dijo el perro mientras reanudaba la marcha—. La primera vez siempre cuesta.
—¿Qué... quién es usted?
—Yo soy el Úlfhéðnar. Él solo me lleva de un sitio a otro para no levantar sospechas —dijo el perro elevando la vista hacia el hombre—. Es sorprendente la cantidad de puertas que se les abren a los ciegos.
El vigilante observó cómo el supuesto dueño asentía con indiferencia, como si aquello fuera la explicación más normal del mundo.
—Entonces ¿qué hay tras la puerta? ¿Algún otro animal parlante?
—Las Nornas, tus jefas. Las responsables de que ayer sea ayer, hoy sea hoy y mañana llegue cuando le toque. Digamos que administran el destino.
Cuando cruzaron la última puerta blindada, tres voces hablaron casi al unísono:
—Adelante Úlfhéðnar.
La sala del Consejo de Dirección en realidad estaba configurada por tres despachos:
Sra. Urðr, donde su ocupante lidiaba con el riesgo de ser sepultada bajo columnas de libros, legajos, archivadores y pergaminos.
La Sra.Verðandi disponía de un despacho que parecía no haber sido usado nunca. Paseaba por la sala masticando una hamburguesa XL al mismo tiempo que hablaba por teléfono.
La Sra. Skuld estaba emparedada entre múltiples pantallas que ofrecían previsiones de variadas alternativas, se generaban infinitas ramas provocadas por la toma de decisiones actualizadas al segundo. Un inquietante mapamundi mostraba cómo avanzaba la destrucción de la humanidad una y otra vez con motivo de una pandemia o una guerra nuclear.
—Bueno, es algo que estaba planificado desde hace unos días —Urðr consultó unos papeles.
—De hecho estoy exigiendo una justificación (¡Ñam!) a fu ofifina del podqué una auditoría en edte precizo momento —dijo Verðandi luchando por tragar carne procesada y seguir varias conversaciones al tiempo.
—Era previsible que ocurriera —confirmó Skuld mirando una de sus pantallas.
—¿Y por qué no hicieron nada? —se sonrió el Úlfhéðnar mostrando los dientes—. Podrían haber avisado en la puerta. Decirle a alguien que venía. Tener preparados informes para callarme la boca. Podrían haber hecho mil cosas, si es que todo está escrito, pero… Yo les diré por qué no. Ustedes. Nunca. Hacen. Nada.
—¿Nada dice? —se quejó Urðr—. ¿Quién cree que mantiene la Historia?
—¿Quién gestiona el libre albedrío de los hombres? —siguió Verðandi.
—¿Quién se asegura de que todo tenga su fin y sus objetivos? —concluyó Skuld.
—Precisamente —replicó el Úlfhéðnar—. Mantienen una Historia que ya está escrita, administran un libre albedrío que conocen de antemano y llaman incertidumbre a un futuro archivado. La oficina de Odín considera que su departamento ha quedado obsoleto. Hemos encontrado un sustituto más eficiente: inteligencia artificial.
Skuld ni siquiera levantó la vista de las pantallas.
—Según mis previsiones, iba a decir exactamente eso —dijo girando la pantalla para que cualquiera pudiera confirmarlo.
Urðr buscó entre un montón de carpetas.
—Aquí está el borrador de su discurso. Lo redactó hace trescientos doce años.
Verðandi sonrió mientras seguía mordiendo la hamburguesa.
—La salsa barbacoa tampoco improvisa.
El perro dejó escapar un gruñido.
—¿Lo ven? Ese es su problema. Todo lo saben. Todo lo esperan. Todo está decidido. ¿Qué sentido tienen mis bromas si ya conocen el giro final? ¿Qué sentido tiene una vida si cada paso fue escrito antes de nacer?
Por primera vez las tres Nornas guardaron silencio.
Entonces O'Sullivan levantó tímidamente la mano.
—Perdón...
Nadie le hizo caso.
—Perdón...
El perro volvió el hocico hacia él.
—¿Qué?
—Es que... si todo estaba escrito... ¿no está feo que lo haya tratado de "chucho"?
Las tres Nornas se miraron.
Skuld arrugó las cejas juzgando a sus pantallas.
—No.
Urðr pasó páginas con creciente nerviosismo.
—No encuentro ese incidente del que me habla.
Verðandi dejó de masticar mientras una aleatoria gota de salsa le resbalaba barbilla abajo.
—Curioso.
El perro sonrió.
—¿Ven? Hasta el destino tiene errores.
—No —respondió Urðr.
—Tiene excepciones —añadió Verðandi.
—Y acabamos de encontrar una —concluyó Skuld—.
El supuesto Úlfhéðnar dejó de sonreír. La figura del perro fue absorbida por la humana y el rostro, ya sin gafas, cambió a alguien muy conocido por las tres Nornas:
—Así que lo sabían.
—Desde antes de que decidieras hacerte pasar por un Úlfhéðnar, Loki.
El dios del engaño soltó una carcajada resignada.
—Tenía que intentarlo —se encogió de hombros—. Despedir a las Nornas y sustituirlas por una IA. El descontrol total.
Urðr cerró una carpeta.
—Y nosotros teníamos que dejarte creer que podías.
Skuld apagó todas sus pantallas de un solo gesto.
—La auditoría ha terminado.
Verðandi señaló hacia O'Sullivan con la última patata frita.
—Y el departamento de Caos vuelve a rellenar su vacante.
—¿Él? —protestó Loki—. ¡Es un desastre!
—Precisamente —respondieron las tres al unísono.
O'Sullivan miró a un lado y a otro.
—Perdón, ¿eso es como un… ascenso?
—Sí. Bueno, un descenso, porque ahora ocuparás un despacho en la planta menos quince.
—¿Y qué tendría que hacer?
Las tres sonrieron.
—Lo mismo que hasta ahora.
O'Sullivan respiró aliviado.
—Menos mal. Porque protocolos... la verdad es que no se me dan demasiado bien.
Por primera vez desde que el mundo era mundo, Skuld observó cómo una de sus pantallas quedaba completamente en blanco. Y no le pareció mal.
Odiaba a los pijos con perro y mucho más a sus perrijos. Así que, le dio igual el aspecto de perro guía, se plantó ante el tipo de las gafas oscuras en tres zancadas y le puso la mano en el pecho.
—¿Dónde cree que va, amigo?
El hombre se mantuvo impertérrito tras sus lentes, sin embargo, el perro empezó a gruñir enseñando los colmillos y mirándole con una actitud claramente hostil.
—O'Sullivan, ¿qué demonios cree que está haciendo? —chasqueó la voz de su coordinador en la oreja.
El vigilante se puso la mano en la oreja y miró hacia aquel ojo negro, la cámara de seguridad desde donde le estaban juzgando.
—Un tipo está tratando de entrar con un chucho en…
—¿Cómo que un chucho? ¿Ha dicho chucho? —parecía que estaba preguntando a otra persona— ¡Suerte tiene de conservar la mano!
»No solo va a dejarle pasar. Va a disculparse ante él como si acabara de escupir a la cara de su madre muerta. Y después, les va a acompañar hasta la oficina del CEO. ¿Queda claro?
—Sí. Por supuesto, señor —respondió O'Sullivan a la cámara.
De inmediato se dedicó a borrar arrugas imperceptibles del traje del visitante. Amagó una caricia al perro, pero aquel elevar los labios dejando ver los caninos sugería que no era una buena idea.
—Ha sido un malentendido imperdonable —se disculpaba O´Sullivan—. Llevo poco tiempo en este puesto y aún no había sido informado de…
El hombre le dejó con la palabra en la boca porque se dirigió sin dudar al ascensor. Se quedó frente a la puerta esperando a que esta se abriera para él. Una vez dentro O´Sullivan hizo ostentación de la llave con la que se accedía a la planta de dirección. Giró la llave y explicó:
—Debe ser usted alguien muy importante si le están esperando. Me dieron esta llave previniéndome de que probablemente no la utilizaría nunca. Y, ya ve, aquí estamos.
El visitante no consideró contestar. Seguía con la mirada fija hacia ningún lugar.
—¿Sabía usted que vamos a la planta menos dieciséis? —sentía el silencio como una corbata demasiado apretada—. Otros presidentes de grandes compañías tienen su despacho en la planta más alta de su edificio, pero aquí funcionamos así.
Silencio.
—El lema de Yggdrasil es "conectando a la gente". Somos una corporación multinacional de comunicaciones. Y abajo es donde está lo más importante: los servidores, lo que nos conecta al mundo. He estudiado todo sobre esta empresa porque me gustaría trabajar siempre aquí. Conozco todos los protocolos de seguridad y…
—¿Conoce también el protocolo 23 —volvían a advertirle en el pinganillo—, esa sobre no dar información innecesaria a los visitantes?
O´Sullivan asintió a la cámara.
El perro le miraba directamente.
—¡Qué perrete más guapo! Pero si tiene los ojos azules. ¿Qué son? ¿Lentillas? ¿Hacen lentillas para perros?
—Protocolo 17. No mirar directamente al visitante a los ojos.
O´Sullivan apretó los labios y volvió a confirmar que había oído hacia la cámara de seguridad del interior del ascensor. Pensó que quizá el coordinador también era uno de esos con perrijo.
El ascensor se detuvo suave como una nube. Al otro lado no había despachos con moqueta ni recepcionistas sonrientes. Un largo pasillo de piedra se internaba bajo el edificio, flanqueado por una hilera de lámparas anticuadas.
O'Sullivan tragó saliva:
—¿Servidores? Esto mas bien parece una mazmorra.
El hombre de las gafas de sol echó a andar sin responder.
Fue entonces cuando el perro habló.
—¿Piensas quedarte ahí todo el día?
O'Sullivan sintió que se le aflojaban las rodillas.
Miró al hombre.
Luego al perro.
Otra vez al hombre.
—Ha... ha hablado.
—Claro que he terminado por hablar —bufó el animal—. Llevo escuchando tus tonterías desde el vestíbulo y si no hablo reviento.
O'Sullivan abrió la boca, pero no encontró ninguna palabra dispuesta a salir.
—No te preocupes —dijo el perro mientras reanudaba la marcha—. La primera vez siempre cuesta.
—¿Qué... quién es usted?
—Yo soy el Úlfhéðnar. Él solo me lleva de un sitio a otro para no levantar sospechas —dijo el perro elevando la vista hacia el hombre—. Es sorprendente la cantidad de puertas que se les abren a los ciegos.
El vigilante observó cómo el supuesto dueño asentía con indiferencia, como si aquello fuera la explicación más normal del mundo.
—Entonces ¿qué hay tras la puerta? ¿Algún otro animal parlante?
—Las Nornas, tus jefas. Las responsables de que ayer sea ayer, hoy sea hoy y mañana llegue cuando le toque. Digamos que administran el destino.
Cuando cruzaron la última puerta blindada, tres voces hablaron casi al unísono:
—Adelante Úlfhéðnar.
La sala del Consejo de Dirección en realidad estaba configurada por tres despachos:
Sra. Urðr, donde su ocupante lidiaba con el riesgo de ser sepultada bajo columnas de libros, legajos, archivadores y pergaminos.
La Sra.Verðandi disponía de un despacho que parecía no haber sido usado nunca. Paseaba por la sala masticando una hamburguesa XL al mismo tiempo que hablaba por teléfono.
La Sra. Skuld estaba emparedada entre múltiples pantallas que ofrecían previsiones de variadas alternativas, se generaban infinitas ramas provocadas por la toma de decisiones actualizadas al segundo. Un inquietante mapamundi mostraba cómo avanzaba la destrucción de la humanidad una y otra vez con motivo de una pandemia o una guerra nuclear.
—Bueno, es algo que estaba planificado desde hace unos días —Urðr consultó unos papeles.
—De hecho estoy exigiendo una justificación (¡Ñam!) a fu ofifina del podqué una auditoría en edte precizo momento —dijo Verðandi luchando por tragar carne procesada y seguir varias conversaciones al tiempo.
—Era previsible que ocurriera —confirmó Skuld mirando una de sus pantallas.
—¿Y por qué no hicieron nada? —se sonrió el Úlfhéðnar mostrando los dientes—. Podrían haber avisado en la puerta. Decirle a alguien que venía. Tener preparados informes para callarme la boca. Podrían haber hecho mil cosas, si es que todo está escrito, pero… Yo les diré por qué no. Ustedes. Nunca. Hacen. Nada.
—¿Nada dice? —se quejó Urðr—. ¿Quién cree que mantiene la Historia?
—¿Quién gestiona el libre albedrío de los hombres? —siguió Verðandi.
—¿Quién se asegura de que todo tenga su fin y sus objetivos? —concluyó Skuld.
—Precisamente —replicó el Úlfhéðnar—. Mantienen una Historia que ya está escrita, administran un libre albedrío que conocen de antemano y llaman incertidumbre a un futuro archivado. La oficina de Odín considera que su departamento ha quedado obsoleto. Hemos encontrado un sustituto más eficiente: inteligencia artificial.
Skuld ni siquiera levantó la vista de las pantallas.
—Según mis previsiones, iba a decir exactamente eso —dijo girando la pantalla para que cualquiera pudiera confirmarlo.
Urðr buscó entre un montón de carpetas.
—Aquí está el borrador de su discurso. Lo redactó hace trescientos doce años.
Verðandi sonrió mientras seguía mordiendo la hamburguesa.
—La salsa barbacoa tampoco improvisa.
El perro dejó escapar un gruñido.
—¿Lo ven? Ese es su problema. Todo lo saben. Todo lo esperan. Todo está decidido. ¿Qué sentido tienen mis bromas si ya conocen el giro final? ¿Qué sentido tiene una vida si cada paso fue escrito antes de nacer?
Por primera vez las tres Nornas guardaron silencio.
Entonces O'Sullivan levantó tímidamente la mano.
—Perdón...
Nadie le hizo caso.
—Perdón...
El perro volvió el hocico hacia él.
—¿Qué?
—Es que... si todo estaba escrito... ¿no está feo que lo haya tratado de "chucho"?
Las tres Nornas se miraron.
Skuld arrugó las cejas juzgando a sus pantallas.
—No.
Urðr pasó páginas con creciente nerviosismo.
—No encuentro ese incidente del que me habla.
Verðandi dejó de masticar mientras una aleatoria gota de salsa le resbalaba barbilla abajo.
—Curioso.
El perro sonrió.
—¿Ven? Hasta el destino tiene errores.
—No —respondió Urðr.
—Tiene excepciones —añadió Verðandi.
—Y acabamos de encontrar una —concluyó Skuld—.
El supuesto Úlfhéðnar dejó de sonreír. La figura del perro fue absorbida por la humana y el rostro, ya sin gafas, cambió a alguien muy conocido por las tres Nornas:
—Así que lo sabían.
—Desde antes de que decidieras hacerte pasar por un Úlfhéðnar, Loki.
El dios del engaño soltó una carcajada resignada.
—Tenía que intentarlo —se encogió de hombros—. Despedir a las Nornas y sustituirlas por una IA. El descontrol total.
Urðr cerró una carpeta.
—Y nosotros teníamos que dejarte creer que podías.
Skuld apagó todas sus pantallas de un solo gesto.
—La auditoría ha terminado.
Verðandi señaló hacia O'Sullivan con la última patata frita.
—Y el departamento de Caos vuelve a rellenar su vacante.
—¿Él? —protestó Loki—. ¡Es un desastre!
—Precisamente —respondieron las tres al unísono.
O'Sullivan miró a un lado y a otro.
—Perdón, ¿eso es como un… ascenso?
—Sí. Bueno, un descenso, porque ahora ocuparás un despacho en la planta menos quince.
—¿Y qué tendría que hacer?
Las tres sonrieron.
—Lo mismo que hasta ahora.
O'Sullivan respiró aliviado.
—Menos mal. Porque protocolos... la verdad es que no se me dan demasiado bien.
Por primera vez desde que el mundo era mundo, Skuld observó cómo una de sus pantallas quedaba completamente en blanco. Y no le pareció mal.
Fichas mitológicas: Yggdrasil.
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Que bien escribe y qué buenas ideas tiene Alberto. ¡Gracias!
ResponderEliminarMuy bueno. Gracias Beto.
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