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Coincidencia Mortal - Jorge Ruiz Morales (Especial Halloween 2026)

 

Imagen: Carateja

Jorge Ruiz Morales

@jorgeruiz1629 

Colaborador literario

La carretera que une el pueblo con la ciudad tiene una curva que los vecinos evitan de noche. No hay señal que lo indique, no hay guardarraíl roto, no hay cruz con flores marchitas. Solo hay un silencio distinto, más denso que el de cualquier otro tramo, como si el aire mismo recordara algo que los hombres han preferido olvidar.

Nadia iba cantando. Aquella noche era su noche: nueve velas, una bolera entera para ella y para Marta, y un cosquilleo en el estómago que solo se siente a esa edad, cuando el mundo todavía es una fiesta que no se acaba nunca. Su padre conducía despacio, tarareando la misma canción que las niñas repetían por tercera vez, y por la ventanilla pasaban árboles negros contra un cielo sin luna.

Sara también conducía. No cantaba. Llevaba tres años de recuerdos apretados en el pecho y una copa de más disolviendo lo poco que le quedaba de calma. El teléfono sonaba, ella gritaba, las lágrimas le nublaban la vista tanto como el alcohol. No vio la curva. No vio los faros que venían de frente. Solo sintió, durante un segundo eterno, que el volante ya no le pertenecía a sus manos.

Nadia y Sara se han conocido en la carretera, pero no se han visto.

Basta decir que después de esa noche la curva dejó de ser solo una curva.

Algunos comentan que quien pasa por allí a las doce, la noche de Halloween, ve dos luces que se acercan por direcciones opuestas y después desaparecen sin cruzarse jamás, como si la carretera misma se negara a repetir lo que pasó. Los que se han atrevido a bajar del coche hablan de una risa de niña que se mezcla, de manera insoportable, con un llanto de mujer adulta. Nunca al mismo tiempo. Nunca en silencio.

Quique, un periodista local, escéptico de nacimiento, decidió comprobarlo hace tres años. Aparcó junto al lugar exacto minutos antes de medianoche, cámara en mano, dispuesto a desmontar la leyenda del pueblo. A las 00:00 en punto, dijo después, el aire cambió de temperatura de golpe, como si alguien hubiera abierto una nevera invisible a su alrededor. Escuchó primero una melodía infantil, la misma canción una y otra vez, cada vez más lejana. Luego, superpuesta, una voz de mujer discutiendo por teléfono con alguien que nadie más podía oír.

Cuando revisó la grabación esa misma noche, las dos voces estaban ahí, nítidas, imposibles de confundir con el viento. Pero había algo más: en el segundo 43, justo cuando ambas voces se solapaban por completo, se escuchaba con claridad una tercera voz, una que no correspondía ni a una niña ni a una joven. Era grave, pausada, y decía una sola frase antes de que la grabación se cortara sola:

—Esta vez sí os habéis visto.

El periodista nunca volvió a esa carretera. Vendió el coche dos semanas después. Dijo que, aunque el motor arrancaba perfectamente, cada vez que giraba la llave el salpicadero marcaba, durante un instante, las 00:00, sin importar la hora real que fuera.

Desde entonces, los vecinos han añadido una norma no escrita a las historias que se cuentan sobre esa curva: si alguna vez tu coche se detiene solo, sin motivo, en ese tramo exacto, no mires por el retrovisor. Porque dicen que esa noche, la única noche del año en que el velo entre lo que pasó y lo que pudo pasar se vuelve tan fino como el humo, las dos coinciden por fin. Se ven. Y buscan a un tercero que ocupe el asiento vacío que ninguna de las dos quiso dejar libre.

Este año, 31 de octubre, la curva vuelve a estar en silencio.

Casi.


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Comentarios

  1. Gracias Jorge, me ha gustado y está muy bien escrita la historia. Enhorabuena.

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  2. La chica de la curva es, sin duda, una de las leyendas urbanas más famosas del Mundo, pero no obstante Jorge le ha dado una vuelta de tuerca muy interesante. ¡Gracias!

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