Diles que no me maten - Alberto Jiménez
*Inspirado muy alegremente en el Diles que no me maten de Juan Rulfo.
Pertenece al capítulo 12 de mi novela Arañas bajo las viñas.
Pertenece al capítulo 12 de mi novela Arañas bajo las viñas.
—¡Diles que no me maten! Tienes que decírselo. Está claro que se han equivocado de persona. Por lo menos en mi caso. Yo no sé lo que tienen contra ti. No te juzgo. De verdad. Pero como vendrán a por ti primero, díselo. Que no me hagan daño. Que no les conozco de nada.
Se escuchaban como unas sirenas antes de un bombardeo, un ritmo de graves continuo, música electrónica. ¿Estaba en una discoteca? Esa música era demasiado fuerte, por lo que allí encerrado nadie me oiría gritar. Solo podía gritarle al tipo que estaba a mi lado.
—¡Qué dices viejo loco! No sé quién eres. No sé quién es nadie aquí. Ni sé dónde estoy.
—Sí. Ellos deben conocerte a ti. Les hiciste algo. Alguno de tus amigos ha hablado más de la cuenta. Les habréis cabreado por lo que sea y ahora se lo quieren cobrar. Pero yo no tengo nada que ver, ni me importa lo que hagáis. Tienes que explicarles eso.
—¡Gilipollas de mierda! ¡Que yo no conozco a ninguna de esas cosas! Estoy atado igual que tú, oliendo a alcantarilla y en la puta oscuridad. ¿Estás perdiendo la cabeza? Tío, ayúdame. Tenemos que buscar la forma de salir de aquí.
—Si se trata de una broma… Vale. Estoy acojonado. Lo habéis conseguido. Claro, eso es. Es para darme una lección, ¿no? Vale, lo pillo. Lo siento. No sé qué es lo que os hice, pero lo siento. Sé que la cagué. La cago constantemente. Dime de qué se trata y trataré de compensaros. Lo siento de verdad.
Aquel desconocido se removía como una lagartija en sus ataduras intentando liberarse. Miraba hacia todos los lados buscando algo. Removía el fango que había en nuestros pies, que de inmediato volvían a cubrirse con agua negra levantando una brisa a baño público en fiestas. Estábamos sufriendo el claro ejemplo de por qué no hay que remover la mierda.
—Puto loco de los cojones —me increpó el otro tipo—. Busca algo con lo que librarnos las manos. ¿Hay algo por ahí? Vamos. Aquí abajo debe haber algo más que cajas de botellas vacías. Revuelve la mierda maldito cabrón y encuentra algo que nos ayude. ¿Hay salida por allí?
—¡Qué dices viejo loco! No sé quién eres. No sé quién es nadie aquí. Ni sé dónde estoy.
—Sí. Ellos deben conocerte a ti. Les hiciste algo. Alguno de tus amigos ha hablado más de la cuenta. Les habréis cabreado por lo que sea y ahora se lo quieren cobrar. Pero yo no tengo nada que ver, ni me importa lo que hagáis. Tienes que explicarles eso.
—¡Gilipollas de mierda! ¡Que yo no conozco a ninguna de esas cosas! Estoy atado igual que tú, oliendo a alcantarilla y en la puta oscuridad. ¿Estás perdiendo la cabeza? Tío, ayúdame. Tenemos que buscar la forma de salir de aquí.
—Si se trata de una broma… Vale. Estoy acojonado. Lo habéis conseguido. Claro, eso es. Es para darme una lección, ¿no? Vale, lo pillo. Lo siento. No sé qué es lo que os hice, pero lo siento. Sé que la cagué. La cago constantemente. Dime de qué se trata y trataré de compensaros. Lo siento de verdad.
Aquel desconocido se removía como una lagartija en sus ataduras intentando liberarse. Miraba hacia todos los lados buscando algo. Removía el fango que había en nuestros pies, que de inmediato volvían a cubrirse con agua negra levantando una brisa a baño público en fiestas. Estábamos sufriendo el claro ejemplo de por qué no hay que remover la mierda.
—Puto loco de los cojones —me increpó el otro tipo—. Busca algo con lo que librarnos las manos. ¿Hay algo por ahí? Vamos. Aquí abajo debe haber algo más que cajas de botellas vacías. Revuelve la mierda maldito cabrón y encuentra algo que nos ayude. ¿Hay salida por allí?
—¿Qué revuelva qué? ¿Hueles eso? Restos de cerveza y vómito. Seguro que estamos debajo de los baños de este sitio. Estamos en la parte más baja de este agujero. Donde van a parar todas las meadas de los que están bailando y poniéndose hasta arriba de todo. Yo no toco eso ni loco.
Entraron dos de esas cosas. Para mí estaba claro que no eran humanos. Parecían personas, pero no lo eran. Bueno, sí lo parecían, pero seguro que no lo eran. Es decir, tenían dos piernas, dos brazos. Pero… esos movimientos caóticos, desacompasados. Era como si estuvieran rotos. Su boca, demasiado grande. Su risa que dejaba ver una apertura irreal. La mandíbula se veía desencajada en lo que pretendía ser una risa sin sonido. Por supuesto le tocaba al otro.
—Dejadme, cabrones. No, no, no.
Se dejó caer como vencido. Se lo llevaron arrastrando los pies, como desmayado, por la abertura en la que se veían los escalones que subían. Pero antes de llegar, se revolvió tratando de liberarse. Al soltarse, el pobre desgraciado se cayó al suelo de cara. Uno de ellos le puso la bota encima y le hundió aún más la cara en el suelo, en ese suelo. No les hizo gracia su jugada, pero a ellos sí la propia. Alzaron los brazos y comenzaron a bailar sin ritmo aquella música atronadora. Eso sí, sin levantar el pie de su cabeza.
—¡Grrbbbpufff!
El pobre desgraciado se estaba comiendo esa porquería. Mientras, esas cosas se miraban y se reían. Siguieron así un momento hasta que algo hizo clic en la cabeza del que lo mantenía ahogándose. Cuando se lo llevaron, ese cuerpo no reaccionó a lo que tenía en la boca. Creo que se lo llevaron muerto.
No quería pensar en eso y me puse a recordar cómo había llegado hasta ahí. Me habían traído de madrugada. Me cogieron cuando ya volvía casa a dormir la borrachera. Y era de las buenas. Necesitaba aferrarme a la seguridad de la recta que ofrecen las paredes, la necesidad del frío del vidrio de un escaparate en la cara cuando te apoyas en él, te sientas en un portal, pero te das cuenta de que tu estómago no lo va a permitir. Vuelves a levantarte, pero tu centro de gravedad te desafía y caes unos metros más allá.
En ese estado poco más podía hacer cuando me llevaron. Mi cuerpo optó por descargar todo el estómago, la conciencia dio por terminado el día y le pulsó el botón de apagar. Desde ahí no recuerdo nada.
En mi vuelta a la realidad me encontré en lo que parecía una antigua bodega excavada en la piedra donde no entraba sino un atisbo de luz artificial rebotada de metros más arriba. Lo único que distinguían mis ojos era una hilera de tinajas rotas hacia un lado. No se veía el fondo de esa galería. Yo estaba a unos metros de la bajada a este pozo de mierda. Literal. El desagüe de baños que debían estar sobre la cueva, estaría seguramente roto y con filtraciones de agua, mierda, orina, vómito y cerveza derramada. El sonido era repetición y caos con la firme intención de ser confundido con música. Confirmé que parte del olor a vómito provenía de mí mismo. De rodillas para abajo llevaba todo lo que había comido desde las diez. Y, si no me liberaban pronto, lo que había bebido bajaría recorriendo la misma dirección.
A esas alturas ya era consciente de que, de mi antiguo compañero, no podía esperar ninguna ayuda. No sabía por qué estaba allí atado a lo que, suponía, era parte de la estructura de madera podrida que sujetaba una de aquellas tinajas de tres metros de altura.
Quería convencerme de que me habían confundido con otro. Que todo era un error. Quizá sí era por algo que había hecho, pero no podía ser. De aquello hacía tiempo ya. No era posible que nadie lo recordara. ¿Quién se va a acordar de una puta?
Todo tiene un motivo. Todo tiene siempre un maldito motivo. Y aquella tía se rio de mí y se me fue la cabeza. Empezó a reírse sin más. Yo había pagado. Había pagado. Joder. Merecía un trato justo. Me corrí en cuanto ella empezó a tocarla y no me dio tiempo. Así no vale. Eso no es lo que tenía que pasar. Ella tenía que hacer que yo disfrutase de aquella noche y, sin embargo, lo que hizo fue reírse de mí. No hay derecho. Cualquiera habría hecho lo mismo que yo. No permitir aquello. No. Si yo había pagado merecía un trato justo. Que ella hiciera lo que yo le dijera y procurar que me lo pasara bien. Uno no va a esos sitios a descargar y ya está. Iba a estar con una mujer, pero no puede ser que me la tocara un poco, me corriese y creyera que ya estaba. Que ahí se terminaba todo.
Se rio de mí. De mí. Que ya estaba. La llamé de todo. Sé que la insulté. Y ella se puso borde. Ya no le hacía tanta gracia. Ya le cambió la cara. ¡Estaba cabreada porque yo no la estaba teniendo respeto! Maldita puta. ¿Qué respeto se merece una puta? ¿Es que no ves a qué te dedicas? La madre que me parió. Respeto dice. Yo he pagado y quería la tía que todo terminara ahí. Que yo ya había terminado y que era mi problema. Sé que la cogí y la agité como si fuera de trapo. Ahí todavía podría haber parado. Si ella hubiera hecho su trabajo podría haber parado. Pero no. Le dio la vena y me soltó una hostia. Claro, se la devolví.
Cayó al suelo y la seguí insultando. No la veía. Pero solo pensaba que se estaba riendo. Que se estaba riendo de mí. Cuando me cansé de gritar me di cuenta de que ya no se movía. Y miré a ver si estaba bien. Palabra, pero no. Ya no se movía. Eso no tendría que haber pasado y si pasó fue por su culpa. ¿Por qué no hizo su trabajo? ¿Por qué no fue amable?
Pero todo esto pasó hace ya más de veinte años ¿Quién lo recuerda? ¿A quién le importa? Además, ni cogí mi dinero. Lo dejé allí, con el cuerpo. Si tanto lo quería que se lo quedase. No dije nada. No dí ningún espectáculo. Me fui sin más.
No solo me fui de allí. Como principal sospechoso, tuve que irme de esta pequeña ciudad donde he vivido siempre, donde tenía mis amistades, mi familia. Que da igual porque tampoco me hablaba con ninguno de ellos. Solo con mi primo Martín. Con el que no quedaba claro si había complicidad o si solo se arrimaba para beber gratis cuando me iban bien las cosas.
El caso es que, al tiempo, me enteré de que la muerta tenía una hija. Me enteré de dónde y con quién vivía y me encargué de que le llegara una cantidad de dinero que consideré razonable. ¿Que habría hecho cualquier otro? Otro se habría desentendido.
He tenido que vivir toda una vida escondido. Volviendo solo para ver a Martín al Hospital porque llevaba una vida peor que la mía y no ha salido de allí. He tenido que vivir de los trapicheos continuos. Siempre a salto de mata. No he tenido pufos más que de unos miles de euros aquí y allá. No puede ser que por algo de eso sea por lo que me tengan aquí. He tenido que rodar por toda la geografía huyendo. Pero al final he vuelto aquí: al origen, donde nadie me recuerda.
Ahora, que vuelvo para enterrar a mi fiel Martín. Cuando, por fin, puedo descansar con cierta tranquilidad en la casa de mis padres, me encierran en este pozo de mierda sin motivo alguno. Porque seguro que me confunden con otro. Esos pobres desgraciados la cagaron con los tipos raros y les han dado lo suyo. Y creen que yo estoy con ellos. Nos vieron en el bar juntos y... ese último chico ya no saldría de esta. No señor.
Llegó uno con esa carcajada sorda, despreocupado, mirando el móvil. Vi la oportunidad de explicarlo. Al levantar la mano para hablar me sacudió un puñetazo al estómago que me sacó fuera de este mundo. Tuve que sentarme. Era su forma de decir «cállate y no me des problemas». Se sentó a mi lado, codo con codo, y siguió viendo su vídeo en el móvil. Estaba viendo cómo mataban y despiezaban a las vacas en una sala del matadero. ¿Ese era mi destino?
—Mira. Habéis cometido un error. Esos chicos pueden confirmar que no estoy con ellos. Solo habéis visto a un viejo charlando con unos chavales en un bar. Pero yo no sé qué negocios...
Clac. Con el codo me partió la nariz. Boqueando y con las manos atadas intenté parar el colapso de mi sistema sanguíneo que se iba por donde debía respirar.
—Ellos no hablarán por ti. Los muertos no hablan. Bueno, esos no.
—«No puedo morir ahora» —pensaba para mí—. «Para un poco de suerte de mierda que tengo. Acabo de heredar la casa familiar. Solo quedo yo después de enterrar al pobre Martín. ¿Por qué no puede tener algo de tranquilidad este cuerpo que ya lleva mucha guerra encima? Este cuerpo que ya no está para ir dando pequeños palos e ir mirando por encima del hombro el resto de sus días. ¿Por qué no me dejaban recoger mi dinero e largarme?»
A los pensamientos de que el fin era inevitable me siguió la sensación física que empezó con la caída de los hombros. La pesadez de los miembros que ya no me respondían. Las manos intentando parar la sangría no tenían fuerza para elevarse hasta mi rostro. Las piernas no me sostenían y querían sentarse para acabar. Me dolían las costillas de la respiración forzada y del puñetazo. Estaba entregándome a la derrota. Estaba todo perdido. Me llevaron hacia arriba con un ligero tirón del brazo. Ya no protestaba. No entendía porqué hacían esto conmigo, pero no había remedio. Su carcelero no era una baza, quizá quien estuviera al mando…
Aparecimos en otra cueva robada a la roca. Esa sí parecía que estaba en uso. Bodega para almacenar vino y carne. Unas once tinajas aparecían enteras en línea contra una pared. En medio, un hombre de unos 40 años sentado en una silla con la espalda muy recta, como si estuviera posando. En el lado contrario un aljibe recogía la sangre y fluidos de varios cuerpos humanos colgados boca abajo a los que habían abierto el cuello en manera precisa con dos cortes en forma de V.
Entonces sí fue necesario que me sujetaran con fuerza entre dos personas. Porque mi fuerza había desaparecido junto a mi voluntad, ambas me habían abandonado. Esa visión demencial y la certeza de la muerte hacían que la locura habitara en mi cabeza. La falta de sangre y oxígeno me nublaban la vista. El vértigo era insoportable. Sentía que todas mis vísceras dejaban de funcionar. Y, como sabía que sucedería, terminé por orinarme encima sintiendo cierto alivio por el calor. Me abandoné al tiempo que perdía la conciencia.
El hombre olía a café, chasqueaba los dedos delante de mi cara. Estaba preguntando algo, pero no le entendía. Parecía hablar desde otra habitación. Estaba a centímetros de mi cara, pero si hubiera alargado la mano no le hubiera podido tocar. Estaba borroso. Era solo una imagen de humo. La sangre caliente saliendo de los cuerpos, en contacto con el ambiente frío y húmedo de la bodega subterránea creaba una atmósfera densa en el recinto. La imagen del hombre era como una proyección de cine sobre aquel vapor elevándose. Seguro que hubiera podido pasar la mano a través de él si hubiera tenido fuerzas para poder levantarla. No era real. Era tan irreal como sus extraños sicarios de risa desencajada.
—¿Es él? ¿Seguro que es él? Eh, tú. Dime tu nombre. ¿Cómo te llamas? —me preguntaba el señor café.
No lo tenían claro. Un soplo de esperanza. Ahí estaba mi jodida suerte de siempre. Esta vez había tardado en llegar. Al intentar hablar solo salió un coágulo de sangre y una arcada de agonía. Tratando de coger aire casi me asfixio. Uno de los tipos me cogió por detrás, apretó mi esternón con un abrazo y me hizo vomitar la sangre que estaba acabando con mi vida antes de tiempo.
—Javier. Soy Javier Baena —confesé—. Yo no…
—Tú. Sí.
Un nuevo aporte de oxígeno hizo que ahora ya le viese bien. Me miraba sonriendo. Su sonrisa era bella, plácida, de satisfacción al haber conseguido el objetivo. No se habían equivocado. No había error. Volvió a su silla en el centro de aquel espacio, disfrutando, quizá bailando esos cuatro metros para volver a posarse sobre su asiento dirigiendo su mirada hacia el aljibe.
Entraron dos de esas cosas. Para mí estaba claro que no eran humanos. Parecían personas, pero no lo eran. Bueno, sí lo parecían, pero seguro que no lo eran. Es decir, tenían dos piernas, dos brazos. Pero… esos movimientos caóticos, desacompasados. Era como si estuvieran rotos. Su boca, demasiado grande. Su risa que dejaba ver una apertura irreal. La mandíbula se veía desencajada en lo que pretendía ser una risa sin sonido. Por supuesto le tocaba al otro.
—Dejadme, cabrones. No, no, no.
Se dejó caer como vencido. Se lo llevaron arrastrando los pies, como desmayado, por la abertura en la que se veían los escalones que subían. Pero antes de llegar, se revolvió tratando de liberarse. Al soltarse, el pobre desgraciado se cayó al suelo de cara. Uno de ellos le puso la bota encima y le hundió aún más la cara en el suelo, en ese suelo. No les hizo gracia su jugada, pero a ellos sí la propia. Alzaron los brazos y comenzaron a bailar sin ritmo aquella música atronadora. Eso sí, sin levantar el pie de su cabeza.
—¡Grrbbbpufff!
El pobre desgraciado se estaba comiendo esa porquería. Mientras, esas cosas se miraban y se reían. Siguieron así un momento hasta que algo hizo clic en la cabeza del que lo mantenía ahogándose. Cuando se lo llevaron, ese cuerpo no reaccionó a lo que tenía en la boca. Creo que se lo llevaron muerto.
No quería pensar en eso y me puse a recordar cómo había llegado hasta ahí. Me habían traído de madrugada. Me cogieron cuando ya volvía casa a dormir la borrachera. Y era de las buenas. Necesitaba aferrarme a la seguridad de la recta que ofrecen las paredes, la necesidad del frío del vidrio de un escaparate en la cara cuando te apoyas en él, te sientas en un portal, pero te das cuenta de que tu estómago no lo va a permitir. Vuelves a levantarte, pero tu centro de gravedad te desafía y caes unos metros más allá.
En ese estado poco más podía hacer cuando me llevaron. Mi cuerpo optó por descargar todo el estómago, la conciencia dio por terminado el día y le pulsó el botón de apagar. Desde ahí no recuerdo nada.
En mi vuelta a la realidad me encontré en lo que parecía una antigua bodega excavada en la piedra donde no entraba sino un atisbo de luz artificial rebotada de metros más arriba. Lo único que distinguían mis ojos era una hilera de tinajas rotas hacia un lado. No se veía el fondo de esa galería. Yo estaba a unos metros de la bajada a este pozo de mierda. Literal. El desagüe de baños que debían estar sobre la cueva, estaría seguramente roto y con filtraciones de agua, mierda, orina, vómito y cerveza derramada. El sonido era repetición y caos con la firme intención de ser confundido con música. Confirmé que parte del olor a vómito provenía de mí mismo. De rodillas para abajo llevaba todo lo que había comido desde las diez. Y, si no me liberaban pronto, lo que había bebido bajaría recorriendo la misma dirección.
A esas alturas ya era consciente de que, de mi antiguo compañero, no podía esperar ninguna ayuda. No sabía por qué estaba allí atado a lo que, suponía, era parte de la estructura de madera podrida que sujetaba una de aquellas tinajas de tres metros de altura.
Quería convencerme de que me habían confundido con otro. Que todo era un error. Quizá sí era por algo que había hecho, pero no podía ser. De aquello hacía tiempo ya. No era posible que nadie lo recordara. ¿Quién se va a acordar de una puta?
Todo tiene un motivo. Todo tiene siempre un maldito motivo. Y aquella tía se rio de mí y se me fue la cabeza. Empezó a reírse sin más. Yo había pagado. Había pagado. Joder. Merecía un trato justo. Me corrí en cuanto ella empezó a tocarla y no me dio tiempo. Así no vale. Eso no es lo que tenía que pasar. Ella tenía que hacer que yo disfrutase de aquella noche y, sin embargo, lo que hizo fue reírse de mí. No hay derecho. Cualquiera habría hecho lo mismo que yo. No permitir aquello. No. Si yo había pagado merecía un trato justo. Que ella hiciera lo que yo le dijera y procurar que me lo pasara bien. Uno no va a esos sitios a descargar y ya está. Iba a estar con una mujer, pero no puede ser que me la tocara un poco, me corriese y creyera que ya estaba. Que ahí se terminaba todo.
Se rio de mí. De mí. Que ya estaba. La llamé de todo. Sé que la insulté. Y ella se puso borde. Ya no le hacía tanta gracia. Ya le cambió la cara. ¡Estaba cabreada porque yo no la estaba teniendo respeto! Maldita puta. ¿Qué respeto se merece una puta? ¿Es que no ves a qué te dedicas? La madre que me parió. Respeto dice. Yo he pagado y quería la tía que todo terminara ahí. Que yo ya había terminado y que era mi problema. Sé que la cogí y la agité como si fuera de trapo. Ahí todavía podría haber parado. Si ella hubiera hecho su trabajo podría haber parado. Pero no. Le dio la vena y me soltó una hostia. Claro, se la devolví.
Cayó al suelo y la seguí insultando. No la veía. Pero solo pensaba que se estaba riendo. Que se estaba riendo de mí. Cuando me cansé de gritar me di cuenta de que ya no se movía. Y miré a ver si estaba bien. Palabra, pero no. Ya no se movía. Eso no tendría que haber pasado y si pasó fue por su culpa. ¿Por qué no hizo su trabajo? ¿Por qué no fue amable?
Pero todo esto pasó hace ya más de veinte años ¿Quién lo recuerda? ¿A quién le importa? Además, ni cogí mi dinero. Lo dejé allí, con el cuerpo. Si tanto lo quería que se lo quedase. No dije nada. No dí ningún espectáculo. Me fui sin más.
No solo me fui de allí. Como principal sospechoso, tuve que irme de esta pequeña ciudad donde he vivido siempre, donde tenía mis amistades, mi familia. Que da igual porque tampoco me hablaba con ninguno de ellos. Solo con mi primo Martín. Con el que no quedaba claro si había complicidad o si solo se arrimaba para beber gratis cuando me iban bien las cosas.
El caso es que, al tiempo, me enteré de que la muerta tenía una hija. Me enteré de dónde y con quién vivía y me encargué de que le llegara una cantidad de dinero que consideré razonable. ¿Que habría hecho cualquier otro? Otro se habría desentendido.
He tenido que vivir toda una vida escondido. Volviendo solo para ver a Martín al Hospital porque llevaba una vida peor que la mía y no ha salido de allí. He tenido que vivir de los trapicheos continuos. Siempre a salto de mata. No he tenido pufos más que de unos miles de euros aquí y allá. No puede ser que por algo de eso sea por lo que me tengan aquí. He tenido que rodar por toda la geografía huyendo. Pero al final he vuelto aquí: al origen, donde nadie me recuerda.
Ahora, que vuelvo para enterrar a mi fiel Martín. Cuando, por fin, puedo descansar con cierta tranquilidad en la casa de mis padres, me encierran en este pozo de mierda sin motivo alguno. Porque seguro que me confunden con otro. Esos pobres desgraciados la cagaron con los tipos raros y les han dado lo suyo. Y creen que yo estoy con ellos. Nos vieron en el bar juntos y... ese último chico ya no saldría de esta. No señor.
Llegó uno con esa carcajada sorda, despreocupado, mirando el móvil. Vi la oportunidad de explicarlo. Al levantar la mano para hablar me sacudió un puñetazo al estómago que me sacó fuera de este mundo. Tuve que sentarme. Era su forma de decir «cállate y no me des problemas». Se sentó a mi lado, codo con codo, y siguió viendo su vídeo en el móvil. Estaba viendo cómo mataban y despiezaban a las vacas en una sala del matadero. ¿Ese era mi destino?
—Mira. Habéis cometido un error. Esos chicos pueden confirmar que no estoy con ellos. Solo habéis visto a un viejo charlando con unos chavales en un bar. Pero yo no sé qué negocios...
Clac. Con el codo me partió la nariz. Boqueando y con las manos atadas intenté parar el colapso de mi sistema sanguíneo que se iba por donde debía respirar.
—Ellos no hablarán por ti. Los muertos no hablan. Bueno, esos no.
—«No puedo morir ahora» —pensaba para mí—. «Para un poco de suerte de mierda que tengo. Acabo de heredar la casa familiar. Solo quedo yo después de enterrar al pobre Martín. ¿Por qué no puede tener algo de tranquilidad este cuerpo que ya lleva mucha guerra encima? Este cuerpo que ya no está para ir dando pequeños palos e ir mirando por encima del hombro el resto de sus días. ¿Por qué no me dejaban recoger mi dinero e largarme?»
A los pensamientos de que el fin era inevitable me siguió la sensación física que empezó con la caída de los hombros. La pesadez de los miembros que ya no me respondían. Las manos intentando parar la sangría no tenían fuerza para elevarse hasta mi rostro. Las piernas no me sostenían y querían sentarse para acabar. Me dolían las costillas de la respiración forzada y del puñetazo. Estaba entregándome a la derrota. Estaba todo perdido. Me llevaron hacia arriba con un ligero tirón del brazo. Ya no protestaba. No entendía porqué hacían esto conmigo, pero no había remedio. Su carcelero no era una baza, quizá quien estuviera al mando…
Aparecimos en otra cueva robada a la roca. Esa sí parecía que estaba en uso. Bodega para almacenar vino y carne. Unas once tinajas aparecían enteras en línea contra una pared. En medio, un hombre de unos 40 años sentado en una silla con la espalda muy recta, como si estuviera posando. En el lado contrario un aljibe recogía la sangre y fluidos de varios cuerpos humanos colgados boca abajo a los que habían abierto el cuello en manera precisa con dos cortes en forma de V.
Entonces sí fue necesario que me sujetaran con fuerza entre dos personas. Porque mi fuerza había desaparecido junto a mi voluntad, ambas me habían abandonado. Esa visión demencial y la certeza de la muerte hacían que la locura habitara en mi cabeza. La falta de sangre y oxígeno me nublaban la vista. El vértigo era insoportable. Sentía que todas mis vísceras dejaban de funcionar. Y, como sabía que sucedería, terminé por orinarme encima sintiendo cierto alivio por el calor. Me abandoné al tiempo que perdía la conciencia.
El hombre olía a café, chasqueaba los dedos delante de mi cara. Estaba preguntando algo, pero no le entendía. Parecía hablar desde otra habitación. Estaba a centímetros de mi cara, pero si hubiera alargado la mano no le hubiera podido tocar. Estaba borroso. Era solo una imagen de humo. La sangre caliente saliendo de los cuerpos, en contacto con el ambiente frío y húmedo de la bodega subterránea creaba una atmósfera densa en el recinto. La imagen del hombre era como una proyección de cine sobre aquel vapor elevándose. Seguro que hubiera podido pasar la mano a través de él si hubiera tenido fuerzas para poder levantarla. No era real. Era tan irreal como sus extraños sicarios de risa desencajada.
—¿Es él? ¿Seguro que es él? Eh, tú. Dime tu nombre. ¿Cómo te llamas? —me preguntaba el señor café.
No lo tenían claro. Un soplo de esperanza. Ahí estaba mi jodida suerte de siempre. Esta vez había tardado en llegar. Al intentar hablar solo salió un coágulo de sangre y una arcada de agonía. Tratando de coger aire casi me asfixio. Uno de los tipos me cogió por detrás, apretó mi esternón con un abrazo y me hizo vomitar la sangre que estaba acabando con mi vida antes de tiempo.
—Javier. Soy Javier Baena —confesé—. Yo no…
—Tú. Sí.
Un nuevo aporte de oxígeno hizo que ahora ya le viese bien. Me miraba sonriendo. Su sonrisa era bella, plácida, de satisfacción al haber conseguido el objetivo. No se habían equivocado. No había error. Volvió a su silla en el centro de aquel espacio, disfrutando, quizá bailando esos cuatro metros para volver a posarse sobre su asiento dirigiendo su mirada hacia el aljibe.
Un ángel rojo de muerte en forma de mujer surgió desde el fondo de la piscina de sangre. Paseaba las escaleras hacia mí una manzana de caramelo emponzoñado. El fluido rojo acariciaba en su caída su perfecta desnudez. Noté cómo me soltaban mis captores, se retiraban. Allí sobraban. Me habría caído si ella no me estuviera sosteniendo con su mirada. Solo su cuerpo era nítido sobre un lienzo borroso e irrelevante. Mi creadora se disponía a dictar un veredicto cogiéndome la cara con ambas manos. Con un dedo llevó mi sangre a sus labios maternales y la acogió en su boca incestuosa. Ladeó su mirada leyendo en su cerebro mi esencia.
—Claro que eres tú. Hola, Javier. He esperado demasiado este encuentro.
Miraba fijo, dentro de mis ojos. Su iris de depredador se movía deprisa captando toda mi conciencia. Evaluando a la presa. Era como una gata que, sabiendo que el ratón ya estaba moribundo, disfrutaba un tiempo jugando con la comida, alargando la agonía porque, si no, no sería divertido.
—Estás aquí porque tú mataste a mi madre. Sí. Aquella mujer era mi madre. Durante mucho tiempo pensé en el monstruo que destruyó mi vida. Quien estaba tan vacío que trataba de alquilar tres minutos de compasión. Quien creía que podía poseer la voluntad de una persona. Quien, tan estúpido, no entendió que es personaje de una comedia. Quien me humilló intentando comprar el dolor de la presencia amputada de mi madre. Quien, impune, abandonó un cuerpo sin molestarse en volver la vista. Quien pensó estaba en derecho de quitar una vida.
—Yo…
—Querido niño —dijo, acariciando mi rostro—. No te disculpes. Estoy aquí para darte las gracias. Reconozco que, al principio, lo que quería era encontrarte y arrancarte el corazón. Pero eso habría sido perderme el viaje. Esta herida me ha hecho, le ha dado valor a lo que soy. He llegado a comprender que necesito tenerte a mi lado. Serás esa joya familiar que, cuando la tocas colgada al cuello te da la seguridad necesaria en momentos de flaqueza. La que confiere valor al cobarde, energía al mediocre, fuerza al débil. Serás un recordatorio continuo de mi actual poder. Yo sí soy real y no puedo perderme en la compasión, la solidaridad, la honestidad o el respeto. Verte será recordar que soy quien maneja los hilos de vuestro teatro. Que sembraré la discordia, el caos y la desgracia. Soy la muerte, soy la guerra, la pestilencia y el hambre. No te confundas. Claro que vas a morir. Pero tu existencia continuará como mi perro hasta el fin de los días.
Su boca se desencajó, tres filas de dientes anclaron la presa y, en un sucio beso, drenó mi sangre y mi alma pasó a ser suya.
—Claro que eres tú. Hola, Javier. He esperado demasiado este encuentro.
Miraba fijo, dentro de mis ojos. Su iris de depredador se movía deprisa captando toda mi conciencia. Evaluando a la presa. Era como una gata que, sabiendo que el ratón ya estaba moribundo, disfrutaba un tiempo jugando con la comida, alargando la agonía porque, si no, no sería divertido.
—Estás aquí porque tú mataste a mi madre. Sí. Aquella mujer era mi madre. Durante mucho tiempo pensé en el monstruo que destruyó mi vida. Quien estaba tan vacío que trataba de alquilar tres minutos de compasión. Quien creía que podía poseer la voluntad de una persona. Quien, tan estúpido, no entendió que es personaje de una comedia. Quien me humilló intentando comprar el dolor de la presencia amputada de mi madre. Quien, impune, abandonó un cuerpo sin molestarse en volver la vista. Quien pensó estaba en derecho de quitar una vida.
—Yo…
—Querido niño —dijo, acariciando mi rostro—. No te disculpes. Estoy aquí para darte las gracias. Reconozco que, al principio, lo que quería era encontrarte y arrancarte el corazón. Pero eso habría sido perderme el viaje. Esta herida me ha hecho, le ha dado valor a lo que soy. He llegado a comprender que necesito tenerte a mi lado. Serás esa joya familiar que, cuando la tocas colgada al cuello te da la seguridad necesaria en momentos de flaqueza. La que confiere valor al cobarde, energía al mediocre, fuerza al débil. Serás un recordatorio continuo de mi actual poder. Yo sí soy real y no puedo perderme en la compasión, la solidaridad, la honestidad o el respeto. Verte será recordar que soy quien maneja los hilos de vuestro teatro. Que sembraré la discordia, el caos y la desgracia. Soy la muerte, soy la guerra, la pestilencia y el hambre. No te confundas. Claro que vas a morir. Pero tu existencia continuará como mi perro hasta el fin de los días.
Su boca se desencajó, tres filas de dientes anclaron la presa y, en un sucio beso, drenó mi sangre y mi alma pasó a ser suya.
©️Alberto Jiménez


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