El final del universo - Klaus Fernández (Especial Halloween 2026)
A mediados del siglo XXII, la Tierra no es más que un pozo de cenizas, pandemias y guerras sin fin. Con el planeta al borde del colapso, la humanidad busca en el cielo las respuestas que no encuentra en la Tierra, aferrándose a una última y desesperada crisis de fe.
Tras décadas de sangre y debates teológicos, una única religión ha aplastado al resto: el crislamismo, un culto que amalgama el cristianismo, el islam y el hinduismo bajo el puño de hierro de los Hermanos Templarios.
Para confirmar su doctrina, la orden envía la Deus ex Machina, una nave exploradora bautizada para una misión casi sacrílega: viajar hasta la frontera del universo y comprobar si Dios les espera allí.
Para cruzar la inmensidad, la nave cuenta con el Tempus Fugit, un dispositivo experimental que la aísla en una burbuja temporal. Mientras dentro apenas pasan unos meses, fuera transcurren millones de años. Antes de perderse en la nada, lanzan una última plegaria que resuena en el vacío:
«Deus omnipotens, filii tui in occursum tuum vadunt. Digni in conspectu tuo esse speramus»
(«Dios todopoderoso, tus hijos van a tu encuentro. Esperamos ser dignos ante tu mirada»).
El viaje devora a la tripulación.
Al alcanzar lo que parece el confín del cosmos, solo tres de los diez tripulantes siguen con vida. El Tempus Fugit falló en mitad de la travesía: cuatro miembros envejecieron un siglo en un parpadeo y otro rejuveneció de golpe hasta quedar reducido a un óvulo sobre el suelo metálico. Los dos restantes, locos de desesperación, se arrojaron al vacío al cruzar la Puerta de Tannhäuser.
Sin embargo, el Hermano Comandante se resiste a perder la fe.
Cuando los sensores detectan una señal procedente de un planeta gris y árido, su llanto se transforma en júbilo. Convencido de que se trata de la voz del Creador dándoles la bienvenida, abre los altavoces de toda la nave para que la tripulación escuche la voz de Dios.
Pero de los altavoces solo sale una voz humana, grave y temblorosa. Es la suya propia:
«Deus omnipotens, filii tui in occursum tuum...».
De pronto, aparece una sombra en el radar. Otra nave emerge de la nada, avanzando en rumbo de colisión desde el otro extremo. Una nave idéntica a la suya. Es su propia nave.
No hay frontera.
El universo es un bucle cerrado que se curva sobre sí mismo y no han hecho más que regresar al punto de partida.
Al mirar el cronómetro de la cabina, el comandante descubre, con un nudo en la garganta, la fecha y la hora exactas en las que despegaron.
No son exploradores, sino una anomalía atrapada en un ciclo sin fin, condenada a repetirse eternamente.
Con el alma rota, sin fe y tampoco respuestas, el comandante acaricia el panel de control y activa la cuenta atrás para la autodestrucción.
Al final, Dios tampoco estaba aquí.
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Todos los derechos reservados.
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Excelente. Vaya final.
ResponderEliminarUna nave templaria. Una misión imposible. ¿Qué más se puede pedir? Soberbio.
ResponderEliminarMuy bueno. Ya le estoy "robando" ideas a Klaus para uno de mis relatos. Espero que no le importe.
ResponderEliminarNo sé si la mitad musulmana de estos templarios verá con buenos ojos ir en una nave con cruces por todos lados. Otra vez, Klaus nos lleva al final del mundo, pero ahora a su borde.
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