Herradura de la suerte - Alberto Jiménez (Especial Halloween 2026)
Con estas amables palabras me pasó el marrón el veterinario titular. Estaba claro que al señor Van Rees García no le apetecía nada mancharse aquella mañana. El decrépito funcionario me utilizaba para cualquier cosa que supusiera esfuerzo físico o pisar mierda. Predije con acierto que me tocarían ambas cosas.
Maldita la hora en en que acepté las prácticas de veterinaria en el Servicio de Salud Pública del puerto. Yo lo único que quería era coger experiencia castrando perros y gatos para pasarme la vida vendiendo pienso y cortándole las uñas a los animales del barrio. Aquí, me centraba en garantizar el buen estado de comida y animales en los barcos que atracaban. Con un suspiro agarré mi equipo de protección, cámara de fotos y un paquete de formularios de todo tipo.
Si alguien puede imaginar el aspecto físico de un estibador tiene una buena referencia para imaginar mi aspecto. Estoy en el polo opuesto de esa escala de masculinidad.
Varios de aquellos tipos duros y estoicos se encontraban vomitando en los alrededores del contenedor que me tocaba fiscalizar. No voy a negar la satisfacción que sentí al ver sufrir a los tipos que se burlaban de mí, cada día, desde el minuto uno de actividad. Cierto es que tengo dos palillos por piernas y los hombros de una botella de coca cola, pero ellos no tenían estómago para los cadáveres.
—¿Qué tenemos, Roger?
El sobordista del turno de mañana era el único que parecía ignorar mi presencia, por lo tanto yo también decidí tolerarle a él, agradeciendo que una mascarilla higiénica ocultase el filtro de fideos que tenía por bigote.
—Un carguero procedente del puerto de Halifax —dijo señalando la puerta abierta—. Alguien ha debido pensar que era una buena idea transportar ganado vacuno en el interior de un contenedor metálico cerrado.
—Si esos animales no han muerto por causa natural no podemos tocarlos —advirtió uno de los estibadores sin querer acercarse mucho—. Por convenio no manejamos mercancías tóxicas.
—Anda chaval, mira a ver cómo lo puedes hacer para que sea muerte natural —casi le lloró el sobordista—. Que si no aquí nos dan las uvas con tanto abogado laboralista frustrado.
»Si estás empezando en esto… Nadie te va a tener en cuenta un pequeño error. Tú estás aprendiendo y a mí me corre prisa quitarme esto de en medio.
Ya he comentado que mi físico no era excelente: mi valor estaba a la altura. Con más miedo que un pavo en Acción de Gracias navegué aquel olor nauseabundo hasta la entrada. Había ante mí varios ejemplares de vacuno. Lo que se me pedía era determinar si habían muerto durante el viaje, ya las habían facturado sin vida, y si además teníamos una posible causa de la muerte, mejor.
Pasear sobre cadáveres de vaca es como andar sobre un mixto de colchones de agua y muelles. Avancé hasta el fondo para poder contar cuántas cabezas había. Los animales aparecían alineados, tampoco detecté entre ellos ningún medio de sujeción; lo cual me hizo deducir que ya habían fallecido antes del transporte. Aunque yo chapoteaba en los líquidos de la descomposición, no parecía a primera vista que hubiera heces y orina en cantidad suficiente. Si estuvieran vivos durante el traslado, aquellos animales habrían aparecido mezclados, desordenados por la locura ante la inminencia de la muerte, pero no presentaban heridas externas. En un espacio tan cerrado la desesperación produciría cortes producidos por los cuernos y las pezuñas.
Sin embargo, todas estas observaciones eran banales. Lo primero en lo que se fijaría cualquiera, yo incluido, es que los cuerpos bullían en su interior. Cada res era un inmenso saco de otros seres que sí estaban vivos. Muy vivos. Algo reptaba bajo la piel, pugnando por salir. Mejor dicho eran muchos “algos” y yo no quería estar allí dentro con ellos cuando salieran.
Fui retrocediendo hacia la salida esperando a que una de aquellas cosas se levantase como una vaca zombie. No sabía qué pensar hasta que noté un crujido bajo el pie. Había pisado algo. Un bicho con la sangre azul. Me agaché para comprobar de qué se trataba: un cangrejo herradura.
Ya de rodillas, me di cuenta de que las reses tenían una costura en el abdomen. De inmediato tomé conciencia del objeto de aquel cargamento: contrabando con un material más valioso que la cocaína o cualquier otra droga ilegal.
Los cangrejos herradura, en realidad no son cangrejos, poco tienen que ver con ellos, son arácnidos. Alguien se dio cuenta de que estos, aun sufriendo heridas mortales, eran capaces de recuperarse de forma milagrosa. Eso era gracias al factor coagulante de su sangre. El fluido azul es una sustancia muy valiosa de uso hospitalario. Se usa para detectar infecciones bacterianas en los trasplantes de prótesis o válvulas cardíacas. Su precio en el mercado puede suponer entre quince y veinticinco mil euros el litro. Aquello era mi “herradura” de la suerte.
El plan se fraguó en mi mente en cuestión de segundos. Clínicas, laboratorios y hasta algunos estudiantes estarían dispuestos a comprar. Un mercado muy reducido, pero que yo conocía de primera mano.
—No ha habido suerte —salí al ruedo con una probeta en la mano—, es brucelosis. Es contagioso, así que lo voy a precintar de momento para que nadie lo toque. Por favor —me dirigí a Roger—, dígale a sus hombres que marquen un perímetro para que nadie se acerque. Voy a informar al señor Van Rees y llamaré a la empresa que se encarga de la incineradora en estos casos.
El señor Roger fue el único que parecía contrariado, el resto no ocultaron su alegría por tener una justificación para sus pocas ganas de trabajar.
Por supuesto el viejo Van Rees siguió ajeno a lo que de verdad me había encontrado. Firmó mi jornada y pasé por el departamento de Recursos Humanos para recoger la paga de aquel día. Lo que no sabían era que me había pasado las últimas horas eviscerando aquellos enormes animales y rebuscando entre la casquería hasta el último de los cangrejos. Me dieron 48 míseros euros por aquel trabajo denigrante.
Tenía recursos materiales de sobra a mi alcance para trasladar los cangrejos en una furgoneta. Los saqué de las instalaciones del puerto con el pretexto de llevar muestras de sangre y leche al laboratorio. Otra cosa sería introducirlas, pero cuando quieres sacar muestras infecciosas del lugar de trabajo de alguien se anula la curiosidad de la gente y te abren las puertas de manera inmediata.
Me dirigí directamente a los laboratorios a entregar las muestras que me servirían de coartada. De ahí iría a la pescadería de tío Pancho. El refrigerador de su establecimiento serviría como centro de operaciones de mi negocio.
El protocolo para dejar muestras infecciosas en un laboratorio es bastante tedioso y pesado. Por eso agradecí que uno de sus empleados se ofreciera a aparcar la furgoneta en el muelle de descarga. Cuando entregué los formularios en recepción, la secretaria tras el mostrador me informó de que había sido galardonado con el premio al tonto del año.
—¿Del puerto de Valencia? —dijo con su sonrisa más profesional—. No es necesario entregarlo por duplicado. Su compañero ya nos ha facilitado la documentación en el muelle.
—¡Ah! Vale. Gracias.
Sí, también le di las gracias a ella. Como al tipo que me pidió las llaves para llevarse toda la mercancía que yo había sacado ilegalmente del puerto. No pude menos que alabar su sangre fría. En unas horas sabría el porqué de esa sensación.
Había sido estafado, había picado y de qué manera. Tuve que volver andando a casa porque me dejé la mochila con mi cartera, el móvil y hasta la contraseña de mi caja fuerte si la tuviera, porque yo era así de listo.
Las horas que tardé en llegar a mi domicilio no me sirvieron de mucho, aparte de darme un buen dolor de pies. Sentarme en un banco no me dio pista alguna de cómo justificar la desaparición de la furgoneta. Denunciar el robo implicaba explicar el contenido. Siempre podía rezar para que apareciera vacía. Tratar de engañar a la policía diciendo que los cangrejos los habrían puesto tras el robo estaba descartado. Tenía tanta habilidad en la mentira que como contrabandista. El ladrón, o los ladrones, tenían todos mis datos. No solo estaba expuesto a acabar en la cárcel en mi primer acto criminal, también iba a ser extorsionado por alguna banda de delincuentes.
Me recibió en mi apartamento un maravilloso olor a mejillones, una fragancia de lo más acogedora de no ser porque yo no vivía con nadie. Cuando me acerqué hasta la zona de cocina vi la inconfundible espalda del señor Van Rees.
—Pasa, pasa —dijo Van Rees que seguía cocinando sin darse la vuelta—. ¡Sí que has tardado en llegar! Me ha dado tiempo hasta de preparar unas chicons au gratin.
Se dió la vuelta, me sonrió y llevó aquel plato que parecía de endivias con queso a la mesa. Aquella representación de un mafioso en versión belga no me daba ninguna seguridad. No sabía qué haría a continuación. ¿Sacar un arma? Desde luego no iba a matarme con sus propias manos. Yo no estaba en forma, pero es que el señor Van Rees estaba pidiendo tumba desde hacía años. Se escuchaba como el quejido de un recién nacido, trajín de cocinas con platos y sartenes, un murmullo de conversación. Eso sí me dio tranquilidad: si yo podía escuchar a mis vecinos, ellos podían escucharme a mí cuando empezase a gritar como el cobarde que era.
No me amenazó de ninguna forma. Lo que hizo fue sentarse a la mesa y ponerse a cenar lo que se había preparado en mi cocina.
—¿Qué pensabas? ¿Que era para ti? —me dijo levantando la vista de los mejillones—. Eres listo, ya sabes lo que has hecho, pero no para quien. Anda, ve a tu cuarto. Mi jefe tiene una propuesta que hacerte.
Por supuesto, mi jefe tenía un jefe. Me encaminé hacia el dormitorio, con total conciencia de que allí era donde se cocinaba el dolor. Donde la luz fluía tras la puerta entornada, recibiría una paliza por haberme llevado algo que no era mío. Donde diría a todo que sí. Donde firmaría la ruina del resto de mi vida. Los ruidos que hacían mis vecinos se atenuaron y, curiosamente, el gemido del recién nacido se hizo más nítido.
Al abrir la puerta había tres ejemplares adultos de cangrejos herradura sujetos en un bastidor. Estaban siendo exanguinados. Unas botellas recogían el preciado líquido azul gota a gota. Alguien había instalado una amplia cuna al lado de mi cama. Dentro estaba el bebé más feo del mundo.
—Parece que él tenía razón —dijo una voz desde una esquina.
Chillé sin ningún tipo de dignidad. De una de las esquinas se hizo visible una joven, algo más baja que yo, casi una niña. Apareció de la nada como un pulpo o una sepia.
—Como has podido comprobar —continuó hablando ajena a mi miedo—, el señor Van Rees está cercano a la jubilación. Necesitaremos un reemplazo en breve y él te ha recomendado para ocupar su puesto.
—Pero… ¿Y eso? —dije señalando a la cuna—. ¿Su puesto? ¿Cuál es su puesto? ¿A qué te refieres? ¿Tú quién eres?
Todas eran preguntas de las que no quería la respuesta. No quería mas que un botón de reinicio para mi vida y recomenzar la partida antes del puerto.
—Eso es el único objetivo de tu vida. El motivo por el que respiras. La razón por la que viniste a este mundo —yo ya estaba convencido, pero creo que para dar énfasis a sus palabras se le deformó la cara aumentando el tamaño de los ojos y se le desencajaron los labios. La boca no contribuía a mi tranquilidad con varias filas de pequeños colmillos.
Al elevar la voz la criatura se despertó. Supuse que aquellos chirridos serían su llanto. Ella me miró con furia. Todo fue tan rápido que apenas me di cuenta. Me pinchó con algo en el dedo y lo metió en la boca del lactante.
—Vamos, no pongas esa cara —dijo la chica con su facción más afable—. Si ahora no tiene ni dientes. Esto solo serán unas semanas. Dentro de nada estarás dándole la sangre de los cangrejos en el biberón. Más o menos a los cinco meses es cuando empiezan con el sólido.
Con la criatura succionando de mi dedo me atreví a preguntar:
—¿Y este es el trabajo en el que tengo que sustituir a Van Rees?
—No, tontito —a esas alturas ya se había dado cuenta de que yo no era peligroso—. Esto es trabajo de becario: limpiar el coche, hacer fotocopias, cuidar del hijo del jefe… Te encargarás de él cuando yo esté trabajando.
»Mientras, seguirás formándote junto a Van Rees. Haciendo lo que has hecho hoy, cuando haga falta. Hacer la vista gorda, rellenar formularios y, en ocasiones, sacar tú mismo la mercancía. Por las tardes te tocará estar en la granja de cangrejos para extraerles la sangre.
—Pero, ¿por qué yo? —quise saber.
—Porque eres ambicioso, eres listo, sabes de biología marina, no fumas, no te drogas. Al principio será un poco duro pero… como en todos los trabajos. ¿No querías un trabajo para sentarte y ganar un montón de dinero?
—¿No me podría cambiar a lo de castrar gatos?
—Mi pregunta era pura cortesía —concluyó la chica.
©️Alberto Jiménez

Muy bueno, enhorabuena.
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