Translate

La caída - Pol Varela (Especial Halloween 2026)

 

Pol Varela

@pol.varela 

Colaborador literario

Caí. Y mientras lo hacía, todo quedaba atrás. Me sentí ligero, ingrávido, sin cargas. Desde el mismo momento en el que mis pies perdieron el firme ya todo lo pasado dejó de importar. La velocidad me asfixió, el viento en la cara no dejaba entrar aire a mis pulmones, era cierto aquello de que el rostro humano es aerodinámico. La distancia con la azotea aumentaba, suponía yo, sólo miraba abajo, y con ella mi separación con aquello con lo que no había podido lidiar. La solución a todos mis problemas se acercaba a una velocidad vertiginosa, imparable, suicida. El ruido en mis tímpanos era una sinfonía de silbidos y guturales estertores, bella e irrepetible. El suelo cada vez más cerca, más nítido. Tuve tiempo, sin embargo, de percibir que no sentía el cuerpo, aletargado, toda mi actividad cerebral se concentraba en la vista y el oído. Qué estúpido por mi parte pensar en los titulares de los periódicos del día siguiente, pero no pude evitar imaginarme ser estrella por un momento; esa imagen se me presentó como una epifanía, reveladora e indomable. Sonreí justo antes de besar las baldosas rojas y blancas que me habían esperado justo delante durante tanto tiempo…

Con un sobresalto abrí los ojos. Casi resbalé de la cornisa cuando miré hacia el vacío a mis pies y la calle, lejos al fondo. Pero era como si por un instante hubiese sentido la inercia de la caída. ¿Había sido un flashforward? ¿Una advertencia? ¿Una segunda oportunidad divina? Me daba igual: los motivos no habían cambiado, y mi decisión tampoco. Salté de nuevo, esta vez con toda la consciencia, sin nada de conciencia. Volvió el silbido de la velocidad en mis oídos. Esta vez estaba siendo plenamente consciente.

Caía, y la muerte me esperaba al final del salto, justo sobre los adoquines de la acera, los que se aproximaban a una velocidad de vértigo, mucho más rápido que la vez anterior, que en el 
flashforward, tanto que apenas fui consciente de que mi cabeza se estrellaba…

De nuevo el sobresalto, otra vez en la cornisa, asomándome al vacío. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Era todo una puta pesadilla? Miré mi reloj y marcaba media hora desde que había llegado al edificio. Desde luego no había tardado tanto en llegar a la azotea, como mucho diez minutos entre burlar al conserje y subir las 20 plantas a pie. Me negué a aceptar que los saltos habían sido reales. No podían haber sido reales. Tenía que estar muerto ya. Recuerdo que, justo antes de saltar por tercera vez, pensé que era estrés pre-traumático, y me reí con esa ocurrencia. Volví a mirar al asfalto que, una vez más, se aproximaba vertiginosamente mientras yo gritaba a todo lo que me daba la garganta: más rápido, más rápido.

No llegué a tocar el suelo. Me bajé de la cornisa de vuelta a la azotea y me senté. Alguien no quería que muriera hoy. Más tarde, no recuerdo cuánto tiempo después, unos hombres con una camilla vinieron a buscarme. Me hablaban, pero no les entendía. Sé que a uno le dije: yo solo quería morir. Me puso una inyección y me dormí.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog