La cámara del ascensor - Eva Contreras Cerro (Especial Halloween 2026)
Eva Contreras Cerro
Colaboradora literaria
El hotel Cecil había sido clausurado desde que se descubrió el cadáver de una muchacha en uno de los depósitos de agua de la azotea. La investigación estaba bajo secreto de sumario y la gente había enloquecido en las redes sociales por el misterio que rodeaba a aquel caso. Como única pista, un vídeo de una cámara de seguridad dentro del ascensor, el último registro de ella en vida. Se encontraba subida al ascensor, asustada, gritando, mirando a través de la puerta como si un misterioso atacante que quedaba fuera del ángulo de visión la acechara. Sin embargo, ninguna cámara en todo el hotel captó a nadie más. ¿Esquizofrenia? ¿Paranoia? Se hablaba de suicidio, pero él discrepaba.
Donny repasaba las pruebas una y otra vez. Era un investigador privado con pasión por los casos sin resolver. Visitó el hotel una decena de veces, contactó con cada uno de los visitantes de los últimos meses y recorrió el mismo camino que ella en busca de cualquier atisbo. Nada, ni una pista del supuesto atacante. Desde el ascensor, repasó los elementos de nuevo. El pasillo tenía el suelo de losa blanca. Era algo angosto, pero tenía espacio suficiente como para una mesita decorativa con un jarrón a mitad del pasillo. Sobre esta, en la pared, un espejo ovalado. Al fondo, dos maceteros con troncos de brasil. Cinco lámparas automáticas. Cuatro puertas negras.
Y entonces oyó un sonido, leve y continuo. Recordaba a un leve repiqueteo, como el metal contra un plato de porcelana. Agudizó el oído, caminando hacia el pasillo, dejando atrás el ascensor. El sonido se detuvo. Volvió caminando hacia detrás hacia el ascensor, sintiendo cómo el sonido volvía a ser audible, pero no provenía del ascensor, sino del pasillo en sí, estaba seguro.
Caminó deteniéndose en cada una de las puertas, pegando la oreja a cada una de ellas. Nada. El sonido se detenía cada vez que se alejaba del ascensor. Se dirigió hacia la ventana para mirar al exterior. El repiqueteo, cada vez más intenso a la par que esquivo. Se giró bruscamente. Empezaba a estar molesto. Quizá fueran las cañerías y él estaba volviéndose paranoico también, aunque dudaba que eso hubiera llevado a aquella muchacha al suicidio como decían.
Caminó de nuevo recorriendo el pasillo, y al llegar a la mesita, lo escuchó fuerte y claro. El miedo se clavó a lo largo de toda su columna como agujas de acero. Lentamente, se giró hacia el espejo. Vio su propio rostro que, a diferencia de él, que se encontraba pálido y sudoroso, estaba sonriendo con una mirada siniestra. El ser al otro lado del espejo levantó una de sus manos y con su nudillo comenzó a golpear el cristal desde dentro. Ese repiqueteo. Y un crac. Una grieta en el espejo. Aterrado, Donny retrocedió hacia el ascensor, gritando. Pulsó frenéticamente los botones. Sólo sus desorbitados y horrorizados ojos pudieron ser testigo de lo que había allí, en el espejo, fuera del ángulo de la cámara del ascensor.
Donny repasaba las pruebas una y otra vez. Era un investigador privado con pasión por los casos sin resolver. Visitó el hotel una decena de veces, contactó con cada uno de los visitantes de los últimos meses y recorrió el mismo camino que ella en busca de cualquier atisbo. Nada, ni una pista del supuesto atacante. Desde el ascensor, repasó los elementos de nuevo. El pasillo tenía el suelo de losa blanca. Era algo angosto, pero tenía espacio suficiente como para una mesita decorativa con un jarrón a mitad del pasillo. Sobre esta, en la pared, un espejo ovalado. Al fondo, dos maceteros con troncos de brasil. Cinco lámparas automáticas. Cuatro puertas negras.
Y entonces oyó un sonido, leve y continuo. Recordaba a un leve repiqueteo, como el metal contra un plato de porcelana. Agudizó el oído, caminando hacia el pasillo, dejando atrás el ascensor. El sonido se detuvo. Volvió caminando hacia detrás hacia el ascensor, sintiendo cómo el sonido volvía a ser audible, pero no provenía del ascensor, sino del pasillo en sí, estaba seguro.
Caminó deteniéndose en cada una de las puertas, pegando la oreja a cada una de ellas. Nada. El sonido se detenía cada vez que se alejaba del ascensor. Se dirigió hacia la ventana para mirar al exterior. El repiqueteo, cada vez más intenso a la par que esquivo. Se giró bruscamente. Empezaba a estar molesto. Quizá fueran las cañerías y él estaba volviéndose paranoico también, aunque dudaba que eso hubiera llevado a aquella muchacha al suicidio como decían.
Caminó de nuevo recorriendo el pasillo, y al llegar a la mesita, lo escuchó fuerte y claro. El miedo se clavó a lo largo de toda su columna como agujas de acero. Lentamente, se giró hacia el espejo. Vio su propio rostro que, a diferencia de él, que se encontraba pálido y sudoroso, estaba sonriendo con una mirada siniestra. El ser al otro lado del espejo levantó una de sus manos y con su nudillo comenzó a golpear el cristal desde dentro. Ese repiqueteo. Y un crac. Una grieta en el espejo. Aterrado, Donny retrocedió hacia el ascensor, gritando. Pulsó frenéticamente los botones. Sólo sus desorbitados y horrorizados ojos pudieron ser testigo de lo que había allí, en el espejo, fuera del ángulo de la cámara del ascensor.


Los ascensores por ser habitáculos cerrados y los largos pasillos de hotel siempre me han causado mucha angustia y ¡ahora tras leer el relato aún más!. Enhorabuena. Gran relato.
ResponderEliminarGracias Eva. Está muy bien tu relato.
ResponderEliminarEspejos y ascensores... una combinación de miedo irracional. A partir de ahora un poco más.
ResponderEliminar¡Gran relato!
Además le debemos doble gracias por haber contribuido con dos relatos en esta temporada.🫶🏻
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