La capilla de las ánimas - Klaus Fernández (Especial Halloween 2026)
Nuño de Arlanza, escudero del Temple, bramaba y juraba entre dientes que no merecía encontrarse allí, mientras el tañido de las campanas se perdía por las bóvedas de la abandonada capilla.
Hacía ya muchos años —tantos, que él mismo había perdido la cuenta— que, llegada la noche de Difuntos, le estaba reservado aquel espantoso y el más triste de los oficios.
Era siempre el primero en levantarse de entre los condenados.
Al sonar la hora de la oración, su figura se alzaba lentamente de la tierra, envuelta en los jirones de su sudario; y, con el hierro oxidado aún pendiente de su costado, subía los peldaños de la torre hasta alcanzar el campanario para iniciar su condena. La de tañer la campana.
Y al primer golpe de su badajo, profundo y lúgubre, respondían desde el monte los aullidos de los lobos, el crujir de las ramas y el rumor de los muertos que despertaban de sus sepulturas.
Al segundo, los muertos se alzaban decrépitos, al tercero, comenzaba la carrera y al cuarto, el Monte de las Ánimas volvía a llenarse del estrépito de aquella batalla que ni la muerte había podido terminar.
Los nobles de Soria y los templarios, enemigos en vida y condenados después de la muerte, volvían a correr entre las breñas y los zarzales, persiguiéndose eternamente bajo la luz amarillenta de la luna.
Esta horrible condena le fue impuesta por su propia cobardía.
Mientras los nobles y aquellos «clérigos con espuelas» se batían ferozmente en el monte, Nuño, vencido por el miedo, quiso abandonar el campo de batalla y huir de la muerte que ya parecía cernerse sobre todos.
Mas no había de escapar a ella.
Su propio señor, don Lope de Valcárcel, descubrió su intento y, tomando la ballesta, disparó contra él. La saeta le atravesó el pecho, y Nuño cayó sin vida entre las piedras ensangrentadas del monte.
Desde aquella noche, su alma quedó encadenada al mismo lugar donde había querido salvarse.
Mas Nuño, en el fondo de su alma condenada, había llegado a concebir una esperanza.
Acaso, pensaba, si otro ocupase su lugar en aquella triste encomienda, si otra mano hiciese tañer las campanas y anunciase cada año el comienzo de la espantosa cacería, quizá le fuese dado descansar al fin.
Y la noche de Difuntos creyó haber encontrado a su sustituto.
Vio a lo lejos al primogénito de los condes de Alcudiel, el joven Alonso, que atravesaba el monte montado en su magnífico caballo. Buscaba el infeliz la banda azul de su prima Beatriz, perdida aquella misma tarde.
Nuño le salió al encuentro y con palabras engañosas le hizo creer que sabía dónde se encontraba la prenda y, bajo aquella promesa, consiguió conducirlo hasta lo alto de la vieja torre, mientras abajo continuaba el estrépito de la batalla y las sombras de los muertos corrían entre los árboles.
Cuando llegaron al campanario, Nuño cerró tras ellos la puerta y, con un empujón, hizo caer al joven desde lo alto de la torre. Su cuerpo se perdió en la oscuridad, allí donde los lobos aguardaban entre las ruinas, y un instante después sólo se oyó, allá abajo, el eco de un golpe sordo.
Nuño permaneció inmóvil junto al campanario, creyendo por un instante que las cadenas que sujetaban su alma iban por fin a romperse.
Pero nada sucedió.
Entonces comprendió, con un horror más grande que el de la propia muerte, la terrible verdad que había querido ignorar:
Su condena no tenía término, y ni aun el sacrificio de un inocente podía comprarle la libertad.
Bajó de la torre, avergonzado de su crimen y temeroso de encontrarse con aquello que había hecho. Mas, al llegar al pie de las ruinas, descubrió con espanto que el joven aún vivía.
Alonso yacía sobre la tierra, pálido y cubierto de sangre. Apenas podía respirar. Sus ojos, ya velados por la sombra de la muerte, se fijaron en Nuño.
—La banda... —murmuró con un hilo de voz—. Llévasela a Beatriz.
Nuño no respondió.
—Es lo único que te pido...
El escudero inclinó la cabeza.
Y aquella noche, mientras los muertos corrían por el monte, fue Nuño de Arlanza, y no Alonso, quien llevó la banda azul hasta las manos de Beatriz.
Dicen que nadie supo jamás cómo llegó la prenda a su habitación.
Dicen también que, aquella misma noche, cuando Beatriz despertó sobresaltada y vio la banda sobre el reclinatorio, creyó distinguir junto a la ventana la sombra de un hombre cubierto de harapos, que desapareció antes de que pudiera reconocerlo.
Desde entonces, en cada noche de Difuntos, cuando las campanas de la vieja capilla comienzan a sonar y las ánimas salen de sus sepulturas para renovar su espantosa cacería, hay una figura que nunca abandona el campanario.
Es Nuño de Arlanza.
Tañendo las campanas. Anunciando la carrera de los muertos.
Y cuando los demás condenados regresan a sus tumbas al amanecer, Nuño permanece allí, solo, esperando que llegue otra noche de Difuntos y otra vez le sea dado anunciar la muerte.
Porque, entre todas las ánimas que vagan por aquel monte maldito, ninguna está más condenada a sufrir que la del cobarde escudero del Temple.
Cuento original de El Monte de las Ánimas de Gustavo Adolfo Bécquer
Este cuento es mi humildísimo aporte al gran autor que fue Gustavo Adolfo Bécquer.
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Una estupenda y muy digna continuación de la historia inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer. Enhorabuena.
ResponderEliminarGracias
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