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La llave del Mal (Segunda parte) - Un relato urbex de Happy Panda & Rodri

                                                        


"Si existe Dios, tendrá que rogarme que lo perdone".
- Frase presumiblemente encontrada en la celda de un
prisionero del campo de concentración de Mauthausen.

Valle de Jonastal.
Turingia.

Una niebla baja se enreda Entre los troncos de los árboles del bosque se enreda una sumido en una oscuridad azulada, a pocas horas del amanecer.

Linus Rabenstein, Annika Haaland, Happy Panda y su hermano Rodri avanzan despacio, procurando que ni las ramas rotas ni el roce de sus ropas delaten su presencia. Entre las copas, algún ave nocturna rompe el silencio con un graznido lejano similar a un quejido. La maleza se agita de vez en cuando, aunque, cuando se vuelven para mirar, nunca hay nadie allí 

—Pero, ¿cuánto queda todavía? Estoy matá de los pies. Esto se está haciendo más largo que la infancia de Heidi —se queja la ilustre influencer Teresa Alcantarilla, más conocida como Happy Panda, llevándose ambas manos a las caderas y soltando un resoplido interminable—. La amiga era de por aquí, ¿no?

—Heidi era suiza. Seguimos en Alemania y nos separan al menos cuatrocientos kilómetros del lugar donde vivía con su abuelo... Así que no. ¡Qué barbaridad! —responde indignado Linus, el líder de la comitiva, que, con treinta años más y el pelo completamente canoso, podría pasar perfectamente por el abuelito de Heidi. —Descansaremos media hora y continuamos. Quiero llegar antes del amanecer al antiguo campo de entrenamiento de Ohrdruf.

El grupo detiene el paso mientras Linus comprueba un mapa plastificado. Rodri se acerca a Rabenstein y descansa su mochila (y la de su hermana) en el suelo.

—¿Qué nos espera exactamente, Linus? —pregunta Rodri mientras revuelve en su morral en busca del último bocadillo de jamón para calmar el hambre insoportable de su hermana. Son muchos años conociéndola y, cuando tiene hambre, su hermanita se parece más a una gorgona mitológica que a un ser humano. —Linus, tengo entendido que Ohrdruf sigue teniendo actividad militar en la actualidad, ¿no será peligroso estar cerca?

—Cierto, pero nuestro destino no es la base actual. Es la antigua y abandonada mansión de la comandancia, que se vigila ocasionalmente con suma pereza y que está a pocos kilómetros. Si tu hermana es tan buena como afirmaba Liudmilla, dentro de la mansión nos será de mucha ayuda para dar con la entrada a los búnkeres del proyecto secreto nazi S III.

—¿Pero de qué vais, colegas? —interrumpe Happy, que llevaba un rato con la oreja pegada a la conversación—. ¿Os pensáis que soy una de esas cerdas truferas? Mira que están ricas las trufas, pero qué vais a saber vosotros, cavernícolas agrónomos...

—Gastrónomos, Tere. Es gastrónomos —la corrige Rodri con un largo resoplido y el dedo en alto—. ¿Conoces el concepto de privacidad? No contestes. Ya sé cuál es tu respuesta. La privacidad termina en cuanto empiezan a hablar de uno, ¿verdad?

—¿A que molo?

—Nadie dice molar ya, Tere.

—Pues yo sí. Se respira mucha envidia aquí. ¿Qué hay de comer? Y, ¿qué tal si Van Gogh se tira de la moto y nos explica a dónde cojones vamos a estas horas, medio escondidos en el bosque?

Annika se sacude los pantalones de camuflaje y, con gesto cansado, toma las riendas de la conversación.

—En los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, el valle de Jonastal fue el escenario del proyecto especial de los nazis llamado S III. Entre noviembre de 1944 y principios de abril de 1945, decenas de miles de prisioneros del campo de concentración de Buchenwald excavaron más de veinte túneles en la montaña bajo el más estricto secreto. Nadie sabía con exactitud cuál era el objetivo de este proyecto, pero era algo gordo, muy gordo.

» Desde el punto de vista militar nazi, enclavar este proyecto aquí tenía bastante lógica: los bombardeos aliados estaban destruyendo sistemáticamente fábricas y centros de producción, y el valle de Jonastal es demasiado estrecho, sinuoso y profundo para que se lanzaran bombas de forma selectiva sobre él. Tampoco debemos olvidar que los nazis disponían de toda la mano de obra gratuita que necesitaran.

» Un punto importante es que la dirección general del proyecto no solo estaba a cargo de Heinrich Himmler, el Reichsführer de las SS, sino también del ocultista Karl Maria Wiligut.

» De repente, el 2 de abril de 1945, se suspendieron las obras y los prisioneros del campo de concentración fueron evacuados. Aunque el ejército estadounidense inspeccionó posteriormente las galerías, no encontró nada y voló las entradas antes de entregarlas a la Unión Soviética. El secreto que guardaban las galerías quedó nuevamente sepultado —finaliza Haaland con mala cara y se vuelve a sentar.

—¿Y qué pensaban crear aquí? ¡Mira que os gusta haceros los interesantes! —se revuelve Happy, con la cara llena de migas de bocadillo, dirigiendo su pregunta al líder pelirrojo—. ¿Atraparon a Wiligut?

—Sí, estuvo recluido en un campo de refugiados de guerra en St. Johann, al que fue enviado por las fuerzas de ocupación aliadas. Más tarde sufrió un derrame cerebral que le provocó una parálisis parcial y le hizo perder el habla. Aunque intentó regresar a Alemania, su estado empeoró al llegar a Arolsen. Allí fue hospitalizado y, finalmente, falleció en su cama a los setenta y nueve años. Semanas después, su tumba fue profanada y su cadáver robado por desconocidos. Como las autoridades no pudieron dar con los ladrones, mintieron y enterraron a un vagabundo en lugar del nigromante —responde Rabenstein.

» Respecto a lo que se investigaba aquí, varios autores y revisionistas sostienen que se desarrollaron armas nucleares durante el Tercer Reich, aunque nuestras investigaciones demuestran que el proyecto S III era algo mucho más oscuro. El S III no era un laboratorio ni una fábrica de armas. Era una forja. Un lugar concebido para fabricar algo que jamás debió existir. Wiligut había reunido allí los componentes necesarios para construir la llave capaz de quebrantar los límites de la realidad, moldearla a su antojo y abrir el acceso a los recuerdos genéticos y a la sabiduría de sus antepasados.

—¡Ostias! —inquire la influencer, intrigada—. ¡Sigue hablando, Tormund Matagigantes, líder de los pueblos salvajes libres y amigo leal de Jon Nieve!

—Os hemos hablado de la llave y de la forja, pero no de la puerta —sentencia Linus.


Sumido en sus pensamientos, Rodri avanza cargado como una mula, mientras su hermana, ajena a todo, se detiene a hacerse selfis con su bestie -su nueva mejor amiga- Annika a la cual ya le han plantado un parche en el anorak con la cara de un panda.

No solo deberán destruir la llave, sino también condenar la puerta que la abre. ¿Y cómo lo harán? Ni idea. Toda esta aventura se le presenta como una huida hacia adelante, cuesta abajo y sin frenos.

Rabenstein parece saber muchísimo de ocultistas nazis, de la Segunda Guerra Mundial y de exploración urbana, pero desconoce hechos indispensables, como el aspecto de la puerta, su localización o cómo destruirla.

Es inútil insistir, pero quizá el líder de la Logia Urbex pueda responder a la pregunta que le carcome desde su estancia en Berlín.

—¿Realmente el Führer se descerrajó un tiro en la cabeza en su búnker? Necesito tener la certeza de que al final ganan los buenos y pierden los malos. Necesito algo de justicia.

—Es curioso que todas las teorías conspirativas se sustenten siempre en lo mismo: la ausencia de un cadáver reconocible. Es mucho más lógico pensar que Hitler simuló su muerte y se escapó con su esposa, Eva Braun, a Bariloche, en la lejana Patagonia argentina, donde vivió escondido, ¿verdad? Y, por supuesto, nunca renunció a afeitarse su peculiar bigote ni a cambiar de peinado, ¿No sería lo primero que habría hecho cualquiera para pasar desapercibido y ocultar su identidad?

» ¿Y qué me dices del Mossad, el servicio secreto israelí que llevó a cabo operaciones encubiertas para cazar a criminales nazis fugitivos durante años? ¿Tampoco se enteraron de que Hitler seguía vivo? Y, por supuesto, ninguno de los altos cargos nazis sabía que su amado Führer había simulado su muerte. Un poco raro, ¿no? Aunque tampoco es que los Klaus Barbie o los Adolf Eichmann fueran de fiar y no hubieran vendido a su abuela con tal de conseguir cierta inmunidad.

» En cualquier caso, en 2018, un equipo de científicos y forenses franceses examinó los fragmentos de dientes y la mandíbula conservados en los archivos de Moscú, y la ciencia moderna demostró definitivamente su autenticidad.

Imágenes modificadas generadas por la CIA durante la guerra para representar
posibles cambios de apariencia que podía realizar para pasar desapercibido.

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»No creo en la justicia, amigo. A la gente mala no siempre le va mal. A veces, todo lo contrario. Los ves triunfar, ganar dinero, quedarse con lo mejor y vivir como si se lo merecieran. Pero, si te sirve de consuelo, creo que hay una cosa que nunca consiguen: estar tranquilos. No se fían de nadie. Siempre piensan que alguien los va a traicionar o que alguien quiere quitarles lo que tienen. Incluso cuando todo les va bien, esperan que algo salga mal. Y, al final, supongo que ese es su castigo. Tenerlo todo y no poder disfrutar de nada.

—¿Se supone que tenemos que conformarnos con esa mierda? —replica Rodri, cada vez más enfadado—. ¿Ese es nuestro premio? ¿Consolarnos pensando que los malos, después de aprovecharse de todo, pasan una mala noche?

— Hacer el bien muchas veces exige sacrificios personales, pero ¿hacer el mal? Pocas veces, o ninguna. Es mucho más fácil destruir que construir. Por eso el villano resulta tan atractivo: no responde ante ninguna moral. Hace y deshace a su antojo, sin más objetivo que satisfacer su ego y alimentar sus ansias de poder.

Rabenstein se detiene en seco y señala una desvencijada mansión que se alza imponente ante ellos, a algo menos de cien metros, arropada por el incipiente amanecer.

—Hemos llegado.

La fachada de la mansión, cubierta de desconchones y ladrillos al descubierto, apenas conserva restos de su antiguo esplendor. Un pequeño mirador acristalado se yergue sobre la entrada, flanqueado por columnas erosionadas y una balaustrada oxidada. La puerta de entrada principal y las ventanas están cegadas por tablones ennegrecidos y mohosos, adornados con grafitis de miembros viriles erectos.

El antiguo camino de acceso, difuminado entre la maleza, está cubierto de musgo, barro y hojas muertas, con las piedras levantadas por las raíces. El jardín que rodea la mansión es una maraña de hierba alta, zarzas y árboles envejecidos.  

—Y ahora, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos a las bravas en la mansión y esperamos a que Happy y Annika encuentren la entrada a los búnkeres? —pregunta Rodri—. Nos tomará horas investigar todo.

—La profesora nos ayudará —responde secamente Linus, y echa a andar.

—¿La profesora Liudmilla Aleksándrovna? ¿Y cómo ha llegado antes que nosotros?

Rabenstein calla y acelera el paso. Tras él, Happy Panda pega un gritito.

—¡Pero si la mansión está llena de gente! —exclama asombrada la creadora de contenidos—. ¡Veo a la profesora! Está junto a una niña y hay cientos de personas más formando dos filas a ambos lados y dejando un pasillo entre ellas. ¡Mira qué pálida está la mujer! Por no hablar de los pelos...

» ¿Quién era el listo que dijo que la mansión estaba abandonada? ¡Mira, mira! Liudmilla me está sonriendo y nos hace señas para que nos acerquemos. ¿Esta mujer siempre viste igual?

—Tere, ¿qué dices? Aquí delante no hay nadie —susurra Rodri con la piel de gallina.

Antes de que Happy pueda responder, Annika, con el semblante serio, agarra cariñosamente de la mano a la influencer y le susurra con voz temblorosa:

—Yo también los veo. A ella, a la niña y a los otros. Nos van a ayudar a encontrar la entrada. Vamos, se nos acaba el tiempo.

¡Finalizará en la tercera y última parte!

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¡La increíble banda sonora!
Hauser - Adagio (Albinoni)


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Comentarios

  1. Me encanta Happy y sus historias. Deseando leer más. Y recomiendo fervientemente su libro ya publicado. Gracias Luis.

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  2. Como siempre interesante por el misterio y con su toque humorístico del personaje irreverente de la influencer. Esperamos al desenlace.

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