No quiero que me salgan las antenas - Juan Antonio Jiménez (Especial Halloween 2026)
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Juan Antonio Jiménez
Colaborador literario
Con la cabeza abotargada le costaba concentrarse. Una simple tarea como era encontrar las llaves dentro del bolso requirió toda su atención. La llamada de la directora del instituto de su hija no resultaba nada tranquilizadora y, aunque le había prometido que Galilea estaba bien, también le había transmitido la premura para que fuera a hablar con ella. No resultaba propio de su hija meterse en problemas. ¿Qué habría pasado?
Cuando se quiso dar cuenta estaba conduciendo a toda velocidad por la autopista. No recordaba haber arrancado el coche ni haber salido del aparcamiento, señal de que tenía la cabeza en otras cosas. Tendría que prestar más atención porque, de seguir conduciendo en piloto automático, tomaría la salida para ir a su casa en lugar de al instituto de su hija. Se notó hambrienta y pensó que hacía mucho que no ingería nada. Quiso rebuscar un sobrecito de azúcar en su bolso, pero a esa velocidad era poco prudente.
En un visto y no visto encontró aparcamiento frente al instituto y, con paso apresurado, se dirigió a la entrada del edificio principal.
—Hola, buenos días. Soy la mamá de Galilea Diaz.
—Ah, sí. La directora la está esperando. ¿Me acompaña?
Siguió a la recepcionista hasta el despacho de la directora. Fuera, sentada en una silla y con cara compungida, esperaba su hija.
—¡Mamá!
—¿Qué ha pasado, Galilea?
—Hola, señora Ortiz —la directora había abierto la puerta de su despacho y le tendía la mano invitándola a pasar. El gesto era claro y no se extendía a su hija.
—Hola, buenos días, directora.
Tras haber entrado en el despacho, la directora cerró la puerta tras de sí y, rodeando su mesa, tomó asiento animándola a hacer lo mismo.
—La he llamado por una serie de quejas de los otros padres. Por lo visto, Galilea está diciendo cosas a los otros niños sobre la comunión y, ahora, hay algunos que no la quieren hacer y que están muy asustados.
—¿Asustados? ¿Pero qué les ha contado?
—Por lo visto, les ha dicho que ese día la transformación no comienza porque reciban a Dios, sino por otras causas que no ha querido confesar. Ella afirma que tras la comunión comienza el proceso de transformación en adulto. No sabemos los detalles, pero algo horrible les ha contado a los otros alumnos que algunos no pueden ni dormir por las noches y tienen pesadillas terribles.
—Directora, no sé de dónde ha podido sacar esas ideas mi hija.
—El caso es que una niña ha dicho que eran mentiras; su hija se ha enfrentado a ella y han acabado a puñetazos… Ya sabe que en este centro no toleramos la violencia. Hay un parte de lesiones y, por las normas del instituto, su hija ha sido expulsada durante una semana. He hablado con ella, pero se niega a confesar quién le ha metido esas tonterías en la cabeza. Me consta que Galilea es una niña muy despierta e imaginativa, pero no creo que esas locuras se le hayan ocurrido a ella sola. Entran en contradicción con su buena labor académica de todos estos años.
—Hablaré con ella, directora. No es propio de Galilea crear conflicto.
—Sí, es muy buena niña. Estoy segura de que recapacitará y volverá a las clases con un espíritu renovado. —La directora se había levantado dando por terminada la entrevista.
Se puso en pie, colocándose el bolso al hombro, y le dio un apretón de manos. Fuera del despacho, miró la cara de su hija, que reflejaba un profundo pesar por el sentimiento de culpa. Se levantó y, sin mediar palabra, la siguió hasta que se montaron en el coche.
Tras arrancar, el silencio reinaba en el vehículo y Galilea temía la inminente conversación con su madre que no comenzó hasta que entraron en la autopista.
—Bichito, tu directora me ha explicado que estás expulsada durante una semana y me ha contado los detalles de tu pelea.
—No me llames así. Ya no soy una niña pequeña. —Era indudable que su hija tenía carácter. De alguna forma la habían expulsado por ello. Por muy locas que fueran sus ideas Galilea las había defendido hasta límites insospechados.
—Perdona, Galilea. Se me olvida que eres casi una adolescente.
—¿Podemos dejar esta conversación para otro momento?
—Pero hija, es importante que hablemos. Tu directora me ha dicho que…
—Mira, mamá, ahora mismo eres la última persona con la que quiero hablar y además no sé si puedo confiar en tí. ¡Déjame en paz!
—Pero, Galilea, no seas así. —Se contuvo de seguir hablando sabiendo que toda comunicación con su hija, a partir de ese momento, estaba perdida. Tendría que buscar una ocasión mejor.
Día 2
Pablo pilló a su mujer llorando en el salón.
—Calma, calma, cariño. Esto no es culpa tuya. Son cosas de adolescentes.
—¡No me jodas, Pablo! Hay seis millones de chavales en este país y la única que plantea estas cosas es tu hija. Algo habremos hecho mal nosotros, ¿no?
—Pero, vamos a ver. ¿De dónde ha sacado esas ideas la niña?
—Ni idea. No se me ocurre de dónde y no quiere hablar conmigo.
—Pues si no habla contigo, conmigo menos. Voy a entrar en su ordenador a ver si averiguo algo.
—Muy buena idea, así tendrá motivos de verdad para que no confíe en nosotros. ¡Lo que nos faltaba ya, que nos pillara husmeando en su ordenador!
—Mira, tiene una carpeta llamada «Comunión - transformación»
—A ver…
—Hay una especie de diario, una carpeta de fotos y un artículo titulado La verdad contada a otros jóvenes, por Galilea Díaz Ortiz. Voy a abrir el artículo.
—A ver, ¿qué pone? —Tras un vistazo rápido, empezó a entender en qué había ocupado el tiempo su hija en los últimos meses—. Vamos, hombre. ¡No me jodas! Eso no es un artículo, es un jodido tratado de entomología.
—Claudia, la niña no es tonta. Le gusta estudiar e investigar.
—¿Puedes mandarme una copia para leerlo detenidamente?
—Sí. Ya tienes una copia. Exactamente, ¿qué te dijo la directora?
—Que tenemos una semana para hacerla entrar en razón. Sus palabras textuales fueron: «Estoy segura de que recapacitará y volverá a las clases con un espíritu renovado».
—Pues a ver cómo lo hacemos.
Día 3
—Galilea. Ya está el desayuno.
—Hola, papá. Gracias por pelarme la manzana.
Aunque ya tenía quince años, su padre había convertido en una tradición preparar cada día una pieza de fruta a su hija, conocedor de que si no lo hiciera, Galilea optaría por algo que requiriese un esfuerzo menor como abrir un paquete de galletas.
—No hay de qué, hija. Tienes muy preocupada a mamá. Lo sabes ¿no? Cree que no confías en ella y que ha hecho algo mal.
—Ya. No es eso… Es solo que no quiero que me salgan las antenas.
—Es un cambio muy grande —dijo mientras, a continuación, daba un buen sorbo a su taza de café—. Pero habla con ella. Cuéntale tus miedos y tus dudas. No puedes dejar que se sienta culpable.
—Sé que ella no tiene la culpa de nada. Es solo que… no sé.
—Bueno, cariño, yo me tengo que ir a trabajar, pero sé que entre vosotras lo arreglaréis. A ver si cuando regrese esta noche a casa vuelve a reinar la armonía en nuestro pequeño paraíso y podemos sentarnos a ver una serie todos juntos en familia, ¿vale? Venga, un besito.
—Que tengas buen día, papá.
—Buen día, hija.
Galilea terminó de desayunar planificando lo que haría durante ese día. Había pensado que no ir al instituto sería algo genial, hasta que se encontró con todo el día por delante sin saber qué hacer.
—Hola, Galilea.
—Hola, mamá. —Su madre traía una cara horrible, como si hubiera avejentado diez años de golpe—. No parece que hayas dormido muy bien.
—No, la verdad. Me he despertado muchas veces y el incidente con la directora no fue de mucha ayuda.
—Lo siento, mamá. No tenía intención de causar problemas.
—No te preocupes, cariño, pero tenemos que hablar de ello. Es importante.
—Lo sé. —Galilea agachó la cabeza sabiendo lo que se le venía encima.
—Pero, ¿qué les dijiste a las otras niñas para que se asustaran tanto?
—Ay, mamá. Tengo muchos conflictos internos y no sé si quiero contártelos.
—Pero sabes que puedes confiar en mí, ¿no? Soy tu madre.
—Pues precisamente ese es el origen de mi suspicacia: no sé si puedo confiar en ti.
Un puchero asomó a la cara de su madre.
—A ver, mamá. No es eso. No eres tú en concreto. Me refiero a que no sé si puedo confiar en los adultos. Tengo la teoría de que nos habéis estado mintiendo.
—Pero, ¿por qué dices eso?
Galilea dudó un instante si contarle a su madre su investigación y decidió que si no se lo contaba a ella, ¿a quién se lo iba a contar?
—He estado indagando. Los hombres evolucionaron como mamíferos y las antiguas fotos de cuadros y obras de arte muestran seres humanos adultos, sin hipertrofiar, sin antenas, algunos con barba y que llegan a viejos.
—Bueno, eso era así en la antigüedad, pero desde que empezamos con la transformación, hemos cambiado.
—Sí, lo sé.
—A ver, Galilea, ¿qué sabes de la transformación?
—Bueno, un poco lo que cuentan en los libros de texto. A cierta edad llegan los cambios que nos convierten en adultos: aumentamos mucho nuestra musculatura hasta llegar a duplicar nuestro peso, perdemos todo rastro de vello corporal. A las chicas lo último que se les cae es el pelo de la cabeza y las cejas, tras lo cual nos salen las antenas. A los hombres, además, les cubre una especie de cubierta quitinosa los hombros y la primera falange de los dedos se nos segmenta en tarsos. Esto se produce en un corto periodo de tiempo.
—Sí, pero no hablas de las ventajas. Somos mucho más fuertes que nuestros antepasados, vivimos más tiempo y podemos comunicarnos con solo estar cerca y pensarlo.
—Sí, mamá… pero no parecen rasgos de un mamífero, sino de algún tipo de artrópodo. Yo quiero quedarme enclenque, humana, sin esos enormes músculos que tú tienes, ¿lo entiendes?
—Sí, pero ¿qué tiene que ver con la comunión?
—Yo creo que todo el proceso coincide con la comunión, donde los creyentes recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero creo que pasa algo que desencadena la transformación a adulto.
—Es una coincidencia. La edad a la que se celebra la comunión y a la que ocurre la transformación es más o menos la misma. Pero, ¿y por qué se asustaron tus compañeras? Seguro que conocen el proceso de transformación y lo habéis visto en clase.
Galilea tragó saliva, pues no sabía cómo iba a tomarse esto su madre.
—Porque les dije que no era un proceso natural.
—¿Cómo? Forma parte de la vida. Es hacerse mayor, ¿cómo que no es natural?
—A ver, mamá. No es natural. Es inducido. Estoy segura de que si no se hiciese la comunión no se iniciaría el proceso.
—Pero hija, hay otras religiones y todos los adultos se transforman. Eso prueba que la comunión y el inicio de la transformación es solo una coincidencia, probablemente relacionada con la edad.
Galilea se quedó pensando un rato.
—Esa es buena, no lo había tenido en cuenta. Es verdad que no conozco todas las religiones, pero eso podría explicar por qué antaño el bar mitzvah de los judíos se celebraba con doce o trece años y ahora se hace con quince o dieciséis. También se ha retrasado como la comunión católica. Pero volviendo al tema, yo no quiero hacer la comunión y, que yo sepa, no es un proceso obligatorio, ¿no?
—Obligatorio no es, pero no conozco a nadie que no haya querido hacer la comunión.
—Pero eso es por tratarse de un día especial, por el vestido, por la puesta de largo, por hacerse mayor y por los numerosos regalos de la familia y amigos.
—Bueno, pero a ti te queda un año todavía. Tienes tiempo para pensártelo.
—No lo entiendes, mamá. Es que yo no quiero hacer la comunión. Tengo clarísimo que no quiero hacerla. No soy creyente y, además, es que no quiero.
—De acuerdo, cariño, me enteraré si eso es posible.
Iba a ser una semana muy dura. La comunidad ya estaría cuchicheando a sus espaldas que Galilea no quería hacer la comunión. Era una deshonra para su familia y muy pronto empezaría a notar los resentimientos con el resto del colectivo.
Día 4
—Hija, cuando decías ayer que no era un proceso natural, exactamente ¿a qué te referías?
—Estoy segura de que un artrópodo tiene que ver de alguna manera en la transformación. ¿Y si esa tontería religiosa del cuerpo y sangre de Cristo es otra cosa?
—¿Otra cosa? ¿A qué te refieres?
—No estoy segura. He llegado a pensar si te introducían un bicho que parasitaba al huésped y, a partir de ahí, comenzaba la transformación. El bicho vivía dentro de ti para siempre.
—¿Piensas que hay un bicho viviendo dentro de mí?
—A ver, mamá, dicho así. —Galilea se sintió un poco acorralada—. Sí, creo que sí. No. No lo sé, la verdad, pero me gustaría poderte hacer pruebas. Esa es parte de la razón por la que no me fío de los adultos. Creo que nos estáis ocultando algo en todo esto.
—Pero, ¿te estás escuchando? Si eso fuera verdad, habría aparecido en una prueba médica y cualquier adulto habría podido decidir extirpárselo.
—A no ser que el bicho controle a la persona. ¿Y si el bicho parasita al adulto y éste pierde totalmente el control? No se extirparía a sí mismo. El huésped se quedaría en el interior del anfitrión. ¿Y si todos los adultos transformados están parasitados e infectan a los niños al cumplir determinada edad?
—Hija, me estás asustando hasta a mí. Normal que tus compañeras estuvieran cagadas de miedo. Seguro que puedo refutar tus locas ideas. En algún punto te estás equivocando. A ver, si eso fuera así, al estar infectados, nuestros hijos nacerían ya con la transformación, ¿no?
—No. Tengo una teoría para eso también. En el fondo, los órganos sexuales existentes no cambian durante la transformación, solo la estructura ósea y la muscular. Pero tu tracto digestivo, tu hígado, tus pulmones siguen siendo iguales. Lo mismo con los testículos y los ovarios. De ahí, el óvulo se fecunda y sale un bebé humano, sin rastro de transformaciones.
—Vale, eso explicaría la diferencia entre niños y adultos. Pero, ¿y la transformación en sí?
—Creo que el huésped también se reproduce posteriormente y esa larva es, de alguna forma, la que se implanta durante la comunión. No tengo pruebas, pero tampoco muchas dudas. Estoy casi convencida de que es así.
—Estás chiflada, hija. Pero, ¿cómo se te ocurren esas locuras? Tienes una imaginación alucinante. ¿No crees que si algo de eso fuera verdad habría un montón de pruebas irrefutables? Además, la mejor demostración de que estás equivocada es que ningún adolescente del mundo se dejaría hacer algo así.
—Claro, por eso yo creo que se ha reemplazado el rito religioso de la comunión, que antaño era algo que se hacía a los diez u once años, por este nuevo en el que el individuo ya está casi formado como adulto, y es ahí cuando, mediante engaños, se le implanta el huésped que tomará el control e iniciará la transformación.
—No tengo argumentos para rebatirte. Me parece todo una locura. Es como creer que la Tierra es plana o que el hombre no ha llegado nunca a la Luna.
—No. La verdadera pregunta es si mi verdadera madre me haría algo así. ¿Eres de verdad mi madre? ¿O mi verdadera madre está encerrada ahí dentro bajo tu control? —Galilea se dio cuenta enseguida de que se había pasado y se arrepintió de haberlo dicho.
Su madre se levantó muy ofendida.
—Niña, me tienes hasta la coronilla. Esto está llegando demasiado lejos. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros amigos si dejamos que no hagas la comunión? Recapacita antes de que nos arrinconen por tus absurdas ideas.
¡Plaf! La madre cerró tras de sí con un portazo impropio de ella. Galilea se quedó sola en el cuarto de estar. Se fijó en el sillón orejero de su madre y en el de su padre, tan grandes en comparación con el suyo. Su mayor tamaño y peso requería de sillones de mayores dimensiones. Estuvo pensando si su idea estaría equivocada. No tenía pruebas de nada, solo su intuición, que hasta ahora, le había servido bien, pero puede que hubiese interpretado mal aquel signo. Sabía que había algo raro, aunque no sabía el qué y estaba dispuesta a llegar hasta el final.
Había detalles, como cuando su madre entró en el despacho de la directora. Ella escuchó desde fuera toda la conversación verbal. Una vez su madre fue puesta en contexto de lo que pasaba, el diálogo entre ambas se ralentizó. Los adultos no se daban cuenta de que Galilea reparaba en aquellos pequeños detalles. Estaba segura de que cuando verbalizaban con una cadencia menor era porque estaban manteniendo una segunda conversación telepática entre ellas. ¡Malditas antenas! Las odiaba. A saber qué le habría transmitido mentalmente la directora a su madre.
Día 5
—Cariño, ¿has leído el capítulo entero dedicado al quimerismo? Alucino con la profundidad del estudio que ha hecho nuestra hija y con sus teorías. —El padre estudiaba detenidamente en su tablet el artículo que había escrito Galilea.
—Ay, no. No quiero verlo. Estoy muy dolida. Desconfía totalmente de nosotros. Y está firmemente decidida a no hacer la comunión el año que viene. Y a ti te veo muy tranquilo con todo este asunto, ¿no?
—Bueno, mujer, sé que tienes todo controlado. Aún es muy joven y es normal que desafíe la autoridad, Nosotros ya ni nos acordamos, pero debe entender que algunas cosas hay que hacerlas por el bien de la familia y que determinadas decisiones no le corresponden a ella tomarlas.
—Me temo que la hemos educado muy bien para que luche por lo que cree.
—No te preocupes. Ya verás como todo se arregla y pasado mañana ya vuelve al instituto con sus amigas
—Precisamente eso es lo que me preocupa. Ya me dejó claro la directora que había que arreglarlo esta semana. Que no podía volver a meter estas ideas en las cabezas de los otros alumnos.
—Ya. Y así será. Yo veo claro que Galilea no va a dar su brazo a torcer. No hay nada que hacer, es una librepensadora. Asúmelo y detén las hostilidades. Siempre has sabido cómo acabaría esta crisis. Para bien o para mal, al finalizar este periodo todo debe volver a la normalidad. Disfrutemos de una noche tranquila en familia.
Su marido tenía toda la razón del mundo. Se estaba poniendo nerviosa por algo que no dependía de ella. Tenía que recuperar la compostura y el control de la situación.
—Claudia, ¿qué te parece si pedimos que nos traigan la cena del italiano ese que tanto le gusta a Galilea? —Su marido, tan conciliador como siempre.
—Ah, me parece muy bien —respondió animosa—. Puede ser muy buena idea. Creo que le gustará. Al final puede que el día se arregle y disfrutemos de una velada agradable.
Cuando se quiso dar cuenta estaba conduciendo a toda velocidad por la autopista. No recordaba haber arrancado el coche ni haber salido del aparcamiento, señal de que tenía la cabeza en otras cosas. Tendría que prestar más atención porque, de seguir conduciendo en piloto automático, tomaría la salida para ir a su casa en lugar de al instituto de su hija. Se notó hambrienta y pensó que hacía mucho que no ingería nada. Quiso rebuscar un sobrecito de azúcar en su bolso, pero a esa velocidad era poco prudente.
En un visto y no visto encontró aparcamiento frente al instituto y, con paso apresurado, se dirigió a la entrada del edificio principal.
—Hola, buenos días. Soy la mamá de Galilea Diaz.
—Ah, sí. La directora la está esperando. ¿Me acompaña?
Siguió a la recepcionista hasta el despacho de la directora. Fuera, sentada en una silla y con cara compungida, esperaba su hija.
—¡Mamá!
—¿Qué ha pasado, Galilea?
—Hola, señora Ortiz —la directora había abierto la puerta de su despacho y le tendía la mano invitándola a pasar. El gesto era claro y no se extendía a su hija.
—Hola, buenos días, directora.
Tras haber entrado en el despacho, la directora cerró la puerta tras de sí y, rodeando su mesa, tomó asiento animándola a hacer lo mismo.
—La he llamado por una serie de quejas de los otros padres. Por lo visto, Galilea está diciendo cosas a los otros niños sobre la comunión y, ahora, hay algunos que no la quieren hacer y que están muy asustados.
—¿Asustados? ¿Pero qué les ha contado?
—Por lo visto, les ha dicho que ese día la transformación no comienza porque reciban a Dios, sino por otras causas que no ha querido confesar. Ella afirma que tras la comunión comienza el proceso de transformación en adulto. No sabemos los detalles, pero algo horrible les ha contado a los otros alumnos que algunos no pueden ni dormir por las noches y tienen pesadillas terribles.
—Directora, no sé de dónde ha podido sacar esas ideas mi hija.
—El caso es que una niña ha dicho que eran mentiras; su hija se ha enfrentado a ella y han acabado a puñetazos… Ya sabe que en este centro no toleramos la violencia. Hay un parte de lesiones y, por las normas del instituto, su hija ha sido expulsada durante una semana. He hablado con ella, pero se niega a confesar quién le ha metido esas tonterías en la cabeza. Me consta que Galilea es una niña muy despierta e imaginativa, pero no creo que esas locuras se le hayan ocurrido a ella sola. Entran en contradicción con su buena labor académica de todos estos años.
—Hablaré con ella, directora. No es propio de Galilea crear conflicto.
—Sí, es muy buena niña. Estoy segura de que recapacitará y volverá a las clases con un espíritu renovado. —La directora se había levantado dando por terminada la entrevista.
Se puso en pie, colocándose el bolso al hombro, y le dio un apretón de manos. Fuera del despacho, miró la cara de su hija, que reflejaba un profundo pesar por el sentimiento de culpa. Se levantó y, sin mediar palabra, la siguió hasta que se montaron en el coche.
Tras arrancar, el silencio reinaba en el vehículo y Galilea temía la inminente conversación con su madre que no comenzó hasta que entraron en la autopista.
—Bichito, tu directora me ha explicado que estás expulsada durante una semana y me ha contado los detalles de tu pelea.
—No me llames así. Ya no soy una niña pequeña. —Era indudable que su hija tenía carácter. De alguna forma la habían expulsado por ello. Por muy locas que fueran sus ideas Galilea las había defendido hasta límites insospechados.
—Perdona, Galilea. Se me olvida que eres casi una adolescente.
—¿Podemos dejar esta conversación para otro momento?
—Pero hija, es importante que hablemos. Tu directora me ha dicho que…
—Mira, mamá, ahora mismo eres la última persona con la que quiero hablar y además no sé si puedo confiar en tí. ¡Déjame en paz!
—Pero, Galilea, no seas así. —Se contuvo de seguir hablando sabiendo que toda comunicación con su hija, a partir de ese momento, estaba perdida. Tendría que buscar una ocasión mejor.
Día 2
Pablo pilló a su mujer llorando en el salón.
—Calma, calma, cariño. Esto no es culpa tuya. Son cosas de adolescentes.
—¡No me jodas, Pablo! Hay seis millones de chavales en este país y la única que plantea estas cosas es tu hija. Algo habremos hecho mal nosotros, ¿no?
—Pero, vamos a ver. ¿De dónde ha sacado esas ideas la niña?
—Ni idea. No se me ocurre de dónde y no quiere hablar conmigo.
—Pues si no habla contigo, conmigo menos. Voy a entrar en su ordenador a ver si averiguo algo.
—Muy buena idea, así tendrá motivos de verdad para que no confíe en nosotros. ¡Lo que nos faltaba ya, que nos pillara husmeando en su ordenador!
—Mira, tiene una carpeta llamada «Comunión - transformación»
—A ver…
—Hay una especie de diario, una carpeta de fotos y un artículo titulado La verdad contada a otros jóvenes, por Galilea Díaz Ortiz. Voy a abrir el artículo.
—A ver, ¿qué pone? —Tras un vistazo rápido, empezó a entender en qué había ocupado el tiempo su hija en los últimos meses—. Vamos, hombre. ¡No me jodas! Eso no es un artículo, es un jodido tratado de entomología.
—Claudia, la niña no es tonta. Le gusta estudiar e investigar.
—¿Puedes mandarme una copia para leerlo detenidamente?
—Sí. Ya tienes una copia. Exactamente, ¿qué te dijo la directora?
—Que tenemos una semana para hacerla entrar en razón. Sus palabras textuales fueron: «Estoy segura de que recapacitará y volverá a las clases con un espíritu renovado».
—Pues a ver cómo lo hacemos.
Día 3
—Galilea. Ya está el desayuno.
—Hola, papá. Gracias por pelarme la manzana.
Aunque ya tenía quince años, su padre había convertido en una tradición preparar cada día una pieza de fruta a su hija, conocedor de que si no lo hiciera, Galilea optaría por algo que requiriese un esfuerzo menor como abrir un paquete de galletas.
—No hay de qué, hija. Tienes muy preocupada a mamá. Lo sabes ¿no? Cree que no confías en ella y que ha hecho algo mal.
—Ya. No es eso… Es solo que no quiero que me salgan las antenas.
—Es un cambio muy grande —dijo mientras, a continuación, daba un buen sorbo a su taza de café—. Pero habla con ella. Cuéntale tus miedos y tus dudas. No puedes dejar que se sienta culpable.
—Sé que ella no tiene la culpa de nada. Es solo que… no sé.
—Bueno, cariño, yo me tengo que ir a trabajar, pero sé que entre vosotras lo arreglaréis. A ver si cuando regrese esta noche a casa vuelve a reinar la armonía en nuestro pequeño paraíso y podemos sentarnos a ver una serie todos juntos en familia, ¿vale? Venga, un besito.
—Que tengas buen día, papá.
—Buen día, hija.
Galilea terminó de desayunar planificando lo que haría durante ese día. Había pensado que no ir al instituto sería algo genial, hasta que se encontró con todo el día por delante sin saber qué hacer.
—Hola, Galilea.
—Hola, mamá. —Su madre traía una cara horrible, como si hubiera avejentado diez años de golpe—. No parece que hayas dormido muy bien.
—No, la verdad. Me he despertado muchas veces y el incidente con la directora no fue de mucha ayuda.
—Lo siento, mamá. No tenía intención de causar problemas.
—No te preocupes, cariño, pero tenemos que hablar de ello. Es importante.
—Lo sé. —Galilea agachó la cabeza sabiendo lo que se le venía encima.
—Pero, ¿qué les dijiste a las otras niñas para que se asustaran tanto?
—Ay, mamá. Tengo muchos conflictos internos y no sé si quiero contártelos.
—Pero sabes que puedes confiar en mí, ¿no? Soy tu madre.
—Pues precisamente ese es el origen de mi suspicacia: no sé si puedo confiar en ti.
Un puchero asomó a la cara de su madre.
—A ver, mamá. No es eso. No eres tú en concreto. Me refiero a que no sé si puedo confiar en los adultos. Tengo la teoría de que nos habéis estado mintiendo.
—Pero, ¿por qué dices eso?
Galilea dudó un instante si contarle a su madre su investigación y decidió que si no se lo contaba a ella, ¿a quién se lo iba a contar?
—He estado indagando. Los hombres evolucionaron como mamíferos y las antiguas fotos de cuadros y obras de arte muestran seres humanos adultos, sin hipertrofiar, sin antenas, algunos con barba y que llegan a viejos.
—Bueno, eso era así en la antigüedad, pero desde que empezamos con la transformación, hemos cambiado.
—Sí, lo sé.
—A ver, Galilea, ¿qué sabes de la transformación?
—Bueno, un poco lo que cuentan en los libros de texto. A cierta edad llegan los cambios que nos convierten en adultos: aumentamos mucho nuestra musculatura hasta llegar a duplicar nuestro peso, perdemos todo rastro de vello corporal. A las chicas lo último que se les cae es el pelo de la cabeza y las cejas, tras lo cual nos salen las antenas. A los hombres, además, les cubre una especie de cubierta quitinosa los hombros y la primera falange de los dedos se nos segmenta en tarsos. Esto se produce en un corto periodo de tiempo.
—Sí, pero no hablas de las ventajas. Somos mucho más fuertes que nuestros antepasados, vivimos más tiempo y podemos comunicarnos con solo estar cerca y pensarlo.
—Sí, mamá… pero no parecen rasgos de un mamífero, sino de algún tipo de artrópodo. Yo quiero quedarme enclenque, humana, sin esos enormes músculos que tú tienes, ¿lo entiendes?
—Sí, pero ¿qué tiene que ver con la comunión?
—Yo creo que todo el proceso coincide con la comunión, donde los creyentes recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo. Pero creo que pasa algo que desencadena la transformación a adulto.
—Es una coincidencia. La edad a la que se celebra la comunión y a la que ocurre la transformación es más o menos la misma. Pero, ¿y por qué se asustaron tus compañeras? Seguro que conocen el proceso de transformación y lo habéis visto en clase.
Galilea tragó saliva, pues no sabía cómo iba a tomarse esto su madre.
—Porque les dije que no era un proceso natural.
—¿Cómo? Forma parte de la vida. Es hacerse mayor, ¿cómo que no es natural?
—A ver, mamá. No es natural. Es inducido. Estoy segura de que si no se hiciese la comunión no se iniciaría el proceso.
—Pero hija, hay otras religiones y todos los adultos se transforman. Eso prueba que la comunión y el inicio de la transformación es solo una coincidencia, probablemente relacionada con la edad.
Galilea se quedó pensando un rato.
—Esa es buena, no lo había tenido en cuenta. Es verdad que no conozco todas las religiones, pero eso podría explicar por qué antaño el bar mitzvah de los judíos se celebraba con doce o trece años y ahora se hace con quince o dieciséis. También se ha retrasado como la comunión católica. Pero volviendo al tema, yo no quiero hacer la comunión y, que yo sepa, no es un proceso obligatorio, ¿no?
—Obligatorio no es, pero no conozco a nadie que no haya querido hacer la comunión.
—Pero eso es por tratarse de un día especial, por el vestido, por la puesta de largo, por hacerse mayor y por los numerosos regalos de la familia y amigos.
—Bueno, pero a ti te queda un año todavía. Tienes tiempo para pensártelo.
—No lo entiendes, mamá. Es que yo no quiero hacer la comunión. Tengo clarísimo que no quiero hacerla. No soy creyente y, además, es que no quiero.
—De acuerdo, cariño, me enteraré si eso es posible.
Iba a ser una semana muy dura. La comunidad ya estaría cuchicheando a sus espaldas que Galilea no quería hacer la comunión. Era una deshonra para su familia y muy pronto empezaría a notar los resentimientos con el resto del colectivo.
Día 4
—Hija, cuando decías ayer que no era un proceso natural, exactamente ¿a qué te referías?
—Estoy segura de que un artrópodo tiene que ver de alguna manera en la transformación. ¿Y si esa tontería religiosa del cuerpo y sangre de Cristo es otra cosa?
—¿Otra cosa? ¿A qué te refieres?
—No estoy segura. He llegado a pensar si te introducían un bicho que parasitaba al huésped y, a partir de ahí, comenzaba la transformación. El bicho vivía dentro de ti para siempre.
—¿Piensas que hay un bicho viviendo dentro de mí?
—A ver, mamá, dicho así. —Galilea se sintió un poco acorralada—. Sí, creo que sí. No. No lo sé, la verdad, pero me gustaría poderte hacer pruebas. Esa es parte de la razón por la que no me fío de los adultos. Creo que nos estáis ocultando algo en todo esto.
—Pero, ¿te estás escuchando? Si eso fuera verdad, habría aparecido en una prueba médica y cualquier adulto habría podido decidir extirpárselo.
—A no ser que el bicho controle a la persona. ¿Y si el bicho parasita al adulto y éste pierde totalmente el control? No se extirparía a sí mismo. El huésped se quedaría en el interior del anfitrión. ¿Y si todos los adultos transformados están parasitados e infectan a los niños al cumplir determinada edad?
—Hija, me estás asustando hasta a mí. Normal que tus compañeras estuvieran cagadas de miedo. Seguro que puedo refutar tus locas ideas. En algún punto te estás equivocando. A ver, si eso fuera así, al estar infectados, nuestros hijos nacerían ya con la transformación, ¿no?
—No. Tengo una teoría para eso también. En el fondo, los órganos sexuales existentes no cambian durante la transformación, solo la estructura ósea y la muscular. Pero tu tracto digestivo, tu hígado, tus pulmones siguen siendo iguales. Lo mismo con los testículos y los ovarios. De ahí, el óvulo se fecunda y sale un bebé humano, sin rastro de transformaciones.
—Vale, eso explicaría la diferencia entre niños y adultos. Pero, ¿y la transformación en sí?
—Creo que el huésped también se reproduce posteriormente y esa larva es, de alguna forma, la que se implanta durante la comunión. No tengo pruebas, pero tampoco muchas dudas. Estoy casi convencida de que es así.
—Estás chiflada, hija. Pero, ¿cómo se te ocurren esas locuras? Tienes una imaginación alucinante. ¿No crees que si algo de eso fuera verdad habría un montón de pruebas irrefutables? Además, la mejor demostración de que estás equivocada es que ningún adolescente del mundo se dejaría hacer algo así.
—Claro, por eso yo creo que se ha reemplazado el rito religioso de la comunión, que antaño era algo que se hacía a los diez u once años, por este nuevo en el que el individuo ya está casi formado como adulto, y es ahí cuando, mediante engaños, se le implanta el huésped que tomará el control e iniciará la transformación.
—No tengo argumentos para rebatirte. Me parece todo una locura. Es como creer que la Tierra es plana o que el hombre no ha llegado nunca a la Luna.
—No. La verdadera pregunta es si mi verdadera madre me haría algo así. ¿Eres de verdad mi madre? ¿O mi verdadera madre está encerrada ahí dentro bajo tu control? —Galilea se dio cuenta enseguida de que se había pasado y se arrepintió de haberlo dicho.
Su madre se levantó muy ofendida.
—Niña, me tienes hasta la coronilla. Esto está llegando demasiado lejos. ¿Qué pensarán de nosotros nuestros amigos si dejamos que no hagas la comunión? Recapacita antes de que nos arrinconen por tus absurdas ideas.
¡Plaf! La madre cerró tras de sí con un portazo impropio de ella. Galilea se quedó sola en el cuarto de estar. Se fijó en el sillón orejero de su madre y en el de su padre, tan grandes en comparación con el suyo. Su mayor tamaño y peso requería de sillones de mayores dimensiones. Estuvo pensando si su idea estaría equivocada. No tenía pruebas de nada, solo su intuición, que hasta ahora, le había servido bien, pero puede que hubiese interpretado mal aquel signo. Sabía que había algo raro, aunque no sabía el qué y estaba dispuesta a llegar hasta el final.
Había detalles, como cuando su madre entró en el despacho de la directora. Ella escuchó desde fuera toda la conversación verbal. Una vez su madre fue puesta en contexto de lo que pasaba, el diálogo entre ambas se ralentizó. Los adultos no se daban cuenta de que Galilea reparaba en aquellos pequeños detalles. Estaba segura de que cuando verbalizaban con una cadencia menor era porque estaban manteniendo una segunda conversación telepática entre ellas. ¡Malditas antenas! Las odiaba. A saber qué le habría transmitido mentalmente la directora a su madre.
Día 5
—Cariño, ¿has leído el capítulo entero dedicado al quimerismo? Alucino con la profundidad del estudio que ha hecho nuestra hija y con sus teorías. —El padre estudiaba detenidamente en su tablet el artículo que había escrito Galilea.
—Ay, no. No quiero verlo. Estoy muy dolida. Desconfía totalmente de nosotros. Y está firmemente decidida a no hacer la comunión el año que viene. Y a ti te veo muy tranquilo con todo este asunto, ¿no?
—Bueno, mujer, sé que tienes todo controlado. Aún es muy joven y es normal que desafíe la autoridad, Nosotros ya ni nos acordamos, pero debe entender que algunas cosas hay que hacerlas por el bien de la familia y que determinadas decisiones no le corresponden a ella tomarlas.
—Me temo que la hemos educado muy bien para que luche por lo que cree.
—No te preocupes. Ya verás como todo se arregla y pasado mañana ya vuelve al instituto con sus amigas
—Precisamente eso es lo que me preocupa. Ya me dejó claro la directora que había que arreglarlo esta semana. Que no podía volver a meter estas ideas en las cabezas de los otros alumnos.
—Ya. Y así será. Yo veo claro que Galilea no va a dar su brazo a torcer. No hay nada que hacer, es una librepensadora. Asúmelo y detén las hostilidades. Siempre has sabido cómo acabaría esta crisis. Para bien o para mal, al finalizar este periodo todo debe volver a la normalidad. Disfrutemos de una noche tranquila en familia.
Su marido tenía toda la razón del mundo. Se estaba poniendo nerviosa por algo que no dependía de ella. Tenía que recuperar la compostura y el control de la situación.
—Claudia, ¿qué te parece si pedimos que nos traigan la cena del italiano ese que tanto le gusta a Galilea? —Su marido, tan conciliador como siempre.
—Ah, me parece muy bien —respondió animosa—. Puede ser muy buena idea. Creo que le gustará. Al final puede que el día se arregle y disfrutemos de una velada agradable.
* * *
Galilea estaba en su habitación estudiando sobre los polisacáridos que constituyen la cubierta quitinosa de muchos insectos cuando su madre llamó con los nudillos en el marco de la puerta.
—Galilea, hemos pedido italiano. Lávate las manos y vamos a cenar.
—Un momento, mamá, que estoy terminando una cosa. En cinco minutos, voy. ¿A dónde habéis pedido? ¿A La familia Corleone? —Ese era su italiano favorito y disfrutaba muchísimo con la comida. Se notaba que era elaborada de una forma tradicional.
—Sí, cariño. A tú padre le apetecía que tuviéramos una cena tranquila en familia. Venga, no te demores mucho.
Galilea metió un papel para señalizar por donde iba y cerró el libro que había tomado prestado de la biblioteca. Al lavarse las manos no pudo evitar mirarse en el espejo y fijarse en su frente prístina, inmaculada, sin ningún grano y se imaginó la zona en la que le deberían salir las antenas. No quería eso para ella. Se secó las manos y fue al comedor.
Justo, en ese momento, llamaba al timbre de la puerta el repartidor que traía la cena.
—¡Ya voy yo! —Aprovechó que era la que estaba más cerca para abrirle. Era joven, pero ya había comenzado la transformación. Aunque aún no había aumentado su talla muscular, el casco de la moto ya era de adulto y tenía los huecos necesarios para albergar las antenas. ¿O acaso todos los cascos siempre habían tenido esos huecos para acomodarlas? No se había fijado en ese detalle hasta ahora. Recogió la comida que le tendía el muchacho y le entregó la propina que su padre había dejado preparada en un platito al lado de la entrada como otras tantas veces.
—Muchas gracias. Esto es para ti.
El repartidor hizo un gesto de agradecimiento y se volvió hacia el descansillo mientras Galilea cerraba la puerta.
—¡Papá! ¡Mamá! Ya está la cena.
—Perfecto hija. —Su padre estaba terminando de poner la mesa y había llevado las botellas de bebida. Ella prefería agua del frigorífico, pues las bebidas tan azucaradas le daban mucha sed.
—¿Qué habéis pedido? —preguntó ávida Galilea
—Lo de siempre cariño: la pasta y pizza favorita de cada uno. Te dejas para mañana lo que no quieras.
—Vale, mamá.
La velada transcurrió de forma apacible. Hacía mucho que los tres no reían y disfrutaban tanto. Fue como si no hubiera ningún problema encima de la mesa. Por una noche, se dieron tregua y confiaron los unos en los otros volviendo a ser una familia. En el fondo, Galilea estaba agradecida, pues sabía que sus padres no eran tan autoritarios como los de otros compañeros. En ese sentido, sabía que gozaba de una libertad con la que otros adolescentes solo soñaban.
—Buenas noches, papá. —Su padre se afanaba por meter los platos en el lavavajillas, pero se irguió en toda su estatura y le dio caluroso un abrazo.
—Buenas noches, hija. No te vayas a la cama sin despedirte de tu madre, ¿eh? —y añadió— Nunca te acuestes enfadada.
—Vale, papá. Hasta mañana.
Su madre pasaba la bayeta al hule de la mesa del comedor. Se la notaba cansada por el transcurso del día.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, Galilea. Que sueñes con los angelitos.
—Gracias. Por cierto… Pasado mañana, vuelvo al instituto.
—Lo sé, hija. No te preocupes por eso ahora. Que descanses. Mañana será otro día.
—Igualmente, mamá. Buenas noches.
Día 6
Galilea se despertó abotargada y tarde para lo que solía ser ella. Había descansado fatal. Sentía muchísima sed y aún notaba la cena de la noche anterior en su estómago. Probablemente cenó más de la cuenta y, como consecuencia, había tenido unas pesadillas horribles. Soñó que la sujetaban mientras su madre introducía algo en su oído que la hacía daño. Se levantó de la cama con un montón de legañas en los ojos y le dolía un poco la cabeza. No conseguía concentrarse; las ideas iban y venían a velocidades altísimas sin poderse detener en ninguna. Era como escuchar un murmullo de voces ininteligibles dentro de ella.
«Hola» —El sonido fue claro y limpio en su mente pero no estaba segura de haberlo oído. Sorprendida, miró en derredor y se preguntó qué estaba pasando.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —Pensaba que lo había soñado y no esperaba respuesta.
«Hola, Galilea, soy tu hermano».
Galilea corrió hacia el espejo de su cuarto de baño temiéndose lo peor. Encendió la luz y escudriño su rostro.
«En efecto, hermanita, esas protusiones que ves en la frente son tus incipientes antenas. Nuestros padres lo han hecho. Me han implantado esta noche mientras dormías. Tenías razón en todo. Estoy alojado en el centro de tu cerebro y este cuerpo, ahora, me pertenece. No dejarás de existir. De hecho, serás consciente de todo, solo que no podrás hacer nada. Serás un espectador que me acompañará hasta el fin de mis días, que también será el tuyo».
Galilea quiso romper a llorar, pero no pudo. Sus lagrimales ya no le respondieron. En cambio, su reflejo en el espejo se limitó a devolverle una maliciosa sonrisa.
«Siento decirte que la humanidad dejó de existir hace doscientos cincuenta años y ni os enterasteis. Ahora, despídete de tu cuerpo. Mañana iremos al instituto como si nada hubiera pasado».
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Muy bueno. Gracias.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho, muy original. Gracias.
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