No reproducir - Baltazar Ruiz (Especial Halloween 2026)
Baltazar Ruiz
Colaborador literario
Enzo escuchaba la cinta, la rebobinaba y volvía a escucharla.
Llevaba horas así, sentado en el suelo del ático, con el reproductor apoyado entre las piernas y la oreja casi pegada al parlante. El polvo flotaba inmóvil bajo la luz amarillenta de una bombilla desnuda. A su alrededor se acumulaban las cajas de su abuelo: libros húmedos, fotografías sin fecha, carpetas con símbolos dibujados a mano y pequeños objetos envueltos en trapos viejos.
Haber heredado aquel ático había comenzado como una aventura.
Su abuelo siempre había sentido una fascinación incómoda por lo paranormal, y Enzo, aunque nunca lo admitía en voz alta, compartía parte de esa curiosidad. Cada caja parecía prometerle un secreto. Cada cuaderno, una puerta mal cerrada.
Las cosas cambiaron cuando encontró la cinta.
Estaba dentro de una caja metálica, separada del resto, con una etiqueta amarillenta pegada sobre el plástico. En ella, escrito con marcador negro, se leía:
NO REPRODUCIR.
Al principio, no fue más que estática.
Un ruido blanco, áspero, continuo. Enzo sintió una decepción absurda. Había esperado una voz, una confesión, quizá alguna de esas grabaciones falsas con las que su abuelo asustaba a las visitas. Pero no había nada. Solo aquel soplido eléctrico que parecía llenar el ático desde las esquinas.
Entonces, casi al final, oyó algo.
Duró menos de un segundo.
Una sílaba hundida bajo la interferencia.
Enzo detuvo la respiración.
La cinta terminó con un chasquido seco. El reproductor era antiguo, pesado, obstinado; no podía saltar al punto exacto. Tenía que rebobinarla por completo y escucharla desde el principio.
Lo hizo.
La segunda vez, la voz apareció un poco antes. Seguía cubierta por la estática, pero ya no parecía un accidente. Había algo humano en ese sonido. Algo que intentaba abrirse paso desde el fondo de la grabación.
La tercera vez, Enzo tomó una libreta y comenzó a anotar.
Primero creyó distinguir una vocal. Luego una consonante. Después una palabra incompleta, rota, pronunciada como si la boca que la decía estuviera demasiado lejos o demasiado enterrada.
El ático pareció enfriarse.
Enzo se frotó los brazos sin apartar la mirada del reproductor. La cinta giraba despacio, casi con cansancio. Los carretes avanzaban y retrocedían como si respiraran.
En la quinta reproducción, la palabra surgió con claridad. AYUDA.
Enzo levantó la cabeza.
La bombilla parpadeó una vez.
Durante unos segundos no hizo nada. Se quedó mirando el reproductor, esperando que la lógica acomodara aquello en algún lugar soportable. Pero el aparato seguía allí, inmóvil, con la cinta detenida al final de su recorrido.
Volvió a rebobinar.
Esta vez escuchó la grabación completa sin moverse. La estática ya no sonaba igual. Había perdido su uniformidad. Ahora parecía contener roces, jadeos, pequeños golpes ahogados.
Enzo acercó más la oreja al parlante, aunque una parte de él entendía que no debía hacerlo.
La voz regresó.
—Ayuda…
Era más nítida.
Más cercana.
Enzo escribió la palabra en la libreta, aunque ya no hacía falta. Tenía la mano húmeda y el lápiz se le resbalaba entre los dedos. Tragó saliva. Le costó hacerlo.
El aire del ático se había vuelto espeso.
No era solo frío. Era presión.
Como si algo invisible hubiese descendido sobre la habitación y estuviera apoyando su peso contra su pecho.
Rebobinó otra vez.
La cinta comenzó a deslizarse por los cabezales del reproductor con un murmullo irregular. Enzo sabía que faltaba poco. Lo sentía con una certeza absurda, casi física. El mensaje estaba a punto de completarse.
Entonces, en el parlante, la voz gritó:
—¡Ayuda, por favor, no puedo respirar!
Enzo se apartó de golpe.
No fue el grito lo que lo paralizó. Tampoco la desesperación, ni ese sonido húmedo que siguió a la última palabra.
Fue la forma en que la voz se quebró al decir “respirar”.
Esa pequeña fractura.
Ese temblor ridículo y conocido que siempre había odiado en sí mismo cuando estaba a punto de llorar.
La voz era la suya.
El reproductor siguió sonando, aunque la cinta ya había terminado. Primero se escuchó un golpe.
Luego otro.
Enzo miró hacia la puerta del ático.
El mismo golpe estremeció la madera desde el otro lado.
Quiso ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron. El aire se le cerró en la garganta. Abrió la boca y no entró nada. Solo un hilo inútil, áspero, insuficiente.
En el parlante, algo respiraba con él.
La puerta volvió a sacudirse.
Enzo extendió una mano hacia el reproductor, pero antes de alcanzarlo oyó su propia voz salir de la cinta, más clara que nunca, exactamente al mismo tiempo que el primer grito le desgarraba la garganta:
—¡Ayuda!
Llevaba horas así, sentado en el suelo del ático, con el reproductor apoyado entre las piernas y la oreja casi pegada al parlante. El polvo flotaba inmóvil bajo la luz amarillenta de una bombilla desnuda. A su alrededor se acumulaban las cajas de su abuelo: libros húmedos, fotografías sin fecha, carpetas con símbolos dibujados a mano y pequeños objetos envueltos en trapos viejos.
Haber heredado aquel ático había comenzado como una aventura.
Su abuelo siempre había sentido una fascinación incómoda por lo paranormal, y Enzo, aunque nunca lo admitía en voz alta, compartía parte de esa curiosidad. Cada caja parecía prometerle un secreto. Cada cuaderno, una puerta mal cerrada.
Las cosas cambiaron cuando encontró la cinta.
Estaba dentro de una caja metálica, separada del resto, con una etiqueta amarillenta pegada sobre el plástico. En ella, escrito con marcador negro, se leía:
NO REPRODUCIR.
Al principio, no fue más que estática.
Un ruido blanco, áspero, continuo. Enzo sintió una decepción absurda. Había esperado una voz, una confesión, quizá alguna de esas grabaciones falsas con las que su abuelo asustaba a las visitas. Pero no había nada. Solo aquel soplido eléctrico que parecía llenar el ático desde las esquinas.
Entonces, casi al final, oyó algo.
Duró menos de un segundo.
Una sílaba hundida bajo la interferencia.
Enzo detuvo la respiración.
La cinta terminó con un chasquido seco. El reproductor era antiguo, pesado, obstinado; no podía saltar al punto exacto. Tenía que rebobinarla por completo y escucharla desde el principio.
Lo hizo.
La segunda vez, la voz apareció un poco antes. Seguía cubierta por la estática, pero ya no parecía un accidente. Había algo humano en ese sonido. Algo que intentaba abrirse paso desde el fondo de la grabación.
La tercera vez, Enzo tomó una libreta y comenzó a anotar.
Primero creyó distinguir una vocal. Luego una consonante. Después una palabra incompleta, rota, pronunciada como si la boca que la decía estuviera demasiado lejos o demasiado enterrada.
El ático pareció enfriarse.
Enzo se frotó los brazos sin apartar la mirada del reproductor. La cinta giraba despacio, casi con cansancio. Los carretes avanzaban y retrocedían como si respiraran.
En la quinta reproducción, la palabra surgió con claridad. AYUDA.
Enzo levantó la cabeza.
La bombilla parpadeó una vez.
Durante unos segundos no hizo nada. Se quedó mirando el reproductor, esperando que la lógica acomodara aquello en algún lugar soportable. Pero el aparato seguía allí, inmóvil, con la cinta detenida al final de su recorrido.
Volvió a rebobinar.
Esta vez escuchó la grabación completa sin moverse. La estática ya no sonaba igual. Había perdido su uniformidad. Ahora parecía contener roces, jadeos, pequeños golpes ahogados.
Enzo acercó más la oreja al parlante, aunque una parte de él entendía que no debía hacerlo.
La voz regresó.
—Ayuda…
Era más nítida.
Más cercana.
Enzo escribió la palabra en la libreta, aunque ya no hacía falta. Tenía la mano húmeda y el lápiz se le resbalaba entre los dedos. Tragó saliva. Le costó hacerlo.
El aire del ático se había vuelto espeso.
No era solo frío. Era presión.
Como si algo invisible hubiese descendido sobre la habitación y estuviera apoyando su peso contra su pecho.
Rebobinó otra vez.
La cinta comenzó a deslizarse por los cabezales del reproductor con un murmullo irregular. Enzo sabía que faltaba poco. Lo sentía con una certeza absurda, casi física. El mensaje estaba a punto de completarse.
Entonces, en el parlante, la voz gritó:
—¡Ayuda, por favor, no puedo respirar!
Enzo se apartó de golpe.
No fue el grito lo que lo paralizó. Tampoco la desesperación, ni ese sonido húmedo que siguió a la última palabra.
Fue la forma en que la voz se quebró al decir “respirar”.
Esa pequeña fractura.
Ese temblor ridículo y conocido que siempre había odiado en sí mismo cuando estaba a punto de llorar.
La voz era la suya.
El reproductor siguió sonando, aunque la cinta ya había terminado. Primero se escuchó un golpe.
Luego otro.
Enzo miró hacia la puerta del ático.
El mismo golpe estremeció la madera desde el otro lado.
Quiso ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron. El aire se le cerró en la garganta. Abrió la boca y no entró nada. Solo un hilo inútil, áspero, insuficiente.
En el parlante, algo respiraba con él.
La puerta volvió a sacudirse.
Enzo extendió una mano hacia el reproductor, pero antes de alcanzarlo oyó su propia voz salir de la cinta, más clara que nunca, exactamente al mismo tiempo que el primer grito le desgarraba la garganta:
—¡Ayuda!


Muy bueno. Gracias.
ResponderEliminarGracias Baltazar.
ResponderEliminarAha! Aquí tenemos algo con cierto sabor de los ochenta. Cintas de cassette. ¿Pero qué es esto?
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