Pies descalzos - Luis Gómez Galván (Especial Halloween 2026)
Un ruido de pasos despertó a Iván. Pies descalzos caminando por el pasillo. Contuvo la respiración y escuchó con detenimiento. Nada.
«Un sueño», pensó.
Cerró los ojos de nuevo.
Al momento, otra vez el mismo ruido. Esta vez, apresurados.
Volvió a abrir los ojos; quieto, mirando al techo de la habitación de su hijo.
Esperó un momento y cuando la somnolencia lo invadía de nuevo, justo en ese momento, volvió a escuchar pasos. Ahora más cercanos, más claros y más despacio.
No tuvo duda. Alguien caminaba descalzo por el pasillo, con lentitud; parecía estar inspeccionando.
Dudó qué hacer.
¿Sería su hijo yendo al baño? ¿Quizá su mujer?
Esperó para tratar de identificarlos. Tumbado e inmóvil. No quería levantarse: hacía frío y estaba cómodo bajo las mantas de la cama de su hijo. Se tapó aún más.
Los pasos seguían ahí. Ahora irregulares; sin patrón. No parecía su mujer, tampoco su hijo. No oyó la cisterna del baño. Solo pasos erráticos.
Se incorporó y salió al pasillo.
Nada.
El baño vacío también.
Entró en su dormitorio. Su hijo y su mujer dormían a sus anchas, ocupando toda la cama. Volvió a escucharlo, justo detrás.
Se giró y, en la penumbra, alcanzó a distinguir una sombra que desapareció doblando la esquina y desaparecía.
«Pero, ¡qué demonios!»
Caminó con decisión en su busca. Escuchaba cómo los pies golpeaban el suelo al correr —¿eran los suyos?—. Aceleró.
Al pasar por la cocina se detuvo. Dudó unos segundos. Escuchó el ruido de las llaves en la entrada de la casa. Entró, abrió el cajón, cogió un cuchillo y salió en su busca.
Escuchaba la cerradura de la puerta girar. Quería escapar.
Llegó y allí estaba: un hombre que agarraba el pomo dispuesto a salir.
—¡Quieto! —ordenó Iván alzando el cuchillo. Le temblaba la voz y la mano, pero sacó fuerzas para ocultarlo.
El hombre no se movió.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo… —susurró una voz que, para su sorpresa, le era familiar—. Baja el cuchillo, no corres ningún peligro.
Iván se estremeció. Apretó con fuerza el mango.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Yo que tú no lo haría —musitó con voz ronca.
El extraño acercó la mano con lentitud hacia el interruptor y lo accionó. La luz cegó a Iván. Unos segundos más tarde, sus ojos se acostumbraron y vio su rostro; su propio rostro.
Un escalofrío erizó su vello.
Era él, exactamente él; con su mismo pijama, su misma barba de tres días. Aquella persona era él. Era otro Iván.
Su cara se hizo todo ojos y retrocedió hasta chocar con la pared.
***
En la penumbra del salón, Iván, sentado en su butaca, miraba al suelo en silencio. Aún sostenía el cuchillo. El otro Iván lo observaba con tranquilidad.
—¿Cómo es posible? ¡Qué demonios está pasando! —alzó la voz al tiempo que negaba con la cabeza.
El otro Iván tardó en responder.
—No lo sé…
Iván apretó el mango del cuchillo.
—¿De dónde has salido?
Por fin miró a su otro yo a la cara. El otro Iván se encogió de hombros. Entonces, ambos exhalaron aire a la vez y se recostaron de forma idéntica en el sofá.
—No tiene ningún puto sentido… —susurró mientras parpadeaba repetidas veces.
Acariciaba el filo del cuchillo con su dedo pulgar, recorriéndolo de un lado hacia otro.
—No lo sé todo… pero conozco algunas cosas —dijo. No dejaba de consultar su reloj—. Y sé que estás haciendo preguntas en el orden correcto.
—¡¿Qué?!
El otro Iván negó con la cabeza.
—Lo importante es nosotros.
—Nosotros, ¿quién?
—Nosotros, Iván…
Iván se sentó en el borde y sujetó su cabeza con ambas manos. Incluso se dio un par de pequeños golpes con el mango.
—¿A dónde ibas?
—¿A qué te refieres?
—Estabas en la puerta de la salida… ¿A dónde ibas?
El otro Iván pensó la respuesta, haciendo movimientos rítmicos con su cabeza.
—Iba a donde tenía que estar…
Iván levantó la cabeza y lo miró. Se rascó la cabeza con la hoja del cuchillo.
—Suelta ese cuchillo, suéltalo de una vez…
Iván miró su cuchillo y después al otro Iván, que se removió en el asiento. Lo observó con detenimiento Ya no parecía tan tranquilo.
—¡Cuéntame lo que sepas!
El otro Iván colocó el reloj antes de consultarlo de nuevo, sin disimulo. Iván también lo miró, casi por imitación:
3:41
Tragó saliva antes de contestar:
—Empecemos por algo sencillo. ¿No tienes frío en los pies?
Iván frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tus zapatillas —insistió el otro—. Tráelas. Y trae unas para mí.
Iván negó, exasperado.
—¡Me estás tomando el pelo!
—No. Es necesario —añadió el otro Iván, ahora con urgencia—. ¿No tienes frío?
—¿De qué cojones hablas? Claro que tengo frío, ¡joder! Pero eso es lo que menos me importa ahora mismo.
—Por favor, trae unas zapatillas para tus pies.
—Ni hablar.
El otro Iván volvió a mirar su reloj.
—Es necesario que lo hagas.
—¿Por qué?
—Hay que hacerlo. Es el bucle.
—¿Qué bucle?
El otro Iván se inclinó hacia él, con una seriedad nueva. Reconoció aquella expresión de tensión.
—El que ya estás viviendo.
Iván lo miró sin comprender.
—Ve —insistió—. Es la única manera de que hablemos. Y de que continúe.
Iván respiró hondo. Algo en esa mirada, su propia mirada, lo convenció.
—Bien, lo haré… pero luego tendrás que explicarme muchas cosas… y más vale que las respuestas me satisfagan.
Se levantó y se dirigió arrastrando los pies hacia la puerta.
—Deja el cuchillo aquí, por favor.
—Ni loco suelto este cuchillo —susurró amenazante—. No pienso soltarlo hasta que no respondas todas mis preguntas.
El otro Iván levantó las manos y se encogió de hombros.
Iván salió al pasillo. Caminó hacia la habitación de su hijo para buscar sus zapatillas. Encendió la luz un segundo y la apagó. Se quedó petrificado.
Había un hombre durmiendo en la cama. Él mismo.
Otro Iván.
Otro más.
Dio marcha atrás; tropezó con la puerta y con el marco. Salió a tientas del cuarto y, en el pasillo, una mano lo agarró del brazo: El otro Iván.
Le tapó la boca y lo arrastró al baño.
—Quieto, así no es.
—¿Qué demonios está pasando? ¡Hay otro!
—Estás cambiando las cosas. No se puede cambiar el bucle ¡No podemos cambiar el bucle! —respondió agitado.
—¿Qué?
El otro Iván le sujetó con fuerza. Le hacía daño.
—Estás cambiando el bucle.
—¿Qué? —Iván movía la cabeza sin mirar a ningún sitio.
—Mira, ya ha pasado más veces. Yo ya he pasado por esto. He sido tú antes que tú. Solo me dijeron que no cambie el bucle… ya lo hemos intentado todo.
—¿En serio? ¿Cuántas veces?
—No lo sé, nadie lo sabe… solo sabemos que hay que cerrar el bucle y aguantar hasta el amanecer —escupió acelerado.
—¿Y qué hay que hacer?
—Caminar. Despertar. Perseguir… Mantener el ciclo.
Iván aturdido, asintió.
—¿Y si falla?
—No falla, nunca lo hace. Tienes que despertar a Iván como hice contigo; como hicieron conmigo. NO-CAMBIES-LAS-COSAS —añadió zarandeándolo.
Iván lo miraba. Nunca se había visto así.
—Y deja ese maldito cuchillo! —añadió a la vez que se lo intentaba quitar—. O harás daño a alguien.
Iván apartó la mano sin pensar. Después la levantó y vio el cuchillo, reluciendo en la penumbra.
«Lo había olvidado.»
Volvió a asentir.
—¿No hay otra solución?
—No.
—¿Y si no se despierta? ¿Si no se levanta?
—Hazme caso… ya se ha hecho de todo. Lo hemos intentado todo… nada funciona. Tú crees que sabes más, que tienes ideas nuevas, pero no, ya hemos pasado por aquí… cada uno —explicó recitando las palabras como si las hubiera memorizado.
—¿Y tú? ¿Qué pasa con los otros? ¿Dónde están?
El otro Iván tragó saliva.
—Al salir de la cama, el tercero, yo —se señaló a sí mismo—, desaparece. Solo hay dos, solo puede haber dos.
—No lo entiendo.
—Ni falta que hace. Iván es lo más importante, es lo único que importa.
El otro Iván lo atravesaba con la mirada llena de convicción. Miró su reloj.
—Ve —ordenó.
Iván obedeció, sin estar seguro de por qué.
Salió al pasillo. Caminó pensativo, ausente. Siguió las instrucciones y actuó como recordaba. Pisadas lentas. Rápidas. Cercanas. Lejanas.
Se escondió en la despensa. El nuevo Iván, el que dormía, se despertó.
El bucle empezaba de nuevo.
***
Se levantó, fue al cuarto, miró a su mujer y a su hijo. Tal como había hecho él. Iván salió de su escondite. Todo funcionaba: el nuevo le escuchó y le persiguió. De la misma forma que había pasado antes.
Entonces se dio cuenta.
«¡Mierda! El cuchillo…»
Miró su mano y el cuchillo. No quería tenerlo, pero no había solución.
«Mientras entra en la cocina lo esconderé.»
Giró hacia la salida. El tercer Iván, el nuevo Iván, llegó a la cocina y se detuvo; entró y se escuchó el ruido de los cubiertos en el cajón.
Iván entró al salón y dejó el cuchillo en el sillón. Fue a la puerta y comenzó a girar la llave. El tercer Iván no venía. Tardaba demasiado, no lo encontraba.
Lo esperó, quieto junto a la puerta. Escuchó pasos. Ya tenía el cuchillo. Una última vuelta a la llave y agarró el pomo de la puerta.
***
—¡Quieto!
No se movió y permaneció de espaldas a él.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo, no pasa nada —susurró con la voz tomada.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Espera, no lo hagas.
Iván se giró muy lentamente y acercó la mano al interruptor de la luz.
La luz se encendió y cegó al tercer Iván tal como había hecho con él minutos antes —solo unos minutos y habían pasado tantas cosas—.
Miró de arriba abajo a aquel hombre. Ambos se miraron. Era increíble, otro Iván, un nuevo Iván. Exactamente igual. Con un cuchillo —diferente— en la mano.
El tercer Iván retrocedió, en shock, hasta chocar con la pared.
Con movimientos calmados, Iván le indicó que fuera al salón; pasó despacio a su lado y entró. El tercer Iván le siguió como un autómata; no hablaba. Se sentaron y se recostaron, sincronizados.
Allí, en la penumbra del salón Iván observaba al nuevo Iván. El tercer Iván parecía diferente a como se veía a sí mismo. Sostenía el cuchillo en silencio, mirando al suelo.
—¿Qué demonios está pasando? —recitó, tal y como debía hacer.
Iván lo miraba en silencio. Lo recorría con sus ojos de arriba abajo. Reconocía los sentimientos que estaba viviendo, que había vivido.
—¿Quién eres?
Por fin lo miró a la cara. Sentía su respiración acelerada.
—Soy tú.
—No tienen ningún puto sentido… —susurró mientras negaba.
Iván veía como acariciaba el cuchillo con el pulgar, comprobando su filo con insistencia, una y otra vez. De pronto lo posó en la mesa de centro.
«¿Esto es normal? Ha cambiado… está cambiando.»
—Yo no sé mucho más que tú. No te puedo ayudar. —El tercer Iván lo miró—. Pero no te preocupes, lo solucionaremos…
—¿Cómo?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Quiénes?
—Nosotros… Iván…
—¿Hay más?
Iván se encogió de hombros. El tercer Iván se sujetó la cabeza con ambas manos.
—Tengo frío… ¿Puedo ir a por mis zapatillas? —susurró con voz débil.
«Está cambiando las cosas… el bucle está cambiando.»
Iván miró su reloj.
3:55
«¿Será así como debe ser?».
—Espera… ¿No tienes más preguntas?
—¿Tienes respuestas?
—Alguna…
—¿Y pueden esperar un minuto?
Iván se encogió de hombros. No se debe cambiar nada, retumbaba en su mente.
«Pero está cambiando…»
—¿Y bien? —preguntó el tercer Iván a la vez que se levantaba del sofá. Fijó sus ojos en él mostrando una decisión que no reconocía en sí mismo.
Iván se colocó el reloj y lo miró de nuevo.
3:56
—Sí, ve… y trae unas para mí también. Tengo los pies helados.
El tercer Iván asintió antes de salir del salón. Caminó por el pasillo con pasos lentos.
Iván se quedó sentado en el sillón, mirando al televisor apagado y que reflejaba su imagen borrosa de forma apenas reconocible. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba haciéndolo bien?
Suspiró, se recostó y dejó caer sus manos. Sintió algo. Palpó. La empuñadura del cuchillo.
Escuchó con atención: La luz del cuarto, el golpe, el murmullo, el desconcierto.
Solo dos, escuchaba en su cabeza.
Volvió la cabeza hacia la ventana y vio las luces de la ciudad. Cerró los ojos y recordó a su mujer y a su hijo, dormidos en la cama, sonrientes. Los vio al día siguiente, en la cocina, desayunando con otro él.
Volvió a mirarse en el reflejo, sentado a oscuras, irreconocible, y actuó.
Agarró el cuchillo y salió de la sala. Caminó por el pasillo, entró al baño y, cuando su otro yo pasó junto a la puerta dando tumbos, lo agarró y lo apuñaló sin dudar.
El tercer Iván emitió un grito ahogado. Iván le tapó la boca y volvió a clavarle el cuchillo, esta vez más arriba.
El tercer Iván miraba a a su asesino, como si de un espejo se tratase. Sus ojos pedían explicaciones mientras buscaban ayuda alrededor.
—Lo siento, pero hay que cerrar el bucle… —susurró al oído de su víctima.
Iván dejó en el suelo el cuerpo con suavidad y tapó boca y nariz con decisión. El tercero intentó agarrar las manos de su otro yo, pero las fuerzas ya le habían abandonado. Iván apretó un minuto, quizá dos. Lo hizo con fuerza, con todas sus fuerzas, para no dudar. Mientras lo hacía, observaba los ojos, sus propios ojos. Ojos que buscaban respuestas. Y no pudo dejar de hacerlo hasta que se quedaron vacíos de vida. Solo entonces soltó.
Luego entró al cuarto infantil. Allí estaba un nuevo Iván, aún dormía. Había perdido la cuenta.
«Yo no voy a desaparecer.»
Cogió un cojín y se acercó despacio. Lo colocó en la cara, su cara, y apretó con fuerza sobre aquel Iván, inocente y ajeno a todo el bucle.
—Lo siento amigo —murmuró con la respiración contenida—, no es nada personal.
Al momento notó resistencia y las manos salieron de debajo de las mantas para luchar por su vida. Hundió el cuchillo con fuerza en el pecho de su otro yo, emitiendo un gemido que apagó el del otro. Una, dos y tres veces. Después siguió apretando el cojín contra la cara hasta que dejó de sentir movimientos.
***
Llevó los dos cuerpos a la despensa y la cerró con llave. Limpió todo y metió la ropa y las sábanas a la lavadora.
Tenía los pies muy fríos; quería ir en la cama. Miró el reloj:
5:29
Caminaba despacio. Estaba exhausto.
«Era lo que había que hacer».
Sacudía la cabeza para sacar todos esos recuerdos de la cabeza.
Pasó por delante del cuarto de su hijo. Algo lo frenó. Una cuerda tiró del estómago hacia arriba, un tirón seco. Había… algo. Volvió atrás. Se asomó. Había alguien en la cama.
Se quedó quieto, incapaz de respirar. Tragó saliva y entró sigiloso hasta llegar al borde de la cama.
—No… —susurró con la voz contenida— No, no, no.
Se acercó aún más y lo vio. Vio su propio rostro durmiendo en la cama. Allí estaba, otro Iván, otro más, durmiendo plácidamente, como si nada hubiera pasado.
«¡No puede ser! Yo debía cerrar el bucle… mi lógica era… tenía sentido, debía tenerlo»
—Tenía que serlo —musitó con debilidad.
Lo hemos intentado todo, resonaba en su cabeza. Crees que tienes ideas nuevas… Las piernas le flaquearon y cayó de rodillas con el peso de toda la noche sobre su cabeza.
«Todo… ¿para nada?»
—¡No!
El grito salió ahogado. El Iván durmiente se removió en la cama. Un sudor frío apareció y recorrió toda su espalda en menos de un segundo; hormigueo en la tripa y calor en el pecho. Apretaba y abría las manos sin control.
Se sentó en el suelo, derrotado, para quedarse sentado viendo cómo Iván —uno más— se despertaría al oír ruidos.
«Quizá la solución sea…»
Respiró hondo y se levantó despacio. Caminó con todo el cuidado que pudo hacia su cuarto. Allí miró a su hijo y a su mujer, una última vez. Se permitió unos segundos, un minuto o dos.
Luego fue al salón. Abrió la puerta del balcón sin hacer ruido y salió.
«Un sueño», pensó.
Cerró los ojos de nuevo.
Al momento, otra vez el mismo ruido. Esta vez, apresurados.
Volvió a abrir los ojos; quieto, mirando al techo de la habitación de su hijo.
Esperó un momento y cuando la somnolencia lo invadía de nuevo, justo en ese momento, volvió a escuchar pasos. Ahora más cercanos, más claros y más despacio.
No tuvo duda. Alguien caminaba descalzo por el pasillo, con lentitud; parecía estar inspeccionando.
Dudó qué hacer.
¿Sería su hijo yendo al baño? ¿Quizá su mujer?
Esperó para tratar de identificarlos. Tumbado e inmóvil. No quería levantarse: hacía frío y estaba cómodo bajo las mantas de la cama de su hijo. Se tapó aún más.
Los pasos seguían ahí. Ahora irregulares; sin patrón. No parecía su mujer, tampoco su hijo. No oyó la cisterna del baño. Solo pasos erráticos.
Se incorporó y salió al pasillo.
Nada.
El baño vacío también.
Entró en su dormitorio. Su hijo y su mujer dormían a sus anchas, ocupando toda la cama. Volvió a escucharlo, justo detrás.
Se giró y, en la penumbra, alcanzó a distinguir una sombra que desapareció doblando la esquina y desaparecía.
«Pero, ¡qué demonios!»
Caminó con decisión en su busca. Escuchaba cómo los pies golpeaban el suelo al correr —¿eran los suyos?—. Aceleró.
Al pasar por la cocina se detuvo. Dudó unos segundos. Escuchó el ruido de las llaves en la entrada de la casa. Entró, abrió el cajón, cogió un cuchillo y salió en su busca.
Escuchaba la cerradura de la puerta girar. Quería escapar.
Llegó y allí estaba: un hombre que agarraba el pomo dispuesto a salir.
—¡Quieto! —ordenó Iván alzando el cuchillo. Le temblaba la voz y la mano, pero sacó fuerzas para ocultarlo.
El hombre no se movió.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo… —susurró una voz que, para su sorpresa, le era familiar—. Baja el cuchillo, no corres ningún peligro.
Iván se estremeció. Apretó con fuerza el mango.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Yo que tú no lo haría —musitó con voz ronca.
El extraño acercó la mano con lentitud hacia el interruptor y lo accionó. La luz cegó a Iván. Unos segundos más tarde, sus ojos se acostumbraron y vio su rostro; su propio rostro.
Un escalofrío erizó su vello.
Era él, exactamente él; con su mismo pijama, su misma barba de tres días. Aquella persona era él. Era otro Iván.
Su cara se hizo todo ojos y retrocedió hasta chocar con la pared.
***
En la penumbra del salón, Iván, sentado en su butaca, miraba al suelo en silencio. Aún sostenía el cuchillo. El otro Iván lo observaba con tranquilidad.
—¿Cómo es posible? ¡Qué demonios está pasando! —alzó la voz al tiempo que negaba con la cabeza.
El otro Iván tardó en responder.
—No lo sé…
Iván apretó el mango del cuchillo.
—¿De dónde has salido?
Por fin miró a su otro yo a la cara. El otro Iván se encogió de hombros. Entonces, ambos exhalaron aire a la vez y se recostaron de forma idéntica en el sofá.
—No tiene ningún puto sentido… —susurró mientras parpadeaba repetidas veces.
Acariciaba el filo del cuchillo con su dedo pulgar, recorriéndolo de un lado hacia otro.
—No lo sé todo… pero conozco algunas cosas —dijo. No dejaba de consultar su reloj—. Y sé que estás haciendo preguntas en el orden correcto.
—¡¿Qué?!
El otro Iván negó con la cabeza.
—Lo importante es nosotros.
—Nosotros, ¿quién?
—Nosotros, Iván…
Iván se sentó en el borde y sujetó su cabeza con ambas manos. Incluso se dio un par de pequeños golpes con el mango.
—¿A dónde ibas?
—¿A qué te refieres?
—Estabas en la puerta de la salida… ¿A dónde ibas?
El otro Iván pensó la respuesta, haciendo movimientos rítmicos con su cabeza.
—Iba a donde tenía que estar…
Iván levantó la cabeza y lo miró. Se rascó la cabeza con la hoja del cuchillo.
—Suelta ese cuchillo, suéltalo de una vez…
Iván miró su cuchillo y después al otro Iván, que se removió en el asiento. Lo observó con detenimiento Ya no parecía tan tranquilo.
—¡Cuéntame lo que sepas!
El otro Iván colocó el reloj antes de consultarlo de nuevo, sin disimulo. Iván también lo miró, casi por imitación:
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Tragó saliva antes de contestar:
—Empecemos por algo sencillo. ¿No tienes frío en los pies?
Iván frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tus zapatillas —insistió el otro—. Tráelas. Y trae unas para mí.
Iván negó, exasperado.
—¡Me estás tomando el pelo!
—No. Es necesario —añadió el otro Iván, ahora con urgencia—. ¿No tienes frío?
—¿De qué cojones hablas? Claro que tengo frío, ¡joder! Pero eso es lo que menos me importa ahora mismo.
—Por favor, trae unas zapatillas para tus pies.
—Ni hablar.
El otro Iván volvió a mirar su reloj.
—Es necesario que lo hagas.
—¿Por qué?
—Hay que hacerlo. Es el bucle.
—¿Qué bucle?
El otro Iván se inclinó hacia él, con una seriedad nueva. Reconoció aquella expresión de tensión.
—El que ya estás viviendo.
Iván lo miró sin comprender.
—Ve —insistió—. Es la única manera de que hablemos. Y de que continúe.
Iván respiró hondo. Algo en esa mirada, su propia mirada, lo convenció.
—Bien, lo haré… pero luego tendrás que explicarme muchas cosas… y más vale que las respuestas me satisfagan.
Se levantó y se dirigió arrastrando los pies hacia la puerta.
—Deja el cuchillo aquí, por favor.
—Ni loco suelto este cuchillo —susurró amenazante—. No pienso soltarlo hasta que no respondas todas mis preguntas.
El otro Iván levantó las manos y se encogió de hombros.
Iván salió al pasillo. Caminó hacia la habitación de su hijo para buscar sus zapatillas. Encendió la luz un segundo y la apagó. Se quedó petrificado.
Había un hombre durmiendo en la cama. Él mismo.
Otro Iván.
Otro más.
Dio marcha atrás; tropezó con la puerta y con el marco. Salió a tientas del cuarto y, en el pasillo, una mano lo agarró del brazo: El otro Iván.
Le tapó la boca y lo arrastró al baño.
—Quieto, así no es.
—¿Qué demonios está pasando? ¡Hay otro!
—Estás cambiando las cosas. No se puede cambiar el bucle ¡No podemos cambiar el bucle! —respondió agitado.
—¿Qué?
El otro Iván le sujetó con fuerza. Le hacía daño.
—Estás cambiando el bucle.
—¿Qué? —Iván movía la cabeza sin mirar a ningún sitio.
—Mira, ya ha pasado más veces. Yo ya he pasado por esto. He sido tú antes que tú. Solo me dijeron que no cambie el bucle… ya lo hemos intentado todo.
—¿En serio? ¿Cuántas veces?
—No lo sé, nadie lo sabe… solo sabemos que hay que cerrar el bucle y aguantar hasta el amanecer —escupió acelerado.
—¿Y qué hay que hacer?
—Caminar. Despertar. Perseguir… Mantener el ciclo.
Iván aturdido, asintió.
—¿Y si falla?
—No falla, nunca lo hace. Tienes que despertar a Iván como hice contigo; como hicieron conmigo. NO-CAMBIES-LAS-COSAS —añadió zarandeándolo.
Iván lo miraba. Nunca se había visto así.
—Y deja ese maldito cuchillo! —añadió a la vez que se lo intentaba quitar—. O harás daño a alguien.
Iván apartó la mano sin pensar. Después la levantó y vio el cuchillo, reluciendo en la penumbra.
«Lo había olvidado.»
Volvió a asentir.
—¿No hay otra solución?
—No.
—¿Y si no se despierta? ¿Si no se levanta?
—Hazme caso… ya se ha hecho de todo. Lo hemos intentado todo… nada funciona. Tú crees que sabes más, que tienes ideas nuevas, pero no, ya hemos pasado por aquí… cada uno —explicó recitando las palabras como si las hubiera memorizado.
—¿Y tú? ¿Qué pasa con los otros? ¿Dónde están?
El otro Iván tragó saliva.
—Al salir de la cama, el tercero, yo —se señaló a sí mismo—, desaparece. Solo hay dos, solo puede haber dos.
—No lo entiendo.
—Ni falta que hace. Iván es lo más importante, es lo único que importa.
El otro Iván lo atravesaba con la mirada llena de convicción. Miró su reloj.
—Ve —ordenó.
Iván obedeció, sin estar seguro de por qué.
Salió al pasillo. Caminó pensativo, ausente. Siguió las instrucciones y actuó como recordaba. Pisadas lentas. Rápidas. Cercanas. Lejanas.
Se escondió en la despensa. El nuevo Iván, el que dormía, se despertó.
El bucle empezaba de nuevo.
***
Se levantó, fue al cuarto, miró a su mujer y a su hijo. Tal como había hecho él. Iván salió de su escondite. Todo funcionaba: el nuevo le escuchó y le persiguió. De la misma forma que había pasado antes.
Entonces se dio cuenta.
«¡Mierda! El cuchillo…»
Miró su mano y el cuchillo. No quería tenerlo, pero no había solución.
«Mientras entra en la cocina lo esconderé.»
Giró hacia la salida. El tercer Iván, el nuevo Iván, llegó a la cocina y se detuvo; entró y se escuchó el ruido de los cubiertos en el cajón.
Iván entró al salón y dejó el cuchillo en el sillón. Fue a la puerta y comenzó a girar la llave. El tercer Iván no venía. Tardaba demasiado, no lo encontraba.
Lo esperó, quieto junto a la puerta. Escuchó pasos. Ya tenía el cuchillo. Una última vuelta a la llave y agarró el pomo de la puerta.
***
—¡Quieto!
No se movió y permaneció de espaldas a él.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Tranquilo, no pasa nada —susurró con la voz tomada.
—Levanta las manos y aléjate de la puerta. Voy a llamar a la policía.
—Espera, no lo hagas.
Iván se giró muy lentamente y acercó la mano al interruptor de la luz.
La luz se encendió y cegó al tercer Iván tal como había hecho con él minutos antes —solo unos minutos y habían pasado tantas cosas—.
Miró de arriba abajo a aquel hombre. Ambos se miraron. Era increíble, otro Iván, un nuevo Iván. Exactamente igual. Con un cuchillo —diferente— en la mano.
El tercer Iván retrocedió, en shock, hasta chocar con la pared.
Con movimientos calmados, Iván le indicó que fuera al salón; pasó despacio a su lado y entró. El tercer Iván le siguió como un autómata; no hablaba. Se sentaron y se recostaron, sincronizados.
Allí, en la penumbra del salón Iván observaba al nuevo Iván. El tercer Iván parecía diferente a como se veía a sí mismo. Sostenía el cuchillo en silencio, mirando al suelo.
—¿Qué demonios está pasando? —recitó, tal y como debía hacer.
Iván lo miraba en silencio. Lo recorría con sus ojos de arriba abajo. Reconocía los sentimientos que estaba viviendo, que había vivido.
—¿Quién eres?
Por fin lo miró a la cara. Sentía su respiración acelerada.
—Soy tú.
—No tienen ningún puto sentido… —susurró mientras negaba.
Iván veía como acariciaba el cuchillo con el pulgar, comprobando su filo con insistencia, una y otra vez. De pronto lo posó en la mesa de centro.
«¿Esto es normal? Ha cambiado… está cambiando.»
—Yo no sé mucho más que tú. No te puedo ayudar. —El tercer Iván lo miró—. Pero no te preocupes, lo solucionaremos…
—¿Cómo?
—Estamos trabajando en ello.
—¿Quiénes?
—Nosotros… Iván…
—¿Hay más?
Iván se encogió de hombros. El tercer Iván se sujetó la cabeza con ambas manos.
—Tengo frío… ¿Puedo ir a por mis zapatillas? —susurró con voz débil.
«Está cambiando las cosas… el bucle está cambiando.»
Iván miró su reloj.
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«¿Será así como debe ser?».
—Espera… ¿No tienes más preguntas?
—¿Tienes respuestas?
—Alguna…
—¿Y pueden esperar un minuto?
Iván se encogió de hombros. No se debe cambiar nada, retumbaba en su mente.
«Pero está cambiando…»
—¿Y bien? —preguntó el tercer Iván a la vez que se levantaba del sofá. Fijó sus ojos en él mostrando una decisión que no reconocía en sí mismo.
Iván se colocó el reloj y lo miró de nuevo.
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—Sí, ve… y trae unas para mí también. Tengo los pies helados.
El tercer Iván asintió antes de salir del salón. Caminó por el pasillo con pasos lentos.
Iván se quedó sentado en el sillón, mirando al televisor apagado y que reflejaba su imagen borrosa de forma apenas reconocible. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba haciéndolo bien?
Suspiró, se recostó y dejó caer sus manos. Sintió algo. Palpó. La empuñadura del cuchillo.
Escuchó con atención: La luz del cuarto, el golpe, el murmullo, el desconcierto.
Solo dos, escuchaba en su cabeza.
Volvió la cabeza hacia la ventana y vio las luces de la ciudad. Cerró los ojos y recordó a su mujer y a su hijo, dormidos en la cama, sonrientes. Los vio al día siguiente, en la cocina, desayunando con otro él.
Volvió a mirarse en el reflejo, sentado a oscuras, irreconocible, y actuó.
Agarró el cuchillo y salió de la sala. Caminó por el pasillo, entró al baño y, cuando su otro yo pasó junto a la puerta dando tumbos, lo agarró y lo apuñaló sin dudar.
El tercer Iván emitió un grito ahogado. Iván le tapó la boca y volvió a clavarle el cuchillo, esta vez más arriba.
El tercer Iván miraba a a su asesino, como si de un espejo se tratase. Sus ojos pedían explicaciones mientras buscaban ayuda alrededor.
—Lo siento, pero hay que cerrar el bucle… —susurró al oído de su víctima.
Iván dejó en el suelo el cuerpo con suavidad y tapó boca y nariz con decisión. El tercero intentó agarrar las manos de su otro yo, pero las fuerzas ya le habían abandonado. Iván apretó un minuto, quizá dos. Lo hizo con fuerza, con todas sus fuerzas, para no dudar. Mientras lo hacía, observaba los ojos, sus propios ojos. Ojos que buscaban respuestas. Y no pudo dejar de hacerlo hasta que se quedaron vacíos de vida. Solo entonces soltó.
Luego entró al cuarto infantil. Allí estaba un nuevo Iván, aún dormía. Había perdido la cuenta.
«Yo no voy a desaparecer.»
Cogió un cojín y se acercó despacio. Lo colocó en la cara, su cara, y apretó con fuerza sobre aquel Iván, inocente y ajeno a todo el bucle.
—Lo siento amigo —murmuró con la respiración contenida—, no es nada personal.
Al momento notó resistencia y las manos salieron de debajo de las mantas para luchar por su vida. Hundió el cuchillo con fuerza en el pecho de su otro yo, emitiendo un gemido que apagó el del otro. Una, dos y tres veces. Después siguió apretando el cojín contra la cara hasta que dejó de sentir movimientos.
***
Llevó los dos cuerpos a la despensa y la cerró con llave. Limpió todo y metió la ropa y las sábanas a la lavadora.
Tenía los pies muy fríos; quería ir en la cama. Miró el reloj:
5:29
Caminaba despacio. Estaba exhausto.
«Era lo que había que hacer».
Sacudía la cabeza para sacar todos esos recuerdos de la cabeza.
Pasó por delante del cuarto de su hijo. Algo lo frenó. Una cuerda tiró del estómago hacia arriba, un tirón seco. Había… algo. Volvió atrás. Se asomó. Había alguien en la cama.
Se quedó quieto, incapaz de respirar. Tragó saliva y entró sigiloso hasta llegar al borde de la cama.
—No… —susurró con la voz contenida— No, no, no.
Se acercó aún más y lo vio. Vio su propio rostro durmiendo en la cama. Allí estaba, otro Iván, otro más, durmiendo plácidamente, como si nada hubiera pasado.
«¡No puede ser! Yo debía cerrar el bucle… mi lógica era… tenía sentido, debía tenerlo»
—Tenía que serlo —musitó con debilidad.
Lo hemos intentado todo, resonaba en su cabeza. Crees que tienes ideas nuevas… Las piernas le flaquearon y cayó de rodillas con el peso de toda la noche sobre su cabeza.
«Todo… ¿para nada?»
—¡No!
El grito salió ahogado. El Iván durmiente se removió en la cama. Un sudor frío apareció y recorrió toda su espalda en menos de un segundo; hormigueo en la tripa y calor en el pecho. Apretaba y abría las manos sin control.
Se sentó en el suelo, derrotado, para quedarse sentado viendo cómo Iván —uno más— se despertaría al oír ruidos.
«Quizá la solución sea…»
Respiró hondo y se levantó despacio. Caminó con todo el cuidado que pudo hacia su cuarto. Allí miró a su hijo y a su mujer, una última vez. Se permitió unos segundos, un minuto o dos.
Luego fue al salón. Abrió la puerta del balcón sin hacer ruido y salió.
Mientras tanto, en el cuarto de su hijo, Iván abrió los ojos. Un ruido lo había despertado. Escuchó un momento.
Nada.
«Un sueño», pensó.
Y volvió a cerrar los ojos.


Me gustan mucho los relatos de bucles temporales. Muy bien escrito. Muchas gracias.
ResponderEliminarEstá genial. Muchas gracias
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