"En la alegre Inglaterra de los viejos tiempos, cuando el buen rey Enrique II gobernaba el país, en la espesura del bosque de Sherwood, cerca de la ciudad de Nottingham, vivía un famoso y guapísimo forajido llamado Rufino Hood.
Junto a su afilada lengua —que, según decían, podía cortar un paquete de folios de un lametazo— destacaba su destreza con el arco, la ballesta, el lanzamiento de hachas, cuchillos, sillas de bar y pianos de cola.
Su leyenda abarcaba desde las batallas junto a Rufino Corazón de Melón hasta sus aventuras con Rufónidas en las famosas Termópilas o durante la guerra del Emú. Un currículum bélico de lo más completo, aunque no figurase en los libros de historia. ¡Qué desagradecidos!
Lo que estaba muy claro era que se trataba de un adalid de la justicia, un legendario héroe y forajido notorio por robar a los muy ricos y dárselo a los muy pobres. Y puestos en esta tesitura de pobreza, no existía personaje más pobre que él mismo. Por tanto, siguiendo su intachable lógica, guardaba provisionalmente todo lo recaudado para tan noble causa.
Incluidas unas joyas que le encontraron en una caja fuerte de su despacho, aunque Rufino aseguraba que eran la herencia de una tía lejana a la que le encantaban las piezas de adorno del Imperio austrohúngaro".
—¡Ya estás contándonos otra trola de las tuyas, tío Rufino! —exclamó una de mis sobrinas, la que se llamaba Alba o algo similar, aprovechando que se le había aflojado la mordaza.
Había engañado a mis cuatro sobrinas para que vinieran a mi casa con la falsa promesa de darles algo de dinero para que se compraran cositas brillibrilli.
¡Ay, lobas tontorronas! A estas alturas ya debían de saber que yo tenía menos dinero que uno que se está bañando.
Mi intención era ayudarlas a desenvolverse en esta vida cruel mediante mis sabios consejos sobre los lobos libidinosos —que abundan como setas por todas partes— y los peligros del alcohol, que, entre tú y yo, tampoco es para tanto.
Así que las senté a todas, a las dos mayores, Marina y Alba, y a las dos más enanas, Jacinta y Rufina, en sendas e incomodísimas sillas para adoctrinarlas con mi infinita sapiencia.
¿Tenía sillas más cómodas? Sí, muchas. ¿Cuántas? No sé, tenía todas las de las terrazas de los bares de alrededor de mi casa. Y tres sombrillas.
Mientras desmontaba y limpiaba tranquilamente mi escopeta espanta-novios delante de sus hocicos pintados de carmín, empecé a relatarles una historia jamás revelada que, por supuesto, me ocurrió a mí. Como todas las que cuento. Todas tan ciertas como la existencia de los unicornios rosas.
Ellas prestaban muchísima atención, ¡cómo no!, ya que apenas se movían de sus asientos. Supongo que también tendría algo que ver el hecho de que estuvieran bien amordazadas y atadas con un nudo de nueve, práctica aprendida en mis años de agente infiltrado súper secreto en la Patagonia gallega.
Capítulo I - Y ahora os contaré cómo comenzó todo.
Hace unos días, en una noche perfumada por el azahar en la ciudad de Nápoles, me disponía a salir de una habitación bajando por el balcón, al amparo de la oscuridad. Eso ya os puede dar una idea del entuerto en el que me hallaba.
—Duque Rufino, ¿por qué razón salís sin prender la luz de los candelabros? Mi bien, mi gozo... ¿Acaso vais raudo a comprar un anillo para cumplir así la promesa de casaros conmigo? —preguntó la pazguata de Valentina.
—Mira, bonita, no hay Dios que te entienda con ese lenguaje tan cursi —respondí. Yo, soy un fantasma, una ensoñación que se desliza entre sombras y promesas. Si eso, ya vuelvo mañana, ¿te parece, chata?
A la amiga no le hizo ninguna gracia la respuesta.
Y ahí fue cuando se desató la loba. Empezó a soltar sapos y culebras por la boca; de la finura de antes, ni rastro. Manejaba un vocabulario que habría hecho enrojecer a un camionero.
Según ella, su hermana Julieta ya le había advertido de mí en Verona bajo el sobrenombre de mi alterego Rufeo, del clan Lubesco—: que si era un truhan, que si un bellaco, que si un roba corazones, que si un asaltacunas… Y no sé cuántos halagos más.
Yo, por supuesto, hacía rato que había desconectado de los gritos de aquella loca.
Así que, con disimulo, empecé a deslizarme hacia el balcón al más puro estilo Moonwalk de Michael Jackson. Mientras tanto, ella recorría la habitación empuñando un puñal imaginario, con la zarpa en la frente, en plan diva teatral, y tirando cosas al suelo como un gato cabreado.
Cuando por fin se percató de mi ausencia, yo ya estaba bebiendo en una posada cercana, después de empeñar su collar, que, por arte de magia, había acabado en mi zurrón. No me dieron mucho por él. Era más falso que empezar una dieta un lunes.
O sea, que, a fin de cuentas, el estafado fui yo. Me pasa por comportarme como un ser de luz en este mundo sin valores.
Mal. Todo mal.
De súbito, irrumpieron en la posada el ofendido marido de la loba —¿no decía que era soltera? No se puede fiar uno de nadie— junto con cuatro tíos grandes como armarios roperos, preguntando muy enfadados por el duque Rufino.
Les indiqué que, a cambio de unos pocos reales, les señalaría al truhan que buscaban. Cerrado el trato, les señalé al conejo de la esquina, llamado Tambor. El de la cara de alelado y los dientes torcidos.
Gracias a mi nobleza, le iban a arreglar la dentadura gratis. Y eso que me debía dinero.
Me entregaron una pequeña bolsa con monedas y fueron al encuentro del amigo. A los pocos segundos ya lo estaban vareando como si fuera un olivo. Normal: con un nombre tan tontorrón, hasta a mí me entraban ganas de arrearle un par de guantazos.
Me levanté, apuré mi jarra de cerveza de un trago, hice una reverencia y me escabullí por la puerta con mi dinero, ganado honradamente. Luego me encaminé en busca de una embarcación con rumbo a la cercana Inglaterra para poner tierra —o, mejor dicho, mar— de por medio.
Seguramente, el conejo traidor tardaría poco en delatarme, siempre y cuando le quedaran dientes para hacerlo.
Contraté a un barquero y, al amparo de la luna, puse rumbo a la pérfida Albión.
Bien. Todo bien.
Bueno, el viaje iba de cine hasta que encallamos en los acantilados de Creswellcrohainjandemor Crags. Intenté pagarle al barquero con un puñado de chapas de refresco, pero el hombre no entendía de economías circulares. Me ofrecí a saldar la deuda recitándole un poema sáfico, pero tampoco coló; el tipo estaba completamente cegado por el vil metal. Sin duda, había vendido su alma al capital.
¿Su respuesta? Un sutil sartenazo con todo el remo que me dejó inconsciente en la arena. El primero lo esquivé a lo Matrix, pero el segundo me dio en mi bello rostro.
Cuando desperté, apenas unas horas después, me habían robado las pocas pertenencias que tenía, dejándome con menos papeles que una liebre.
Me incorporé, me sacudí la arena de todo el cuerpo sí, también me habían robado toda mi vestimenta— y puse rumbo al cercano bosque de Sherwood.
Era hora de reinventarse. De recuperar todo lo que aquella vida injusta me había arrebatado. Robar a los ricos y quedármelo yo, digo dárselo a los pobres, que después de todo, también lo era yo. Pobre como rata de un monasterio, pero rico en ambición.
Debía convertirme en un fuera de la ley. Convertirme en una leyenda. ¡En Robin Hood!
Mi abogado me ha confirmado que puedo utilizar ese nombre ya que el personaje de Robin Hood no tiene derechos de autor ya que pertenece al dominio público. Sin embargo, prefiero su nombre auténtico.
¡Rufino Hood!
Mis sobrinas bostezaron al unísono. ¡Qué público más difícil e ingrato!
Son unas egoístas. ¿Y qué es un egoísta? Pues una persona que piensa más en sí misma que en mí.
Continuará en la segunda parte...
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El estupendo Booktrailer 1.
El definitivo Booktrailer 2.
Rufino ha vuelto. 😂 Viva Rufino. Es genial. 🫶 Esperando la continuación. 🙌🏻
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