Un paraguas atrapado en la niebla - Alberto Jiménez
Mi unidad estaba destinada en el óblast de Zaporiyia. El punto de mira de mi AK47 apuntaba a la carretera de Mar'yanivka. Inteligencia nos había confirmado la presencia de tropas rusas en la zona. Y el lugar más protegido para tumbarme estaba sobre un charco del deshielo. Cada vez que me movía para no quedarme tieso me entraba un chorro de agua helada por la pernera. Un movimiento más y el agua se dirigía complaciente hacia la bota. Chebureki miraba al cielo aunque, más que mirar se oye. Escuchar a tiempo el zumbido de un dron es vital.
Su nombre real es Matvii, pero nadie le llama así. Está obsesionado con las Chebureki.
¿Os he contado alguna vez cómo hace mi madre las Chebureki? Donde preparan la mejor Chebureki de Zaporiyia es Cheburek, en la calle Fortechna. Cuando volvamos a… me voy a poner malo a comer… Sí, sí. Chebureki, ya te hemos oído, siempre le dice alguien. Es verdaderamente cargante con la comida.
Supongo que cada uno llevamos la situación a nuestra manera.
El caso es que, en ese momento, vi algo insólito. Un tipo con un paraguas negro abierto sobre la cabeza. En un primer momento pensé que era un civil que había perdido la cabeza, luego localicé la banda azul en el brazo y el casco. Iba en dirección al pueblo, se detuvo y miró hacia nuestra posición. Estoy seguro de que no nos veía, aun así saludó agitando el paraguas.
—¿Quién es ese?
—¡Ah! Es Stepko —me confirmó Chebureki volviendo la mirada hacia la carretera—. Ahora le conocerás. Un tipo simpático este Stepko.
Cuando nos sustituyeron en nuestra posición pude conocer al curioso personaje. Ningún hombre debería ir a la guerra, pero mucho menos los mayores o los niños. Y de eso sobraba en nuestras filas. El viejo Stepko decía no tener más de sesenta. Estaba claro que los superaba con creces, pero los oficiales estaban escasos de hombres y no le iban a decir que no.
El tal Stepko había sido profesor de algo en la universidad, sabía varios idiomas y andaba corto de vista; por lo demás parecía estar en buena forma física.
Viéndole disparar evaluaron que era malgastar munición y habilidades de comunicación. Así que le asignaron un cometido sencillo, si es que hay algo sencillo en este oficio. Servía de enlace entre nuestro grupo y una brigada de legionarios, voluntarios internacionales que se unieron a la defensa en el veintidós; algunos estaban aquí desde el catorce.
—¡Eh, Stepko! —Chebureki llamó la atención del viejo—. Dile a mi amigo porque llevas el paraguas abierto mientras andas por ahí fuera.
El tipo se tomó un tiempo para evaluarme con la mirada y archivó el nombre que llevaba escrito en la galleta del uniforme antes de contestar.
—¿Habéis visto la lona que llevan por encima los carros de combate? —su tono tenía algo de confidencial, aunque yo, mucho me temía, ya había contado esta historia infinidad de veces—. El paraguas abierto es lo mismo.
»Si me cayera una granada desde arriba —señaló al cielo—, ya sabéis, como caen desde un dron, en vertical, el paraguas serviría para atenuar sus efectos. Incluso podría evitar que explotara.
Se golpeó en la sien con el dedo, como para hacernos pensar. Nadie alrededor se estaba riendo sino que prestaban atención con seriedad y asentían en silencio.
En cierta ocasión nuestra unidad tuvo que quedarse bajo tierra durante cuatro días. Era el almacén de una carpintería. Nos manteníamos en silencio absoluto. Sabíamos que los teníamos encima. Tuvimos que hacer turnos para rellenar una cantimplora con el agua que rezumaba por la pared. Más de uno habíamos empezado a masticar virutas de madera cuando se terminó el cartón de embalaje para acallar nuestro estómago agarrotado.
Y entonces, un día, apareció el paraguas de Stepko por la puerta.
—¡Gloria a Dios! Estaba a punto de beberme mis orines.
—¿Y con qué crees que he rellenado estas cantimploras?
Nos sostuvo la mirada, serio, unos segundos. No pudo más y empezó a reírse mientras se apoyaba en el quicio de la puerta.
—¡No es Poliana Kupel, idiotas! Pero es agua.
Cuando estábamos al borde del precipicio Stepko aparecía de forma providencial. Así, que era costumbre que, cuando las cosas nos iban muy mal, alguien decía: «a ver si llega Stepko y nos saca de esta».
El hecho de contarnos alguna historia, como aquella misma noche, salvaba nuestra mente.
—Yo trabajaba en la Universidad de Chernivtsí —dijo—. Por entonces conocía a Mark Kunis.
Nos miró uno a uno, esperando algo.
—¿No os dice nada el apellido? —insistió—. Mila Kunis. La actriz de Hollywood.
Hubo risas, algún abucheo. Stepko levantó una mano para pedir silencio.
—Sí, sí. El cisne negro. La tuve entre mis brazos.
Hizo una pausa mínima.
—Cuando tenía dos años.
Entonces toda la sala brotó en un griterío triunfal de abucheos, risas y empujones cómplices.
Por eso hoy desearíamos que un paraguas negro cubriera a toda nuestra compañía. Los rusos estaban barriendo con artillería toda nuestra posición. La mayoría usábamos filtros de cigarrillos para los oídos, pero aun así hasta los huesos del cráneo crujían con cada impacto. El viento venía hacia nosotros. El humo de la pólvora dibujaba carreteras rojas en nuestros ojos, el aire cargado de cemento se podía masticar y el sabor acre de la muerte se nos condensaba en la garganta.
El bombardeo cesó.
Apareció una mancha negra moviéndose a trompicones por la carretera. El rostro de Chebureki tornó en esperanza.
El movimiento de la sombra era errático. El viento lo empujaba sin prisa, lo hacía girar sobre sí mismo y lo dejaba caer antes de volver a levantarlo. Tardé unos segundos en reconocerlo.
Nadie dijo nada.
El paraguas avanzó unos metros más, se quedó parado y abierto, a unos metros de nosotros, como si hubiese llegado a su destino.
Vi a Chebureki llevarse la mano a la boca y morder el guante con fuerza. No gritó. No podía. Sus hombros se sacudían en convulsiones.
Sentí cómo se me llenaban los ojos de agua. Volví el punto de mira del AK a la carretera.
©️Alberto Jiménez
Muy buen relato.
ResponderEliminarGracias majo.
ResponderEliminarMe ha gustado
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