Ceramista de un jardín - Alberto Jiménez
Me puedo admirar con calma en el espejo. El reflejo ya no duele. No porque se haya ido el miedo, sino porque lo abracé y le di forma. Donde antes hubo un vacío, ahora florece una historia. Las cicatrices que rubricaban el ocaso, ahora timbran amaneceres.
El diagnóstico llegó como un puñetazo a traición. «Siento comunicarle una mala noticia». No jodas. Como si no lo supiera ya. El puto bulto me saludaba cada mañana, pero yo me hacía la loca. Prefería no tocarlo, no mirarlo, no pensar. Como cuando no sacas el pie de la cama para que el monstruo no te lo arranque de un mordisco.
¿Y esto era todo? ¿Mi vida resumida en un informe médico y una bata abierta enseñando el culo? ¿Este era el final que me había ganado? ¿Y por qué coño? ¿Qué hice tan mal?
Huía de mi reflejo. Evitaba alcanzar cosas en estanterías altas. No soportaba dormir de ese lado. Cada día era despertar con el bicho respirándome en la cara, con ese aliento mezclado de lejía, vómito, desinfectante y mierda. El miedo me olía a hospital.
Cuando salí de la anestesia, tenía el pecho arado como un campo yermo. Me dolía incluso mirarlo. Aquel bulto sin pezón, sin forma, sin alma, era un injerto que no era mío. Una masa de carne muerta, extraña, colgando como una cabeza sin ojos, nariz o boca. Y todo el mundo me decía lo mismo: “Qué suerte, te van a poner unas tetas perfectas, como de veinteañera.” ¡A la mierda las tetas de veinteañera! Tengo 53 años, no veinte. Quiero ser yo. Y eso no era yo. Eso era una prótesis para tranquilizar a los demás. Para que los hombres me sigan viendo entera. Una mentira quirúrgica con escote.
No quiero olvidarme del cáncer. No quiero facilitarle un escondite. Quiero escupirle en la cara. No quiero pasar página. Quiero arrancarla y quemarla. Quiero llorar, quiero gritar, quiero cagarme en todo. ¿Que es una lotería? Pues yo no compré ningún décimo. Esta mierda vino sin avisar y sin permiso.
Lloré. Lloré como una cierva herida. Y entonces, entre mocos y rabia, recordé algo: el kintsugi. El arte japonés de reparar con oro. Cerámica rota, remendada con polvo brillante. Las grietas no se ocultan, se iluminan. Eso es amar las cicatrices. Eso es decir: «sí, me rompí, pero sigo siendo mía».
Y pensé: yo también puedo hacer eso con mi cuerpo.
Ya no era cuestión de tapar. Era cuestión de contar, de transformar. Yo soy la tierra. Yo soy el barro. Yo soy la diseñadora de este nuevo mapa. Así que busqué, leí, pregunté, escuché otras voces, otras mujeres que también habían sido surcadas por el mismo arado. Caminé junto a sus historias, lloré con ellas, las abracé. Hasta que encontré a mi tatuadora. Y juntas escribimos el libro que yo quería que mi pecho contara.
Flores. Pájaros. Espinas. Lágrimas. Símbolos que hablaban de mí, sin esconder nada. Ni olvido ni vergüenza. Solo piel, memoria y arte. Cada línea con tinta negra era un hilo cosiendo mi historia. Y por primera vez, al mirarme al espejo, no quise apartar la vista.
Hoy, otras mujeres se apoyan en mí como yo lo hice en las que vinieron antes. Me dicen que soy ejemplo. No lo creo. Cada una sobrevive como puede. Pero si mi historia ayuda, si mi cuerpo puede ser palabra, bienvenida sea la cicatriz tatuada.
Hoy tengo la sesión de fotos para el book. Imágenes que tal vez sirvan para sanar cabezas, ya que de los cuerpos se encargaron otros. Y sí, siempre hay hombres que preguntan dónde está el pezón. Es gracioso: gracias a que no hay pezón, mis fotos no violan las normas de Instagram. Qué paradoja, ¿no?
No hay censura para lo que arde y florece.
Ahora sé que puedo ayudar. Que puedo moldear historias con mis manos, como barro. Que puedo ser ceramista de un jardín.
El diagnóstico llegó como un puñetazo a traición. «Siento comunicarle una mala noticia». No jodas. Como si no lo supiera ya. El puto bulto me saludaba cada mañana, pero yo me hacía la loca. Prefería no tocarlo, no mirarlo, no pensar. Como cuando no sacas el pie de la cama para que el monstruo no te lo arranque de un mordisco.
¿Y esto era todo? ¿Mi vida resumida en un informe médico y una bata abierta enseñando el culo? ¿Este era el final que me había ganado? ¿Y por qué coño? ¿Qué hice tan mal?
Huía de mi reflejo. Evitaba alcanzar cosas en estanterías altas. No soportaba dormir de ese lado. Cada día era despertar con el bicho respirándome en la cara, con ese aliento mezclado de lejía, vómito, desinfectante y mierda. El miedo me olía a hospital.
Cuando salí de la anestesia, tenía el pecho arado como un campo yermo. Me dolía incluso mirarlo. Aquel bulto sin pezón, sin forma, sin alma, era un injerto que no era mío. Una masa de carne muerta, extraña, colgando como una cabeza sin ojos, nariz o boca. Y todo el mundo me decía lo mismo: “Qué suerte, te van a poner unas tetas perfectas, como de veinteañera.” ¡A la mierda las tetas de veinteañera! Tengo 53 años, no veinte. Quiero ser yo. Y eso no era yo. Eso era una prótesis para tranquilizar a los demás. Para que los hombres me sigan viendo entera. Una mentira quirúrgica con escote.
No quiero olvidarme del cáncer. No quiero facilitarle un escondite. Quiero escupirle en la cara. No quiero pasar página. Quiero arrancarla y quemarla. Quiero llorar, quiero gritar, quiero cagarme en todo. ¿Que es una lotería? Pues yo no compré ningún décimo. Esta mierda vino sin avisar y sin permiso.
Lloré. Lloré como una cierva herida. Y entonces, entre mocos y rabia, recordé algo: el kintsugi. El arte japonés de reparar con oro. Cerámica rota, remendada con polvo brillante. Las grietas no se ocultan, se iluminan. Eso es amar las cicatrices. Eso es decir: «sí, me rompí, pero sigo siendo mía».
Y pensé: yo también puedo hacer eso con mi cuerpo.
Ya no era cuestión de tapar. Era cuestión de contar, de transformar. Yo soy la tierra. Yo soy el barro. Yo soy la diseñadora de este nuevo mapa. Así que busqué, leí, pregunté, escuché otras voces, otras mujeres que también habían sido surcadas por el mismo arado. Caminé junto a sus historias, lloré con ellas, las abracé. Hasta que encontré a mi tatuadora. Y juntas escribimos el libro que yo quería que mi pecho contara.
Flores. Pájaros. Espinas. Lágrimas. Símbolos que hablaban de mí, sin esconder nada. Ni olvido ni vergüenza. Solo piel, memoria y arte. Cada línea con tinta negra era un hilo cosiendo mi historia. Y por primera vez, al mirarme al espejo, no quise apartar la vista.
Hoy, otras mujeres se apoyan en mí como yo lo hice en las que vinieron antes. Me dicen que soy ejemplo. No lo creo. Cada una sobrevive como puede. Pero si mi historia ayuda, si mi cuerpo puede ser palabra, bienvenida sea la cicatriz tatuada.
Hoy tengo la sesión de fotos para el book. Imágenes que tal vez sirvan para sanar cabezas, ya que de los cuerpos se encargaron otros. Y sí, siempre hay hombres que preguntan dónde está el pezón. Es gracioso: gracias a que no hay pezón, mis fotos no violan las normas de Instagram. Qué paradoja, ¿no?
No hay censura para lo que arde y florece.
Ahora sé que puedo ayudar. Que puedo moldear historias con mis manos, como barro. Que puedo ser ceramista de un jardín.
©️Alberto Jiménez

Ya había leído la historia hace tiempo y es un placer volver a redescubrirla. Gracias.
ResponderEliminarLa leíste como primicia de amistad. Hasta hoy no se había publicado en ningún sitio.
EliminarNo veo dónde está el problema en abusar de los amiguitos :)
Eliminar