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El paso del diablo (primera parte de tres) - Una aventura de Happy Panda

 

"En el lugar donde los vientos gimen y las sombras se alargan en
la noche sin fin, se alza la montaña prohibida de Kholat-Syakhl.
El imperio de las almas errantes. Cazadoras de viajeros perdidos.
Tememos al mal antiguo que acecha en su interior.
Tememos a la gélida oscuridad del reino de los muertos"
-Leyenda mansi.

Ahora.

—Hemos llegado —anuncia Sergey Ivanov mientras detiene su GAZ-47, el anticuado vehículo oruga soviético, con un estertor parecido a la muerte—. El resto del camino lo tenemos que hacer a pie.

Rodri se baja del vehículo y saca un mapa plastificado, lo estudia unos segundos y alza la vista hacia el desierto blanco que se extiende a su espalda. Más de cien kilómetros los separan del próximo asentamiento habitado. Está inquieto. Acelera el paso, ansioso por alcanzar el punto marcado. No quiere permanecer ni un minuto más bajo la mirada de aquellas montañas. Finas cuchillas de hielo azotan con violencia su rostro.

—Esto es un error —piensa—, ¿En qué estaba pensando? No deberíamos estar aquí.

Happy Panda, ajena a todo, avanza quejándose tras él con su característico trote desgarbado. Sergey, armado con un detector de metales y una pala al hombro la sigue de cerca silbando una tradicional nana rusa. 

Tras avanzar unos metros, Rodri se detiene en seco. Se arrodilla frente a un pequeño montículo de nieve, consulta de nuevo el mapa y le indica a Sergey que rastree con su detector los alrededores. El ruso asiente y activa el detector. Instantes después un pitido agudo rompe el silencio. Sergey empieza a cavar.

Tras veinte afanosos minutos, el seco clanc del acero resuena bajo su palas.

—¿Es la entrada a la base militar abandonada? —pregunta Happy Panda, apartando a codazos a Rodri para hacerse hueco—. Quita, que siempre estás en medio como los gatos ¡coño! Nunca he estado en un complejo militar… no veo nada. ¿Seguro que es aquí? ¡Rodri, arrima el hombro para cavar! Parece mentira que tenga que decírtelo todo. Y échale ganas que tienes un ritmo caribeño...

Sergey la mira con condescendencia y le ofrece la pala a Rodri como quien entrega su espada a modo de rendición. El único hijo de Aurelia y Rogelio Alcantarilla bufa contrariado.

—Sí, Happy. Es aquí. Pero no es solo una base olvidada… Me temo que es algo peor. Mucho peor. Aún estamos a tiempo de regresar. Si nos damos prisa, alcanzaremos el asentamiento de Vizdel antes del anochecer. No tenía que haberos traído.

—¿Irnos? ¿Ahora? —responde airada la influencer— ¿Después de llevar seis horas sentada en ese armatoste sin calefacción, escuchando espantosa música coral de soldados rusos amargados, con lo que me ha torturado tu camarada? Ni loca. Ahora entramos como me llamo Teresa Soledad de las Angustias Alcantarilla Martínez.

—¿Tienes un segundo y tercer nombre? —pregunta su hermano alzando las cejas— ¿Desde cuándo?

—Pues desde siempre. Mucho esfuerzo me ha costado ocultarlo todos estos años. No te enteras de nada, panoli. Existes porque en este mundo tenemos que ser pares. Qué lástima. Menos preguntitas y a cavar.

—Si tu nombre es tan secreto, ¿por qué lo sueltas ahora?

—¡A cavaaaar! —finiquita Happy la disputa al tiempo que busca un señal inexistente de WiFi agitando el móvil como si estuviera participando en una danza ancestral—. Creo que si inclino el móvil cuarenta y cinco grados hacia Narnia… igual me ve el satélite de DAZN.


Antes.  Taberna "El zorro cojo".
Ciudad de Ívdel al norte de la región de Sverdlovsk.

—El incidente Dyatlov me ha obsesionado desde que tengo uso de razón —confiesa Rodri bajando al vista a la mesa de madera tallada a mordiscos—. Desde siempre.

—Ah, ¿sí? No sabía nada y mira que yo de todoooo. Yo sé mucho ¿sabes? Y lo que no sé me lo invento. Continúa Rodri. Antes tenías mi curiosidad y ahora mi atención —responde la influencer intrigada haciendo suya una de las frases más famosas de un meme de un tal Leonardo Di Vinci.

—El 23 de enero de 1959, diez esquiadores y excursionistas rusos del Instituto Politécnico de los Urales partieron hacia una región inexplorada cerca del monte Gora Otertén, al norte de los Urales. 

» Era una travesía planificada de más de 300 kilómetros. Debían enviar un telegrama anunciando el éxito de su misión nada más bajar del monte, cuando hubieran llegado a la aldea de Vizhal. Después recibirían la certificación de Clase III, el más alto grado de dificultad y pericia de montañismo en aquellos años. Pero el telegrama nunca llegó, y tres meses después fueron encontrados todos sin vida en extrañas circunstancias.

—Nadie ha podido asegurar con exactitud qué les pasó en aquella montaña helada. Los mansi, el pueblo indígena que habita desde hace siglos esa región, la conoce como la Montaña de la muerte o No vayas allípero ya llegaremos a eso —completa el barbudo Sergey sentándose a la mesa y rellenando los tres cubiletes de Permalko, un vodka típico de la región.

—¿Qué queréis decir con extrañas circunstancias? —pregunta Happy volcando su cubilete sin querer por tercera vez—. «Esto está peor que una foto mía sin filtro en el Insta, piensa».

—La expedición debía pasar por el remoto pueblo donde estamos ahora y después hacer escala en un campamento abandonado llamado Segundo Norte. El 28 de enero, uno de los integrantes, Yuri Yudin tuvo que abandonar la expedición por un ataque de ciática -hecho que le salvó la vida a posteriori- mientras el resto de sus compañeros continuaron.

—Sabemos de las fechas exactas puesto que llevaban un diario colectivo y algunos de ellos incluso uno personal —Rodri retoma la narración—. Unos diez días tras el inicio de la expedición, entre el uno y el dos de febrero, ascendieron al Kholat Syakhal, cavaron un refugio y nivelaron el suelo para montar las tiendas un poco más adelante. Aquí acaban las anotaciones de sus diarios y nada más se supo de ellos.

» Los familiares, preocupados por la ausencia de noticias, contactaron con la Universidad y se inició la búsqueda con estudiantes, guardias de la prisión de Ívdel, cazadores mansi, policía local, aviones y helicópteros del ejército.


» Días después, un grupo de estudiantes encontraron huellas de esquí, con lo que descubrieron la tienda desgarrada de los excursionistas. Hallaron los cuerpos de Yuri Doroshenko y Georgy Krivonishchenko a casi 1500 metros de las tiendas, cerca de un bosque, muertos por hipotermia. Bajo un cedro, encontraron lo que parecía ser un intento de hoguera e, inspeccionando el árbol cercano, descubrieron que alguien había intentado escalarlo. Sus cuerpos presentaban rasguños y quemaduras. 

» Alejados de las tiendas, en distintos puntos de la ladera, hallaron los cuerpos de tres integrantes -Igor Dyatlov, "Zina" Kolmogorova y "Rustik" Slobodin como si hubiesen intentado regresar a la tienda. Todos iban descalzos. Habían huido de algo o de alguien para después arrepentirse y querer volver atrás. Dyatlov tenía una rama de abedul agarrada en una de sus manos a modo de defensa y le faltaba un incisivo. Kolmogorova tenía hematomas en todo su cuerpo como si hubiese recibido una paliza y Slobodin una gran fractura ósea en el cráneo.

» Semanas más tarde, un mansi integrante del equipo de búsqueda halló una cueva oculta, ladera abajo. Allí localizaron los cuerpos de Lyuda Dubinina, Semyon Zolotaryov, Nikolay Thibeaux-Brignolle y Alexandr Kolevatov con lesiones internas tan graves como si los hubiese atropellado un coche. A Dubinina le faltaba la lengua y le habían arrancado los ojos al igual que a Zolataryov. El cadáver de Kolevatov tenía el cuello deformado como si se lo hubiera partido y un extraño corte tras la oreja. Thibeaux-Brignolle tenía el cráneo partido por la mitad.

» Y lo que es más raro aún, los análisis posteriores encontraron trazas de radioactividad en las prendas de los cadáveres de Dubibina y Kolevatov.

—Las autoridades rusas no pudieron dar una explicación a lo sucedido y cerraron el caso con un escueto fallecidos por una fuerza mayor desconocida —interrumpe Sidorov mesándose la rubia barba—. En 2019 se reabrió la investigación y se concluyó que las muertes habían sido ocasionadas por la desafortunada combinación de avalancha de nieve y de vientos catábicos que sorprendió al grupo que entró en pánico y les obligó a huir de la lengua de nieve. A la intemperie e incapaces de ver por la tormenta, murieron congelados.

—¿Me estáis diciendo que excursionistas experimentados huyeron en mitad de la noche a medio vestir? ¿así por las buenas? ¿sin terminarse el postre? ¿Qué sentido tiene que hubiesen montado las tiendas en un sitio con una mínima posibilidad de avalancha? ¡Hasta yo sé que es de primera de excursionista evitar sitios así! ¿Sabéis que estuve en la Asociación femenina de Guías Scouts?

—Tere, no exageres. Estuviste día y medio y mamá te tuvo que recoger por la mañana porque estabas con un ataque de ansiedad, los ojos como tomates y comidita a picaduras de mosquitos.

Happy, descontenta, rebufa. ¿Qué sabrá su hermano de lo espantoso que fueron esas horripilantes horas en Retuerta del Bullaque?

Qué calor hace aquí ahora, ¿no? —suelta para cambiar de tema.

—Y tampoco olvidemos las brutales lesiones inexplicables de algunos de ellos y los indicios de radioactividad en sus cuerpos —concluye Sergey despreocupado de que alguien pudiera estar escuchando, hecho altamente improbable por el ruido del crepitar del fuego, las risas guturales de las mesas contiguas y los ronquidos de un masivo ruso en la barra.

—Entonces ¿qué pasó? —interroga Happy deseosa de respuestas—. ¡Esto es peor que el fin de segunda temporada de la telenovela Tierra Salada donde Burak descubre que su madre es un travesti! ¿o era su mujer? ¡Lo que sea!

—No lo sabemos, pero lo averiguaremos —responde un muy convencido Rodri—. La teoría no oficial más extendida afirma que los excursionistas entraron por descuido en una base secreta soviética y sufrieron las consecuencias de su desliz. Vieron algo y los mataron. 

—La clave está en Yuri Yudin, el excursionista superviviente. Y, aunque Yudin murió en 2013, dejó una carta con un antiguo código numérico de entrada a una base militar y un mapa entre sus pertenencias —Sergey les muestra un mapa plastificado anotado, varias hojas garabateadas y se las entrega a Rodri.

» Oye Happy, ¿tú tienes novio? —interroga Sergey clavando codo en la mesa con ojos encendidos y ganas de catre caliente.

—Siete —miente la influencer más rápida que dos amigas sacándose trapos sucios en el juego "hablamos, pero no juzgamos"—. Súper enamorada de todos ellos. Uno es astronauta y otro piloto de Fórmula Uno.

—¿Quieres tener uno ruso y subir a ocho? —responde guiñando un ojo y descubriéndose el pecho con el tatuaje de un San Nicolás del color de los ahogados.

Happy, toda dientes, rechaza la invitación con una nerviosa sonrisa y ahora sí se bebe de una sentada tres chupitos de vodka. 

Un grupo de parroquianos, complacidos al ver que la inostránka se ha integrado finalmente en su fauna, se levanta como alma que lleva el diablo y se pone a bailar. Uno le suelta una manotada al leñador dormido de la barra que se despierta y se pone a tocar una balalaika sin rechistar. Otro toca un violín. Incluso sale un oso tras un armario y se pone a danzar. Mysha, el oso, tiene hechuras y baila un rato bien.

El mesero toca una campana e invita a vodka gratis -uno diferente que tenía guardado debajo de la barra para envenenar al amante de su mujer- mientras se anima a cantar la canción Kalinka a pleno pulmón tras estrellar un botella vacía en la cabeza de otro comensal.

—Disfrutemos de la velada —sentencia Rodri brindando con otro leñador de brazos como leños y bastante besucón—.  Salimos mañana.

Agitado y apartado del jolgorio observa desde las sombras el anciano chamán mansi, Yuvan Szekely, de pómulos caídos, ojos rasgados y mirada penetrante.

—Bien, muy bien— susurra una y otra vez con lágrimas en los ojos.

¡Continuará!

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Foto tomada por las autoridades soviéticas en el campamento del incidente del paso Dyatlov.

¡El estupendo Booktráiler creado para la ocasión!


¡La estupenda banda sonora!

The Valor Choir - Forever Young (Epic cover)


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