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El princeso - Una aventura de Happy Panda (Especial El principito 2026)

 

Madrid.  Jueves.
Bar "El atún miope".

—¡Ni de coña! ¿Me lo estás diciendo en serio? ¡Antes me hago therian! —responde altiva la ilustre influencer Happy Panda plantando las palmas sobre la mesa y haciendo ademán (más bien un paripé) de levantarse—. ¡Le odio a muerte! Maldito princeso.

—Es el principito —responde su sufrido hermano Rodri removiendo el café. Sabe de sobra cómo son los ataques de diva de su querida hermana Tere. Mucho ruido y pocas nueces. Luego se le pasa, pero el rato que le toca aguantar a Rodri es tela marinera.

—¡El puto niñito con su espadita y su capita de los cojones me lleva aterrorizando desde el parvulario! ¡Incluso antes! ¡No hay ni una sola pared de guardería que no tenga un odioso dibujito suyo con esa carita de niño endemoniado, de Chucky! Y ahora me pides que vaya a una exposición de su autor. ¿Cómo se llamaba ese juntaletras? Ah sí, Juan San Azpiri.

Su hermano se muerde la lengua con la patada al nombre que su hermana le ha pegado al aviador y autor galo. ¿Para qué corregirla? Hacerlo es llevarse un bocinazo de órdago y la consabida retahíla de que ella ha estudiado años enteros en frente de los mejores colegios al Liceo francés.

—Mira, Tere, estamos máximo una hora en la exposición de objetos, nos hacemos cuatro fotos en el Palacio de Liria para el blog con una de las primeras ediciones del libro, un reel para el Insta, TikTok de tres expositores y para casa. No es para tanto ¿verdad? Habrá un cortador de jamón, ya sabes, ese que tú dices que es el mejor trabajo del mundo después del de influencer. Y barra libre de croquetas y empanadillas. Y nos... perdón... la organización te dará dos mil eurillos por el disgusto de enseñar dientes durante un rato y hacerte la interesante.

—¿Croquetas? ¿de jamón? ¿de cinco sotas? Ya me está gustando más cómo caza la perrita. ¿Cuándo hay que estar en el Palacio del Colirio ése? Tendré entrada VIP ¿no? Yo no voy a los palacios como una invitada del montón, como la pedorra de Bad Mamba, bueno, espera que esa al final, tía, no existía.

Rodri le corrige que es jamón de cinco jotas -y no de sotas como la figura de los naipes de la baraja española- y que el evento será mañana por la tarde. Happy, tras consultar su agenda del móvil entre sonoros suspiros, llevarse la mano a la frente y pasar hacia arriba y hacia abajo las semanas de un calendario más carente de anotaciones que las luces del barco de un contrabandista, termina respondiendo que va a tener suerte y que casualmente dispone de un hueco en su apretadísima vida social.

—Y otra cosita, niño bonito. A ver si te esmeras un poco más y agendas citas de un nivel más acorde a mi figura en el futuro. Mis happylovers no son unos perroflautas interesados en libritos de autoayuda de gorritos, elefantitos, rositas y zorros sarnosos escritos hace mil siglos. Les tengo acostumbrados a apuntar a la excelencia, a creerse seres de luz y que no se conformen con cualquier pijada ¿Para qué te pago?

—No me has pagado en tu vida, Tere.

—¡Y con razón! —responde ofendida—. Eres muy manirroto. Anda, paga, que tengo cosas que hacer y no me puedo entretener. Y cóbrale a la tía esa del fondo por las ocho fotos a escondidas que me ha hecho con el móvil. Si se pone borde, le dices que le mando uno de los siete becarios que tengo asalariados para bajarle los humos. ¡En la vida nadaaaaaa es gratis excepto la muerteeee y esa te cuesta la vidaaaaa! ¡Lo que es gratis, no se valoraaaaa! —exclama clavando la vista en la avergonzada fan que esconde el móvil en el bolso.

—Vale, Tere, ya me encargo; una cosita: es si-cario, no be-cario —corrige su hermano al espacio antes ocupado por la influencer. Su hermana se ha marchado a la francesa homenajeando la nacionalidad del autor de El principito y es que, par
a irse sin pagar, Happy es medalla de oro, plata, bronce y premio de consolación.


Viernes por la tarde.
Palacio de Liria.

El Palacio de Liria es la residencia histórica de la Casa de Alba y uno de los palacios privados más importantes de Madrid. No solo alberga una biblioteca, un archivo con cartas de Colón y manuscritos de Goya, sino que, además, de sus paredes cuelgan cuadros de Velázquez y Rubens. Aunque fue casi destruido en la Guerra Civil Española, fue reconstruido fielmente, manteniendo su aire aristocrático.

Más perdida que un gato en una tienda de mecedoras, Happy deambula por las numerosas salas del palacio con unas gigantescas gafas de sol puestas -no ve nada con ellas, es más se quedó mirando un extintor durante un rato pensando que era parte de la exposición, el mentón apoyado en un puño y asintiendo-.

Tras aburrirse mortalmente escuchando cómo varios comensales alaban la vida del francés, su obra maestra, su indudable valor didáctico y las infinitas capas de lectura de la novela, Happy decide atracar a uno de los camareros. No tiene ni idea por donde andará su hermanísimo -seguramente haciendo el tontainas en lugar de tenerla a ella atendida como Dios manda- y está deseando hacerse las fotos de rigor, el reel de marras y marcharse a su casa para ver el final de temporada de su serie turca favorita Tierra salada.

Qué bueno está Yilmaz Günes, alias el lobo otomano —musita Happy despejando a dos manos el jamón de la bandeja del sorprendido camarero—. Te comía enterito con esos ojos húmedos y tu voz susurrante, ¡ñam! ¡requeteñam!

Temiendo que pudiera referirse a su persona, el camarero pone pies en Pontevedra -como gusta decir la influencer a la menor ocasión-.

Happy, indignada por quedarse sin jamón, se retira a la sala donde se expone orgullosamente una de las primeras ediciones del libro. Guarda las gafas de sol. Ahora interesa que la reconozcan, se dice, y se encamina a su siguiente víctima, una temerosa camarera con una bandeja en alto surtida de croquetas esquivando muertos de hambre. En estos eventos, hay más gusa que una sala repleta de hienas famélicas. Queda su plan a medio terminar por la aparición del atractivo periodista haciéndose valer entre la muchedumbre.

—¡Happy Panda! Disculpe, soy Alberto Jimeno Bramos de la revista El clarinete. ¿Qué reflexión o recomendación le daría a la generación joven actual? Una generación donde se ha impuesto la inmediatez y el placer instantáneo que entregan aplicaciones como TikTok. Dónde leer ya no es cool. En este marco literario, ¿dónde situaría usted el legado de El principito?

—¿Eh? —responde la influencer medio asustada y que no se ha enterado de nada. Por poco se atraganta con la decimoquinta croqueta que se estaba metiendo al cuerpo—. ¿Me puedes repetir la pregunta? ¿Quién dices que eras?

—Alberto Jimeno Bramos, muy fan tuyo. Que si te ha gustado el libro, Happy.

—Pues me alegra que me hagas la pregunta Rigoberto, era Rigoberto, ¿no? —contesta una muy digna Happy dejando la croqueta número dieciséis en una bandeja y sacudiéndose las manos del rebozado como si fuera a empezar a tocar el piano—, y mira por dónde no te voy a cobrar mi respuesta. El princeso, esta novela de apenas noventa páginas es una soberana...

Rodri, a escasos metros, pero incapaz de abrirse paso entre la atenta multitud para evitar la incendiaria respuesta de su hermana, se lleva desesperado ambas manos a la cabeza, y susurra abatido: «la hemos jodido».


—...mierda. Estoy muy harta, har-ti-si-si-si-ma del sambenito* que nos cuelgan a todos los que nos atrevemos a decir que no nos gusta esta estupidez. ¡Hala, ya está dicho! Se tenía que decir y se dijo. El princeso es más aburrido que ver un tutorial de YouTube de cómo se seca la pintura de una pared o mirar un pomo.

» Hablar mal de este libro parece que está prohibido. No lo entiendo. Cualquier otro libro no tiene este estatus de maravilloso, de imprescindible... bueno sí El señor de las moscas —recula la influencer con un bufido—, otra tontería insoportable.

» No me ha gustado nada, nadísimo (una expresión que hace revolverse en la tumba a Cervantes) y se me levanta una red flag cada vez que mi opinión valga menos (por no venir del mundo de las letras) que cualquiera de los pajarotos aquí reunidos —Happy se gira y señala al azar a varios comensales, dos camareros y a un guardia de seguridad—. ¡Ninguno de estos se lo ha leído! ¡Estoy seguri-si-si-si-ma! Cuando vais a comer a un restaurante y no os gusta la sosería del gallito (por decir algo), ¿hay algún listo que sale tras una mesa a deciros que no habéis apreciado los matices del sabor o la divina elaboración de su presentación? ¿A qué no? Pues esto va de lo mismo.

» ¿No ensalza ese libro justo eso? Valorar el punto de vista de otros, ¿ver lo invisible? Entonces por qué no puedo decir que El princeso es una mierda pinchada en un palo sin tener a doscientos mil haters (es lo que tiene el éxito, todos te envidian) dándoselas de escritores y académicos consagrados dando la chapa de que lo que me pasa es que no lo he entendido. Sí lo he entendido y no me gusta. Punto. Pelota. Partido. Like.

Un silencio sepulcral inunda la sala. Rodri boquiabierto no sabe dónde meterse. A la camarera se la cae la bandeja vacía al suelo. ¡Clang!, ¡Clank!, ¡Clin-clan!, ¡Tracatrá! Por cierto, lo que tarda la maldita bandeja en quedarse quieta. Rigoberto se aclara la garganta y apaga su grabadora.

—Gracias, Happy. Esto ha sido... inesperado. El lunes podrás leer mi columna en la revista.

Happy, todo dientes, asiente desconocedora de que su vida como influencer está a punto de estallar.

*Un sambenito (o sanbenito) era un escapulario o túnica amarilla con cruces que la Inquisición española imponía a los condenados como marca de infamia y penitencia pública. Actualmente, la expresión «colgar el sambenito» significa atribuir a alguien una fama o culpa inmerecida, estigmatizándolo socialmente.

Lunes. Calle Pichón 9.
Apartamento de Happy Panda.

—¡Tere! ¡Despierta de una vez, joder!

—¿Qué hora intempestiva de la madrugada es? —balbucea la zarandeada influencer con los pelos que harían palidecer de envidia a la reina de los Trolls mágicos.

—La dos de la tarde —responde Rodri—. He hecho café. Tengo en mis manos El Clarinete. Madre mía la que has liado.

—¿Me has traído desayuno? No, ¿verdad? —pregunta desganada Happy —¡Nunca te fíes de un hombre que no te traiga media docenas de churros a la cama! ¡Son lo peor! ¡A la misma altura que la foto de perfil de un divorciado en el Kinder!

Rodri suspira profundamente. Su hermana es tan ignorante que ya pasa por intelectual. El Kinder dice, ¡será el Tinder!

Su hermano abre la revista y empieza a leer:

"La ilustre influencer Happy Panda sacude el mundo literario y a una de sus figuras más queridas. En la exposición madrileña dedicada al autor Antoine de Sant-Exupéry, el autor de "El principito", la creadora de contenidos nos ofrece una de las reflexiones más descarnadas de la obra del escritor galo.

Happy Panda se atreve a plantar resistencia a la corriente benevolente y aburguesada de las nuevas generaciones que buscan el consuelo de una falsa revelación entre sus páginas, la ilusión de profundidad envuelta en ternura, un consumo rápido de una metáfora con estrellas que pudiera parecer sabia, pero que no es más que una tristeza edulcorada donde la complejidad del mundo queda reducida a dibujos infantiles sin consecuencias. Happy Panda, en definitiva, nos recuerda con sus palabras que El principito no puede ser un manual para sentirse especial sin correr el menor riesgo intelectual.

Con su honestidad habitual nos demuestra que quizás ella sea una de las pocas personas que sí ha entendido el libro al afirmar que no le ha gustado "para nada". Y es eso exactamente lo que a los lectores acérrimos se nos ha escapado durante años. Un libro no tiene que gustarte por imperativo colectivo. Y eso es lo que Saint-Exupéry buscaba activar con su novela: ver más allá de lo que dicta la sociedad, ser fiel a uno mismo sin renunciar al yo interior, rebelarse ante la imposición de la sociedad. Happy nos lo ha recordado. El principito necesita ser cuestionado, vilipendiado, requiere crítica porque es eso lo que le hace grande. Ver lo invisible, no callárselo y aullarle al desierto la verdad -una metáfora de aquellos que no quieren oír- con un grito ensordecedor."

Rodri cierra la revista con lágrimas en los ojos.

—En fin, Happy, me he confundido. Eres la puta ama. Qué sabia eres —sentencia Rodri.

—No me he enterado de nada. ¿Yo he dicho todo eso? No me acuerdo. ¿Y mis churros?

—Los editores y los herederos del autor quieren que escribas el prólogo de la edición especial ilustrada para las Navidades de este año. Dicen que están dispuestos a darte lo que les pidas... no, eso no, que te veo venir, no pueden hacer que Yilmaz Günes deje a su novia.

Meh, pues vaya birria de tíos. Diles que ok. Pero no contestes ahora, que pase como un mes. Hay que hacerse la interesante. E insiste con el lobo otomano. O hay cameo en su telenovela como la novia que jamás pudo olvidar, o no hay trato. Faltaría más. ¡Que yo no soy barataaaaa!

Rodri asiente, se incorpora de la cama y va a por churros. Antes de cerrar la puerta, ya la oye roncar como una osa del Pirineo aragonés.

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A mi madre que nunca leyó "El principito" (ni falta que le hacía) y le encantaban las telenovelas turcas. Happy siempre fuiste tú con todas sus virtudes y defectos.


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Comentarios

  1. Historia chula, un poco alejada del tema urbex, pero me ha gustado. Muy bien. ¡Maldito Principito!

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  2. Otra genial historia de Happy. Al final, Happy acierta sin duda como crítica literaria. Por casualidad, se está convirtiendo en sabia. Muchas gracias. 😘

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