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"La principita" by Alberto Jiménez

Capítulo 1

Cuando tenía seis años… Quizá eran diez… Bueno, no sé. Era muy pequeña, una niña. ¿Cómo queréis que me acuerde de la edad exacta si no me acuerdo de lo que he desayunado?

Bueno, el caso es que tengo grabada en la memoria una imagen que me impactó. Era la entradilla a una serie que, con extrema violencia y altas dosis de erotismo, contaba historias de vampiros que yo no debería estar viendo. Trataré de dibujaros algo similar a lo que recuerdo.


Imag. Mapache atropellado

Madres que tenéis hijas: tenéis que poner un poco de cuidado con la formación emocional de vuestra descendencia. Aunque esto que digo vaya en mi contra: ¡Alejadnos de las pantallas! Si en los años ochenta algunos niños saltaron desde un puente al tren en marcha porque se lo habían visto hacer a Pippi Calzaslargas, ¿qué creéis que puede hacer un niño que ve toda esa sangre en la pantalla?

Cuando mi madre descubrió, por mediación de la acusica de mi maestra, que me dedicaba a la elaboración de dibujos como el anterior fue cuando tomaron cartas en el asunto. Me arrebataron el móvil y la tablet. Pero no fue lo peor. Lo peor fue encontrarme con que me habían hecho una cuenta infantil en la tele por cable.

Imag. Avatar princesa

Tuve que cambiar mis adoradas series de vampiros buenorros con el pelo largo por unos pegotes de plastilina y un conjunto de lápices de colores. Se tomaron muy en serio lo de que la niña tenía que descubrir por sí misma las cosas. Potenciar la creatividad.

Yo lo pillé enseguida. Lo que tenía que hacer era seguir dibujando pero a nivel infantil. Los adultos no pillan ni una. Las niñas tenemos un código propio, sabemos a la perfección lo que quieren decir los dibujos. En cambio, a los adultos les saltan las alarmas por cualquier cosa. La culpa la tienen los psicólogos infantiles, que ven problemas donde no los hay.
 
Les presenté mi nuevo dibujo a las personas grandes y les pregunté si aquel dibujo les parecía terrorífico:
Ellos me contestaron: «¿Por qué nos iba a parecer terrorífica esta cara? ¿Qué es un fantasma? Le falta la boca».

Mi dibujo no representaba una cara. Ya habéis visto el dibujo del mapache. Sé perfectamente que las caras tienen orejas, boca o una nariz. 

Las personas mayores siempre necesitan explicaciones. Tuve que explicarles que era lo que estaba viendo Blancanieves desde su ataúd de cristal. Uno de los enanos se había subido encima y lo único que podía ver ella desde abajo de aquel tipo era la suela de sus sandalias y la parte baja de su túnica.

¿Y por qué iba a ser aquello terrorífico? —supongo que preguntaron para desviar la atención sobre su error.

Por si fuera poca cosa estar metida dentro de un ataúd... ¡Es que a nadie se le ha ocurrido que ese hombre podría no llevar calzoncillos!
 
Así que me lo busqué yo sola. Me pidieron que me dejara de dibujitos y que me centrara en mis estudios. En matemáticas, lengua e historia. No se daban cuenta, pero estaban truncando una carrera pictórica que dejaba pequeña cualquiera de esas disciplinas.

Sé que no es lo que esperaban de mí, pero me hice piloto de motos. No una cualquiera, soy la mejor en lo mío. Eso me ha hecho viajar por todo el mundo. He conocido a miles de personas. Y a todas les hago el mismo test. Les enseño mi dibujo del enano, si solo ven una cara triste es que son gente que no merece la pena. Hablo con ellos un poco de fútbol, de que cada vez hace más calor en verano o de lo caros que se han puesto los huevos.
 
Continuará... 
 
©️Texto e imágenes, Alberto Jiménez.

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