Patio de luces (un nuevo relato de Zarpitas) - Alberto Jiménez
Tal y como me había pedido mi profesora de creación literaria, me puse a observar el patio de luces. Se suponía que allí había una historia.
Me puse a anotar todo lo que sucedía en ese exiguo espacio. Lo primero que me llamó la atención, en una comunidad relativamente nueva, es que nada llamaba la atención. El único movimiento observable era el gato de los propietarios del bajo, que campaba por aquel espacio a sus anchas.
No quería fallar en este ejercicio, así que fui un paso más allá y me dispuse a auditar, con un registro riguroso, a mis vecinos.
Horario y frecuencia de comidas, anexo con descripción de los olores.
Horario y frecuencia de coladas, anexo con la composición y estimación de tallas.
Así encontré el patrón de irregularidad y de una historia que no es la que quería contar.
Tras dos días iniciales en los que no hubo cambios, un balcón se mostró desprovisto de actividad durante los siguientes cinco días.
La señora Martina era una mujer de más de ochenta años. No la podía llamar anciana porque iba y venía regularmente a la compra. Habita el 1.º D y he comprobado que sube la compra por las escaleras.
Como quien no quiere la cosa, me puse a chismorrear con algunos vecinos.
—¿Habéis visto últimamente a Martina? ¿Quiénes son sus hijos? ¿Vienen a visitarla habitualmente?
Cotilleando un poco más, averigüé que la señora Martina era fiel a una partida de chinchón con sus amigas en la sala de usos comunes de la residencia de una de ellas.
Sí, reconozco que ya me estaba metiendo donde no me llamaba nadie, pero la curiosidad mueve montañas y me dirigí a la residencia.
Pasé el primer filtro diciendo que era familiar de una de las señoras que compartían afición por las cartas.
Creí que el segundo filtro sería más complicado: hacerles creer a aquellas mujeres, que sí conocían a mi vecina, que yo era un familiar suyo preocupado por no encontrarla en casa.
La primera señora parecía afectada por el chinchón, pero por la bebida, no por el juego. La segunda era la titular de la plaza de residencia y no sabía de quién le estaba hablando. La tercera sí que la echaba en falta y trató de que yo ocupara su lugar, pues les faltaba una persona para la partida.
De vuelta a mi edificio, seguí un poco con el chinchorreo vecinal y la vecina de al lado soltó la bomba:
—Lleva oliendo fatal dentro de esa casa desde hace dos días.
Algunos vecinos, porque los desastres piden público, nos habíamos reunido frente a su puerta. Lo cierto es que se notaba cierto olor a descomposición.
Hubo un cruce de miradas entre vecinos que nadie quería poner por escrito.
—Pasad, pasad, si queréis. No puedo abrir la terraza de mi cocina de la peste que sale de ahí —dijo muy irritada.
Entramos unos cuantos hacia la terraza colindante de esta vecina, a la que yo ya clasificaba de insensible para arriba.
La puerta abierta de la terraza de Martina no escondía nada. El olor que se destilaba desde allí era tan intenso que hacía lagrimear los ojos. ¿Por qué no había dicho nada antes? ¿Por qué nadie se da cuenta de estas cosas a tiempo?
Una mujer soltó un hipido y una lágrima:
—Ay… Con lo alegre que se la veía siempre. Pero si era una mujer cargada de vitalidad. Y siempre tan maquillada, tan arreglada…
—¿Y qué se hace en estos casos? —se cuestionaba el presidente.
—Pues llamar a la policía, supongo.
Tomé la responsabilidad de hacer la amarga llamada, quizá por haber sido yo el que había levantado la liebre de aquel horror.
Informé de todas mis pesquisas a la policía. Esta, a su vez, hizo sus averiguaciones. Así, tras una hora de espera, se presentaron los bomberos para proceder a abrir la puerta.
Los bomberos y la policía trasegaban en el interior de la vivienda; los vecinos esperábamos la confirmación del fatal desenlace en el descansillo, sin mirarnos a la cara.
—¡La madre que…! ¡Qué susto!
Yo pensé que los cuerpos de seguridad eran unos flojos.
—Aquí está el responsable del mal olor —dijo un bombero que apareció con un gato en brazos—. Este gato ha abierto la puerta de la nevera y se ha puesto tibio a comer con todo lo que ha pillado dentro. Eso sí, todo el pollo que había dentro está para tirar.
Apareció una pareja, cogidos del brazo y riendo, por la escalera. A la mujer se le cayeron el bolso y el amor al suelo mientras miraba la puerta destrozada de su casa.
Y creo recordar que el señor dijo algo así como:
—Bueno, yo me voy, que se me está haciendo tarde.
Me puse a anotar todo lo que sucedía en ese exiguo espacio. Lo primero que me llamó la atención, en una comunidad relativamente nueva, es que nada llamaba la atención. El único movimiento observable era el gato de los propietarios del bajo, que campaba por aquel espacio a sus anchas.
No quería fallar en este ejercicio, así que fui un paso más allá y me dispuse a auditar, con un registro riguroso, a mis vecinos.
Horario y frecuencia de comidas, anexo con descripción de los olores.
Horario y frecuencia de coladas, anexo con la composición y estimación de tallas.
Así encontré el patrón de irregularidad y de una historia que no es la que quería contar.
Tras dos días iniciales en los que no hubo cambios, un balcón se mostró desprovisto de actividad durante los siguientes cinco días.
La señora Martina era una mujer de más de ochenta años. No la podía llamar anciana porque iba y venía regularmente a la compra. Habita el 1.º D y he comprobado que sube la compra por las escaleras.
Como quien no quiere la cosa, me puse a chismorrear con algunos vecinos.
—¿Habéis visto últimamente a Martina? ¿Quiénes son sus hijos? ¿Vienen a visitarla habitualmente?
Cotilleando un poco más, averigüé que la señora Martina era fiel a una partida de chinchón con sus amigas en la sala de usos comunes de la residencia de una de ellas.
Sí, reconozco que ya me estaba metiendo donde no me llamaba nadie, pero la curiosidad mueve montañas y me dirigí a la residencia.
Pasé el primer filtro diciendo que era familiar de una de las señoras que compartían afición por las cartas.
Creí que el segundo filtro sería más complicado: hacerles creer a aquellas mujeres, que sí conocían a mi vecina, que yo era un familiar suyo preocupado por no encontrarla en casa.
La primera señora parecía afectada por el chinchón, pero por la bebida, no por el juego. La segunda era la titular de la plaza de residencia y no sabía de quién le estaba hablando. La tercera sí que la echaba en falta y trató de que yo ocupara su lugar, pues les faltaba una persona para la partida.
De vuelta a mi edificio, seguí un poco con el chinchorreo vecinal y la vecina de al lado soltó la bomba:
—Lleva oliendo fatal dentro de esa casa desde hace dos días.
Algunos vecinos, porque los desastres piden público, nos habíamos reunido frente a su puerta. Lo cierto es que se notaba cierto olor a descomposición.
Hubo un cruce de miradas entre vecinos que nadie quería poner por escrito.
—Pasad, pasad, si queréis. No puedo abrir la terraza de mi cocina de la peste que sale de ahí —dijo muy irritada.
Entramos unos cuantos hacia la terraza colindante de esta vecina, a la que yo ya clasificaba de insensible para arriba.
La puerta abierta de la terraza de Martina no escondía nada. El olor que se destilaba desde allí era tan intenso que hacía lagrimear los ojos. ¿Por qué no había dicho nada antes? ¿Por qué nadie se da cuenta de estas cosas a tiempo?
Una mujer soltó un hipido y una lágrima:
—Ay… Con lo alegre que se la veía siempre. Pero si era una mujer cargada de vitalidad. Y siempre tan maquillada, tan arreglada…
—¿Y qué se hace en estos casos? —se cuestionaba el presidente.
—Pues llamar a la policía, supongo.
Tomé la responsabilidad de hacer la amarga llamada, quizá por haber sido yo el que había levantado la liebre de aquel horror.
Informé de todas mis pesquisas a la policía. Esta, a su vez, hizo sus averiguaciones. Así, tras una hora de espera, se presentaron los bomberos para proceder a abrir la puerta.
Los bomberos y la policía trasegaban en el interior de la vivienda; los vecinos esperábamos la confirmación del fatal desenlace en el descansillo, sin mirarnos a la cara.
—¡La madre que…! ¡Qué susto!
Yo pensé que los cuerpos de seguridad eran unos flojos.
—Aquí está el responsable del mal olor —dijo un bombero que apareció con un gato en brazos—. Este gato ha abierto la puerta de la nevera y se ha puesto tibio a comer con todo lo que ha pillado dentro. Eso sí, todo el pollo que había dentro está para tirar.
Apareció una pareja, cogidos del brazo y riendo, por la escalera. A la mujer se le cayeron el bolso y el amor al suelo mientras miraba la puerta destrozada de su casa.
Y creo recordar que el señor dijo algo así como:
—Bueno, yo me voy, que se me está haciendo tarde.
©️N.º de registro CEDRO: pavqjkPp-2026-04-30T15:54:18.429

Jeje, me dejas a medias. ¿Hay segunda parte del nuevo robacorazones de Zarpitas?
ResponderEliminarEso, necesitamos saber más de Zarpitas. ¿El final abierto es intencionado?
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