Un último trámite antes de morir - Alberto Jiménez

—Por Dios, Roberto —dijo la mujer quitándose una mascarilla—. No veía la hora de llegar. Tu padre trae un olor que no se va ni con KH7. ¿Y por qué hemos tenido que traer al niño?
—Marta, por favor —rogó el marido—. Te está escuchando. Es viejo, pero no está sordo, y las pastillas llegan hasta donde llegan.
Y ya te lo he explicado: es imprescindible que estemos todos. ¿O quieres venir todos los fines de semana de visita? El sistema no tiene nada parecido a lo que nos ofrecen aquí. Esto es lo que se precisa hacer con un deshecho como él.
Damián llegó a la residencia con los ojos legañosos, el mundo llevaba años apagándose para él por capas. Tenía un continuo lagrimeo que atajaba con un pañuelo que le habían atado a la muñeca. El problema era que también le habían atado esta mano al asa de la puerta durante el viaje. La otra colgaba inservible tras un ictus. Eso, y las cataratas, le borraban la realidad física, la mente también se le estaba borrando, y ese sí que era un enemigo contra el que no podía luchar.
—¿Cuántos años tiene el abuelo Damián? Papá, ¿a que no hay nadie más viejo? —El niño salió de la tercera fila del monovolumen mientras Damián seguía atrapado en el asiento central.
Nadie contestó. Un celador le esperaba con una silla de ruedas como el frutero que debe recoger una pila de cajas de naranjas. Le acompañaron en silencio para realizar el trámite, porque la culpa pesa más que cualquier anciano.
👨🦽 👨🦽 👨🦽
Me fijé en el hombre que deambulaba entre las flores. Un uniforme de color pistacho suave. Cualquier gama de verde vale para jardinero. También para la limpieza, para los médicos, los dentistas. Desde luego, si alguien tiene derecho al verde en su uniforme son ellos: los que se dedican a las plantas. Las otras profesiones se lo han apropiado. Quizá con el ánimo de equiparar la higiene y lo natural. ¿Acaso en la naturaleza no hay mierda? Por cierto, ese hombre tiene el disfraz de jardinero más limpio que he visto en mi vida. Seguro que lo ponen ahí cuando vienen visitas. Porque da caché tener un jardinero que cuida de las plantas de su clínica, porque así justifican el pastón que te cobran.
Un fraude, eso es lo que es. Si me acerco a la pared seguro que descubro que es de cartón piedra, como el Parque de Atracciones. Al supuesto jardinero mañana le tocará vender palomitas en una feria.
Todo esto es cartón piedra, el jardinero, el edificio, mi padre. Puede que incluso yo.
👨🦽 👨🦽 👨🦽
En recepción los recibió una mujer con bata blanca y sonrisa de catálogo.
—Bienvenidos al Resort Los Pinares—dijo, como si aquello fuera un hotel de playa—. Pasen, por favor.
Damián miraba con temor aquella asepsia desconocida. Aunque eso no era una novedad. Los últimos años habían sido de una confusión continua, sin saber qué lugares habitaba o quienes eran esas personas con las que interactuaba. A veces hablaba con su madre, a ratos con un perro que había muerto antes de que naciera su hijo; pero siempre se le notaba más intranquilo cuando a quien creía ver era a su difunta mujer.
Lo llevaron al despacho médico. Allí lo desnudaron con la misma delicadeza con la que se desviste un maniquí de cristal. El médico tomó notas sin levantar la vista.
—Demencia moderada —murmuró—. Incontinencia. Movilidad reducida. Expectativa… Sinceramente, corta. Muy corta. En realidad son buenas noticias.
La familia asintió ante la tasación que les hacían, si se destilaba alguna emoción era la de aburrimiento por parte del nieto que scrolleaba con el móvil.
El médico continuó:
—Se les queda una cuota muy baja. No tienen de qué avergonzarse, aquí va a estar fenomenal.
La frase quedó flotando en el aire, obscena, como un pedo en misa: todo el mundo lo huele, pero traga. Porque todos sabían —aunque nadie lo dijera— que allí la gente no estaba fenomenal: se apagaban en meses, a veces semanas.
Después del chequeo los condujeron a otra sala.
Todo allí era verde croma.
Las paredes, el suelo, incluso unos cubos acolchados repartidos por la habitación. Un verde saturado, irreal, que hacía que la piel pareciera enferma bajo los focos del techo. Varias cámaras colgaban de brazos mecánicos sujetos a raíles y se movían despacio, siguiendo trayectorias suaves, casi elegantes.
Damián se quedó quieto en la puerta.
—¿Dónde estamos?
Nadie respondió.
La empleada abrió una caja llena de pequeños puntos negros adhesivos.
—Necesitamos preparar el archivo de continuidad.
Se acercó primero al nieto y comenzó a pegarle marcas en la cara. Frente, mandíbula, alrededor de los ojos.
—No te muevas mucho, cariño.
El chico miró a su madre.
—¿Para qué es eso?
—Para el registro emocional —respondió la empleada sin darle importancia—. Así el sistema puede corregir el envejecimiento y mantener coherencia gestual a largo plazo.
Lo dijo como podría haber dicho “para imprimir pulse F4”.
También marcaron a Roberto y a su mujer. Luego intentaron hacerlo con Damián, pero el anciano apartó la cabeza.
—Quieto, abuelo —gruñó Roberto, sujetándole la barbilla para que pudieran renderizar sus expresiones.
Después los colocaron sobre los cubos verdes. Una auxiliar movía sus cuerpos como si preparara maniquíes de escaparate.
—Más juntos.
—La mano aquí.
—Mire al señor Damián.
—Sonrían un poco.
Las cámaras comenzaron su baile alrededor de ellos.
—Ahora grabaremos interacción espontánea —dijo alguien desde ún altavoz—. Por favor, mantengan una conversación natural.
Hubo un silencio incómodo.
—Papá, ¿te acuerdas de Benidorm? —preguntó su hijo de pronto.
Damián le miró sin comprender.
—¿Quién eres?
Nadie reaccionó.
La mujer de la bata siguió observando su tableta.
—Eso es oro puro —dijo—. Eso también nos sirve.
Después grabaron felicitaciones.
—Feliz cumpleaños, papá.
—Feliz Navidad, abuelo.
—Perdona no haber podido venir esta semana.
Les hicieron repetir algunas frases varias veces.
—Con más alegría.
—Ahora más despacio.
—Intenten no taparse la boca.
El nieto empezaba a sentirse incómodo.
—Pero si eso todavía no ha pasado.
—Con la progresión cognitiva —la mujer sonrió sin mirarlo— muchos residentes desarrollan ansiedad por discontinuidad familiar. Nuestro sistema genera material de estabilidad emocional adaptado al deterioro neuronal.
Roberto asintió como si hubiera entendido.
—Vamos, que así cree que seguimos viniendo.
La mujer sonrió por primera vez con sinceridad.
—Exactamente.
Cuando terminaron, una auxiliar retiró los adhesivos y les ofreció una toallita húmeda para retirar restos.
—Genial —dijo la mujer—. Ya tenemos material suficiente.
—Por favor —insistió Roberto—, es muy, muy importante que no dejen de darle su medicación todos los días.
—Claro que sí, no se preocupe por eso. Está todo aquí —la auxiliar sentó a Damián en la silla de ruedas y le colocó un dossier sobre sus rodillas. También agitó un bote con pastillas que se guardó en el bolsillo.
La familia se marchó rápido, casi aliviada. No se volvieron para mirar como Damián se quedaba sentado y hablando con una persona inexistente.
—Vamos, vejete —dijo la auxiliar empujando la silla hacia un sumidero con forma de puerta—. Te enseñaré tu habitación.
—¡Asun! Tú también estás aquí.
La enfermera no podía saberlo, pero Damián la confundía con su esposa fallecida hacía años.
—Claro que sí. Lo que tú quieras. Para lo que vas a durar…
Él no respondió. Dejó que lo arrastraran por la corriente de un río sin fuerzas para nadar.
La residencia olía a lejía y a resignación. Y Damián, que ya no recordaba casi nada, aún podía rescatar una certeza: que lo habían dejado allí para que se fuera apagando en silencio.
La enfermera atravesó una puerta automática y el resort desapareció. Tiró las pastillas en un contenedor y depositó la carpeta sobre unas cajas de cartón abarrotadas. Los únicos historiales clínicos que se habían abierto eran los que alfombraban el suelo.
Desaparecieron los cuadros y las plantas. El suelo pasó a ser pegajoso. Las paredes tenian un cerco oscuro a media altura, una franja grasienta de dedos arrastrados durante años, hasta donde se alcanzaba desde una silla de ruedas; comida seca, mocos, vómito y heces, acumuladas capa sobre capa como rastro desesperado de quienes aún intentaban sujetar la cordura. El aire era caliente y espeso, el resultado de cocinar una sopa con el sudor del miedo.
Las habitaciones podrían haber sido establos alineados a lo largo del pasillo.
Un anciano desnudo dormía sentado sobre un cubo. Más adelante, una mujer levantaba la pintura desconchada de la pared con una uña ya desaparecida.
—A este lado ya no vienen las familias —dijo la auxiliar—. Si pudieran, no pasarían ni a la recepción.
Le asignaron un cubículo gris con dos camas metálicas y un ventanuco cubierto de telarañas. En la otra cama había un hombre tan delgado que se confundía con los barrotes del cabecero.
Le dejaron una bandeja de plástico sobre las piernas. Un puré marrón, una gelatina verdosa y un agua turbia.
El viaje había sido largo así que tentó a la suerte. Trató de sostener la cuchara con la mano buena, pero le temblaba demasiado. Parte del puré le cayó por la barbilla y siguió bajando lentamente hasta el pijama.
La auxiliar detectó cierta inacción por el rabillo del ojo y levantó la vista del móvil donde una adolescente impartía un tutorial sobre cómo colocarse pestañas postizas.
—Si no comes, luego no pidas nada.
El puré olía agrio y un sabor paralelo consiguió hacerle vomitar a la segunda cucharada.
La auxiliar resopló:
—Jooooder. Pues así te vas a quedar. Igual así aprendes a no ser tan guarro.
Retiró la bandeja y se marchó empujando la silla absorta de nuevo en su tutorial.
Horas después se orinó encima.
Llamó una vez, elevando la voz.
Luego otra.
Luego en un susurro.
Nadie acudió.
El pantalón húmedo se le enfrió sobre la piel mientras la oscuridad se comía la habitación.
Entonces vio a Asunción sentada frente a él. Llevaba aquel vestido para freir patatas con el que la enterraron. Porque daba igual, nadie iba a abrir el ataúd.
—Mírate —dijo ella sonriendo—. Ni para morirte sirves.
Damián empezó a llorar. No recordaba muchas cosas, pero reconocía el terror. Ella no debería estar allí.
Otro día más sin la medicación. Allí los viejos tenían que apagarse solos, sin toxinas en el cuerpo que llevasen a malos entendidos. Sin embargo Damián se encendía. Al principio, como era como una brasa, había una pequeña luz dentro de Damián que pugnaba por salir.
No era lucidez lo que estaba creciendo. Era otra cosa.
La enfermera que venía a cambiarle el empapador se inclinó demasiado sobre él. Durante un instante, Damián vio el rostro de Asunción encima del suyo.
Y reaccionó.
La mordió en el cuello con una violencia animal. No se puede gritar con las cuerdas vocales en la boca de otro. Cayó al suelo intentando contener una manguera abierta y descontrolada.
Damián se levantó tambaleante. Nadie esperaba que pudiera hacerlo. Los viejos destruidos con un ictus no hacen eso.
En el pasillo encontró unas tijeras sobre un carro de curas.
Después todo ocurrió deprisa y mal. Un celador muerto junto a las duchas. Una auxiliar desangrándose en un almacén. Gritos. Carreras. Puertas golpeando.
Damián avanzaba confundido, viendo a Asunción en cada rostro que se cruzaba con él. La asesinó varias veces aquella noche.
Consiguió salir de la residencia poco antes del amanecer.
Descalzo. Empapado en sangre y orina.
Un coche lo atropelló al cruzar la carretera. Y se acabó Damián.
La policía entró a la residencia poco después. Venían a informar del fatal accidente de uno de sus internos y descubrieron un rastro de muerte presente y pasada que quería alargarse al mañana. Ancianos fallecidos que seguían generando cuotas mensuales, vídeos falsos de cumpleaños enviados años después de la muerte real y archivos completos de familias almacenados para que una inteligencia artificial pudiera fabricar visitas que nunca habían existido ni existirían.
En las cajas de cartón apareció también el historial psiquiátrico de Damián: había asesinado a su esposa doce años atrás.
—Bienvenidos al Resort Los Pinares—dijo, como si aquello fuera un hotel de playa—. Pasen, por favor.
Damián miraba con temor aquella asepsia desconocida. Aunque eso no era una novedad. Los últimos años habían sido de una confusión continua, sin saber qué lugares habitaba o quienes eran esas personas con las que interactuaba. A veces hablaba con su madre, a ratos con un perro que había muerto antes de que naciera su hijo; pero siempre se le notaba más intranquilo cuando a quien creía ver era a su difunta mujer.
Lo llevaron al despacho médico. Allí lo desnudaron con la misma delicadeza con la que se desviste un maniquí de cristal. El médico tomó notas sin levantar la vista.
—Demencia moderada —murmuró—. Incontinencia. Movilidad reducida. Expectativa… Sinceramente, corta. Muy corta. En realidad son buenas noticias.
La familia asintió ante la tasación que les hacían, si se destilaba alguna emoción era la de aburrimiento por parte del nieto que scrolleaba con el móvil.
El médico continuó:
—Se les queda una cuota muy baja. No tienen de qué avergonzarse, aquí va a estar fenomenal.
La frase quedó flotando en el aire, obscena, como un pedo en misa: todo el mundo lo huele, pero traga. Porque todos sabían —aunque nadie lo dijera— que allí la gente no estaba fenomenal: se apagaban en meses, a veces semanas.
Después del chequeo los condujeron a otra sala.
Todo allí era verde croma.
Las paredes, el suelo, incluso unos cubos acolchados repartidos por la habitación. Un verde saturado, irreal, que hacía que la piel pareciera enferma bajo los focos del techo. Varias cámaras colgaban de brazos mecánicos sujetos a raíles y se movían despacio, siguiendo trayectorias suaves, casi elegantes.
Damián se quedó quieto en la puerta.
—¿Dónde estamos?
Nadie respondió.
La empleada abrió una caja llena de pequeños puntos negros adhesivos.
—Necesitamos preparar el archivo de continuidad.
Se acercó primero al nieto y comenzó a pegarle marcas en la cara. Frente, mandíbula, alrededor de los ojos.
—No te muevas mucho, cariño.
El chico miró a su madre.
—¿Para qué es eso?
—Para el registro emocional —respondió la empleada sin darle importancia—. Así el sistema puede corregir el envejecimiento y mantener coherencia gestual a largo plazo.
Lo dijo como podría haber dicho “para imprimir pulse F4”.
También marcaron a Roberto y a su mujer. Luego intentaron hacerlo con Damián, pero el anciano apartó la cabeza.
—Quieto, abuelo —gruñó Roberto, sujetándole la barbilla para que pudieran renderizar sus expresiones.
Después los colocaron sobre los cubos verdes. Una auxiliar movía sus cuerpos como si preparara maniquíes de escaparate.
—Más juntos.
—La mano aquí.
—Mire al señor Damián.
—Sonrían un poco.
Las cámaras comenzaron su baile alrededor de ellos.
—Ahora grabaremos interacción espontánea —dijo alguien desde ún altavoz—. Por favor, mantengan una conversación natural.
Hubo un silencio incómodo.
—Papá, ¿te acuerdas de Benidorm? —preguntó su hijo de pronto.
Damián le miró sin comprender.
—¿Quién eres?
Nadie reaccionó.
La mujer de la bata siguió observando su tableta.
—Eso es oro puro —dijo—. Eso también nos sirve.
Después grabaron felicitaciones.
—Feliz cumpleaños, papá.
—Feliz Navidad, abuelo.
—Perdona no haber podido venir esta semana.
Les hicieron repetir algunas frases varias veces.
—Con más alegría.
—Ahora más despacio.
—Intenten no taparse la boca.
El nieto empezaba a sentirse incómodo.
—Pero si eso todavía no ha pasado.
—Con la progresión cognitiva —la mujer sonrió sin mirarlo— muchos residentes desarrollan ansiedad por discontinuidad familiar. Nuestro sistema genera material de estabilidad emocional adaptado al deterioro neuronal.
Roberto asintió como si hubiera entendido.
—Vamos, que así cree que seguimos viniendo.
La mujer sonrió por primera vez con sinceridad.
—Exactamente.
Cuando terminaron, una auxiliar retiró los adhesivos y les ofreció una toallita húmeda para retirar restos.
—Genial —dijo la mujer—. Ya tenemos material suficiente.
—Por favor —insistió Roberto—, es muy, muy importante que no dejen de darle su medicación todos los días.
—Claro que sí, no se preocupe por eso. Está todo aquí —la auxiliar sentó a Damián en la silla de ruedas y le colocó un dossier sobre sus rodillas. También agitó un bote con pastillas que se guardó en el bolsillo.
La familia se marchó rápido, casi aliviada. No se volvieron para mirar como Damián se quedaba sentado y hablando con una persona inexistente.
—Vamos, vejete —dijo la auxiliar empujando la silla hacia un sumidero con forma de puerta—. Te enseñaré tu habitación.
—¡Asun! Tú también estás aquí.
La enfermera no podía saberlo, pero Damián la confundía con su esposa fallecida hacía años.
—Claro que sí. Lo que tú quieras. Para lo que vas a durar…
Él no respondió. Dejó que lo arrastraran por la corriente de un río sin fuerzas para nadar.
La residencia olía a lejía y a resignación. Y Damián, que ya no recordaba casi nada, aún podía rescatar una certeza: que lo habían dejado allí para que se fuera apagando en silencio.
La enfermera atravesó una puerta automática y el resort desapareció. Tiró las pastillas en un contenedor y depositó la carpeta sobre unas cajas de cartón abarrotadas. Los únicos historiales clínicos que se habían abierto eran los que alfombraban el suelo.
Desaparecieron los cuadros y las plantas. El suelo pasó a ser pegajoso. Las paredes tenian un cerco oscuro a media altura, una franja grasienta de dedos arrastrados durante años, hasta donde se alcanzaba desde una silla de ruedas; comida seca, mocos, vómito y heces, acumuladas capa sobre capa como rastro desesperado de quienes aún intentaban sujetar la cordura. El aire era caliente y espeso, el resultado de cocinar una sopa con el sudor del miedo.
Las habitaciones podrían haber sido establos alineados a lo largo del pasillo.
Un anciano desnudo dormía sentado sobre un cubo. Más adelante, una mujer levantaba la pintura desconchada de la pared con una uña ya desaparecida.
—A este lado ya no vienen las familias —dijo la auxiliar—. Si pudieran, no pasarían ni a la recepción.
Le asignaron un cubículo gris con dos camas metálicas y un ventanuco cubierto de telarañas. En la otra cama había un hombre tan delgado que se confundía con los barrotes del cabecero.
Le dejaron una bandeja de plástico sobre las piernas. Un puré marrón, una gelatina verdosa y un agua turbia.
El viaje había sido largo así que tentó a la suerte. Trató de sostener la cuchara con la mano buena, pero le temblaba demasiado. Parte del puré le cayó por la barbilla y siguió bajando lentamente hasta el pijama.
La auxiliar detectó cierta inacción por el rabillo del ojo y levantó la vista del móvil donde una adolescente impartía un tutorial sobre cómo colocarse pestañas postizas.
—Si no comes, luego no pidas nada.
El puré olía agrio y un sabor paralelo consiguió hacerle vomitar a la segunda cucharada.
La auxiliar resopló:
—Jooooder. Pues así te vas a quedar. Igual así aprendes a no ser tan guarro.
Retiró la bandeja y se marchó empujando la silla absorta de nuevo en su tutorial.
Horas después se orinó encima.
Llamó una vez, elevando la voz.
Luego otra.
Luego en un susurro.
Nadie acudió.
El pantalón húmedo se le enfrió sobre la piel mientras la oscuridad se comía la habitación.
Entonces vio a Asunción sentada frente a él. Llevaba aquel vestido para freir patatas con el que la enterraron. Porque daba igual, nadie iba a abrir el ataúd.
—Mírate —dijo ella sonriendo—. Ni para morirte sirves.
Damián empezó a llorar. No recordaba muchas cosas, pero reconocía el terror. Ella no debería estar allí.
Otro día más sin la medicación. Allí los viejos tenían que apagarse solos, sin toxinas en el cuerpo que llevasen a malos entendidos. Sin embargo Damián se encendía. Al principio, como era como una brasa, había una pequeña luz dentro de Damián que pugnaba por salir.
No era lucidez lo que estaba creciendo. Era otra cosa.
La enfermera que venía a cambiarle el empapador se inclinó demasiado sobre él. Durante un instante, Damián vio el rostro de Asunción encima del suyo.
Y reaccionó.
La mordió en el cuello con una violencia animal. No se puede gritar con las cuerdas vocales en la boca de otro. Cayó al suelo intentando contener una manguera abierta y descontrolada.
Damián se levantó tambaleante. Nadie esperaba que pudiera hacerlo. Los viejos destruidos con un ictus no hacen eso.
En el pasillo encontró unas tijeras sobre un carro de curas.
Después todo ocurrió deprisa y mal. Un celador muerto junto a las duchas. Una auxiliar desangrándose en un almacén. Gritos. Carreras. Puertas golpeando.
Damián avanzaba confundido, viendo a Asunción en cada rostro que se cruzaba con él. La asesinó varias veces aquella noche.
Consiguió salir de la residencia poco antes del amanecer.
Descalzo. Empapado en sangre y orina.
Un coche lo atropelló al cruzar la carretera. Y se acabó Damián.
La policía entró a la residencia poco después. Venían a informar del fatal accidente de uno de sus internos y descubrieron un rastro de muerte presente y pasada que quería alargarse al mañana. Ancianos fallecidos que seguían generando cuotas mensuales, vídeos falsos de cumpleaños enviados años después de la muerte real y archivos completos de familias almacenados para que una inteligencia artificial pudiera fabricar visitas que nunca habían existido ni existirían.
En las cajas de cartón apareció también el historial psiquiátrico de Damián: había asesinado a su esposa doce años atrás.
Nadie en la residencia lo había leído. Allí nunca miraban su pasado. Solo cuánto futuro podían cobrarse.
©️Alberto Jiménez
Comentarios
Publicar un comentario