Apagadas están las luces - Richard Laymon
Apagadas están las luces (Out are the lights) es una novela de Richard Laymon del año 1982.
¿De qué va esta novela?
Cada semana, cuando se apagan las luces, el cine del pueblo proyecta una nueva película de terror. Las escenas, morbosas y sádicas, impresionan por su realismo. Los cuerpos desmembrados, las vísceras arrancadas, las decapitaciones, los banquetes antropofágicos, la sangre que mana a torrentes… todo produce una truculenta sensación de autenticidad. Los espectadores reaccionan histéricamente pero se consuelan pensando que son trucos cinematográficos…
Con su figura gruesa, sus gafas de pasta y su eterna discreción, Laymon no parece un tipo que llame mucho la atención, ¿verdad?
Laymon solo busca una cosa al escribir: hacernos sentir asqueados e incómodos. Para que os hagáis una idea, es como leer las aventuras de Art, el payaso de la saga fílmica Terrifier, en papel impreso. Igual de duro, igual de poco empático con el destino de sus protagonistas. A él, todo le trae sin cuidado.
Gore explícito, violaciones, violencia extrema, incesto, crueldad humana y una indiferencia casi obscena por el prójimo son las características más notables de sus novelas.
Para el autor, el horror surge de la vida cotidiana en una localidad corriente, una de tantas por las que uno podría pasar de camino a cualquier sitio.
El verdadero monstruo de las novelas de Laymon no es una criatura no muerta o sobrenatural, sino el vecino de al lado.
Portada alemana.
Valoración personal:
⭐⭐⭐ de 5.
⭐⭐⭐ de 5.
La novela está construida sobre dos historias independientes que se alternan capítulo a capítulo y convergen en su parte final.
Una de ellas trata de un asesino llamado Otto Schreck y su banda, que graban sus asesinatos y torturas reales para después proyectarlas en un cine de barrio llamado El Palacio Encantado, como cortometrajes en maratones de sesiones dobles.
La otra trata sobre la escritora Connie y su nuevo novio, Dal. El novio le es infiel a Connie con Elizabeth, una femme fatale a la que le encanta jugar a juegos mentales y acostarse con él mientras su marido paralítico está presente.
Como de costumbre, lo que hace tan especiales —y distintivas— las novelas de Laymon es que la forma de actuar de sus personajes es tan estúpida que parece que estuvieran deseando que los maten. Toman una mala decisión tras otra.
El fuerte de Laymon nunca ha sido la psicología ni la inteligencia de sus personajes, pero admitámoslo sin vergüenza: el estilo del autor es muy deudor del terror de los años ochenta, y eso está bien.
Eso no quita el sinsentido de muchas partes de la novela.
Os resumo algunas de ellas junto a algunas curiosidades.
- Connie es casi sorda, pero le gusta ver películas e ir al cine. No tiene sentido. En un cine de barrio que proyecta películas de terror baratas no creo que hubiera la opción de subtítulos en los años 80, y leerle los labios a los actores es algo ilógico.
- Otra cosa totalmente ilógica es la fijación de Otto Schreck por doblar las voces de sus víctimas para evitar que el público del pueblo las reconozca (¿eh? Como si la voz fuera más característica que la cara, los andares, la estatura...).
- La camiseta de una de las víctimas con el lema Save a tree, eat a beaver (salva un árbol, cómete un castor) tiene un significado que va mucho más allá de lo ecológico. En los países angloparlantes, un beaver es, en argot sexual, una vagina; es decir, la camiseta básicamente dice que es mejor comerse un conejo, que curiosamente es el animal elegido para referirse al sexo femenino en lugar del castor en España.
- Schreck es la palabra alemana para susto. El actor que interpretaba a Nosferatu en la película de F.W. Murnau de 1922 se llamaba Max Schreck. Aquí el villano se apellida igual, pero su nombre de pila es otro nombre alemán (Otto).
Lo que sí hace muy bien Laymon es dotar a sus novelas de un ritmo ágil, casi frenético, gracias al uso de frases sencillas y descripciones en las que siempre está presente el movimiento y la acción.
Un ejemplo:
Aparcó. Se bajó del coche. Caminó hacia la puerta. Extendió la mano hacia el botón iluminado del timbre.
Otro ejemplo:
Ella siguió conduciendo. La carretera describía una curva y se adentraba en una zona densamente arbolada. Se detuvo ante una verja metálica, abrió el candado y abrió la verja de par en par. Tras atravesarla, cerró la verja y echó el cerrojo.
Muy a su pesar, esta aceleración constante, esta cinemática, esta prisa se notan en sus finales, y como ya le pasó en El sótano, Laymon liquida en apenas treinta páginas —con más pena que gloria— el final de otra novela.
Me ha gustado el recurso del autor para justificar escenas gore fuera de la trama mediante los cortometrajes exhibidos. Quizás abuse de ellos, pero se lo perdonamos, ya que son muy originales y lo mejor de la novela.
En resumen, es una novela muy gore, escrita con cierta pericia, en la que no hay Dios que entienda la forma de razonar de ningún personaje y en la que los protagonistas se enamoran, se odian y desean matarse de la noche a la mañana.




Gracias por esta reseña. Currada como siempre.
ResponderEliminar