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La llave del Mal (Tercera parte) - Un relato urbex de Happy Panda & Rodri

 

Yo soy el último Jarl, Weise, es decir, el sabio Thor,
descendiente del gran dios Thor, a quien se conoce
como Ara-Hari o Wiligôt —Karl Maria Wiligut.

Mansión abandonada de oficiales del campo de trabajo de Buchenwald.
Valle de Jonastal. Turingia.

Con su imponente fachada de piedra desconchada y ladrillo descubierto, la mansión tiene un aspecto aterrador.

La entrada principal, flanqueada por varias columnas, está condenada con ladrillos desiguales que recuerdan a la boca destartalada de un anciano. Encima de la puerta, una balconada de hierro forjado recorre la parte central. En los laterales de la residencia, una sucesión de ventanas estrechas están tapiadas con tablones.

—Entraremos por ahí —señala Happy, indicando una de las ventanas del piso a ras del suelo—. Por supuesto, omite que ha sido el fantasma de su fallecida compañera, Liudmilla Aleksándrovna, quien le ha indicado la forma más segura de entrar. Tanto el robusto líder de la Logia Urbex, Linus Rabenstein, como su hermano Rodri, su porteador particular 24/7 de mochilas y proveedor de avituallamiento, parecen no ver a los fantasmas que los rodean.

Otra cosa es la joven médium Annika Haaland que, considerada, evita atravesar las formas incorpóreas de las cientos de entidades de rostros grisáceos camino a la apertura.

Después de retirar los tablones de la ventana, Annika pregunta respetuosamente al interior de la residencia:

—¿Se puede? —tras esperar una respuesta que parece solo oír ella, sonríe y se cuela dentro. Segundos después, se asoma e invita al resto del grupo a entrar.

Como era de esperar, la agilidad de Happy deja mucho que desear y, a pesar de sus ingentes esfuerzos por subirse a la ventana, que está a menos de un metro del suelo, Rodri y Linus no tienen más remedio que plantarle ambas manos en el generoso trasero y elevarla como a un santo en procesión, aunque con menos dignidad y más manoseada.

—¡Oye, con más respeto, que no soy una persiana escacharrada! —les recrimina Happy, agotadísima, mientras agarra la mano salvadora que le tiende su amiga desde el interior de la mansión.

Fuera, las entidades de los antiguos mineros y prisioneros del campo de concentración nazi empiezan a desaparecer como señales de televisión mal sintonizadas, a excepción de Liudmilla y, agarrada de su mano, una risueña Helga Goebbels.

Poco después, el interior de la mansión da una silenciosa bienvenida al resto del grupo de exploradores con sus largos pasillos salpicados de cristales rotos, excrementos de animales y paredes desconchadas.

Algunas puertas de los diferentes despachos cuelgan apáticas de sus goznes, mientras archivadores oxidados y mesas volcadas yacen bajo una gruesa capa de polvo. No hay pisadas recientes. Sobre el suelo se amontonan papeles amarillentos y fragmentos de yeso desprendidos del techo.

En algunas estancias, mapas militares descoloridos y pizarras cubiertas de anotaciones ilegibles sobreviven clavados a las paredes. Una corriente de aire helado procedente de una puerta metálica entreabierta al fondo del pasillo empuja a los urbexers a proseguir su camino.

—No quisiera sonar impertinente, pero ¿por aquí no ha pasado ningún urbexer de medio pelo en los últimos setenta años? —sondea Happy al grupo, pisando por enésima vez sobre un fragmento de cristal roto—. ¿Algún investigador de lo oculto de pacotilla, reporteros de esas revistas malas, malísimas, tipo Más allá y Menos acá, o algún indagador paranormal buscando grabar cacofonías? ¿Nadie? ¿Nunca?

—Psicofonías, Happy, se dice psicofonías. Las cacofonías son una combinación discordante y desagradable de sonidos —puntualiza Rodri, resignado, a la enterada de su hermana—. Aunque no lo creas, la comunidad urbex no es muy amiga de publicar a todas horas los lugares que visita. Son bastante herméticos. Y, en cuanto a la comunidad científica, el gobierno alemán no ha otorgado ni un solo permiso para visitar las inmediaciones del campo de trabajo de Buchenwald desde la Segunda Guerra Mundial.

Happy fulmina a su hermano con la mirada. Le responde que a nadie le gustan los listillos correctores y estupendos como él, y que no le extraña que no tenga novia después de descubrir con espanto que su hermano es de los que se calzan los calcetines después de los pantalones, en lugar de antes, como hacen las personas civilizadas… Y más cosas que se calla por respeto, pero que no la tiren de la lengua porque con tres Aperol Spritz, que lo larga todo, todo.

Una vez atravesada la puerta, se topan con una estrecha y oxidada escalera de caracol de acero. Desde las profundidades, les llega un lejano canturreo en un idioma que hace mucho que cayó en el olvido.

—Vamos, es por aquí —insiste Rabenstein, y toma la iniciativa para bajar. Happy, que sabe cómo se las gastan en las películas de terror, se cuela en medio del grupo, no sea que el tío del hacha la mate la primera. Cierra la comitiva Rodri -se ve que ha visto pocas pelis de esas-, y a pocos pasos alejado de él, entre sombras, Liudmilla y la niña.


Galerías subterráneas.

Las paredes de la galería, pegajosas, parecen sudar humedad. Su techo bajo y agrietado se retuerce bajo una maraña de raíces de árboles que lo cubren en su totalidad. Al fondo de la galería, una abertura negra parece tragarse la luz de las linternas del grupo. El incesante canturreo se intensifica a cada paso.

Solo rompe el silencio opresivo de la galería subterránea la respiración rítmica pero intranquila de todos, menos la de Happy, que la ha sustituido por tos. No puede evitarlo. Le ha pasado desde siempre: en cuanto hay que guardar silencio, le entran unas ganas terribles de toser, como un ñu reumático a punto de atravesar el arco iris.

—De verdad, lo siento mucho, pero es que aún no me he enterado a qué hemos venido exactamente a este sitio tan feo —le dice Happy a su hermano—. Explícame las cosas bien y con calma, que siempre te pones muy nervioso. Con tantas llaves, tanta forja, tantas puertas y tanta mandanga, una se pierde.

Su hermano lanza un largo suspiro y, antes de que pueda sacarla de la ignorancia, Rabenstein se detiene y toma la palabra.

—Desde el principio y explicado como para niños pequeños, para que lo entiendas, Happy, ¿sí?

—¡Oye! —responde indignada la influencer, haciendo el paripé de cara a la comitiva—. ¡Así sí, continúa Sandokan!

—El nigromante y ocultista Wiligut ansiaba abrir una puerta a otra dimensión para hacerse con la sabiduría genética de sus antepasados milenarios. Para ello necesitaba una llave. Una llave que se forjaba con la maldad residente de los lugares donde habían sucedido las cosas más terribles de la historia. Y, desde luego, con todo lo malo que ha pasado en los últimos cien años, tenía donde elegir.

—Ahora nos encontramos en las antiguas galerías del proyecto nazi S III, que no era otra cosa que una forja diseñada por Wiligut para modelar esta llave, y suponemos que también estaba cerca de una potencial puerta dimensional. Por desgracia, desconocemos el aspecto real de la llave. Necesitamos tu sensibilidad para distinguir otras realidades y tu inmunidad natural al Mal para encontrarla. Una vez localizada, la destruiremos, cueste lo que cueste. El canturreo que nos acompaña desde que bajamos a las galerías debe de ser el inicio del rito de forjado.

—Es decir, dicho con palabras esdrújulas —«llanas» le corrige Rodri llevándose la mano al puente de la nariz—, no tenéis ni puta idea de nada y os la estáis jugando a que yo encuentre la llave de marras gracias a mis poderes, y tampoco sabéis quién cojones está dándolo todo al final del pasillo como si estuvieran auditando para Operación Triunfo infernal. ¿Me he enterado bien?

Rabenstein, Haaland y Rodri asienten al unísono.

—De acuerdo, nada nuevo. Si al final todo esto me pasa por ser buena persona y me toca de nuevo sacaros las castañas del fuego, en fin, ya estoy acostumbrada. Pero tengo una última pregunta: ¿qué cojones es eso que se arrastra gruñendo por el pasillo hacia nosotros?

Cubiertos de moho, barro y costras negruzcas, se arrastran con crujidos húmedos por la angosta galería una docena de figuras putrefactas con los harapos de uniformes alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Uñas arañan el suelo. Gruñidos y gorgoteos de mandíbulas desencajadas desgarran el silencio de la cavidad. En la oscuridad, bajo sus abollados y agujereados cascos, brillan los ojos lechosos de criaturas hambrientas y satisfechas de poder cumplir la voluntad de su amo.

El último de los soldados, en un insólito arrebato de humanidad y pudor, intenta devolver sus intestinos a sus pútridas cavidades mientras se arrastra, ayudándose de uno de los muñones.

—¡Joder! Son los acólitos zombis de Wiligut, su guardia inmortal personal —exclama Rodri menos impresionado de lo que Happy hubiese esperado ante tan grotesco espectáculo.

—¿Nazis zombis? —pregunta su hermana, recogiendo atónita el bate que le entrega su hermano—. ¿Hay algo en este mundo que dé más repeluco? ¿Y de dónde has sacado tan rápido ese bate, Negan*?

—Es de primero de supervivencia: el arma ideal para enfrentarse a una horda de zombis es un bate de béisbol o una barra metálica pata de cabra —responde Rodri mientras golpea la barra Halligan sobre la palma de su mano—. Nunca miras lo que guardamos en la mochila, ¿verdad?

—Pues no. ¿Para qué estás tú entonces, carita de melocotón?

—Ya, me lo imaginaba. Al lío, Happy. Yo te protejo. No tengas miedo, los zombis no pueden correr, solo arrastrarse. Un error común es pensar que pueden caminar e incluso correr. Gilipolleces.

Annika y Linus asienten disciplinadamente. Ya lo sabían, pero esperan con indulgencia que Rodri ilumine esta vez la ignorancia de la creadora de contenidos.

—Las fibras musculares de las piernas pierden su integridad, los tendones se degradan y las articulaciones dejan de funcionar. Los músculos necesitan energía, oxígeno y señales nerviosas. Solo un zombi recién infectado podría justificar un comportamiento agresivo y veloz, porque todavía conserva buena parte de sus tejidos funcionales. Estos llevan más tiempo muertos que el vodevil.

—¿De verdad me hablas de lógica estando metidos en unas minas bajo un antiguo campo de trabajo alemán de la Segunda Guerra Mundial lleno de muertos vivientes, en busca de una llave forjada con el mal residente de los sitios más chungos del mundo y de un nigromante alemán que se llama como el amigo de la abeja Maya?

Rodri ignora la pregunta, da un paso al frente y suelta el primer zurriagazo contra la cabeza de un soldado nazi, que revienta como un melón al sol contra la pared de la galería.

Curiosamente, a pesar de la muerte que lo rodea y de todo lo que está aconteciendo, Rodri nunca se ha sentido más vivo.

—Happy, Annika marcharos. Nos quedamos sin tiempo. Ya nos encargamos tu hermano y yo de estos colegas. Buscad la llave y destruidla. No puede quedar lejos. ¡Vamos! —les ordena Rabenstein hundiendo su bota militar en la frente de un zombi cuyos ojos saltan de la cuencas como el corcho de un botella de champán—. Enseguida os alcanzamos.

Las chicas asienten. Haaland, más convencida que Happy, esquiva dos zombis y echa a correr hacía el final del pasillo. La influencer, a falta de opciones reales, la sigue con su trote cochinero habitual.

*Negan Smith es uno de los personajes más icónicos y despiadados de The Walking Dead. Su famosa arma es un bate de béisbol envuelto en alambre de púas, al que ha bautizado con el nombre de su difunta esposa, Lucille.


Una cámara funeraria les espera al final del pasillo.

En el centro de la cripta, revestida de ladrillos ennegrecidos, hay un pavimento circular sobre el que descansan dos sarcófagos de piedra labrada. Uno de ellos está sellado, mientras que el otro, aparentemente vacío, tiene la tapa apoyada contra un lateral. Apenas se ve nada y la poca luz que arrojan las antorchas hace bailar las losas y la humedad reflejada.

—El canturreo ha cesado, Happy —confirma Annika, visiblemente nerviosa—. No lo entiendo: ¿de dónde venían los cánticos?, ¿qué es todo esto?, ¿ves la llave?

—No, pero el sarcófago de la izquierda parece estar vivo, así que ¿por qué no ponemos pies en polvorosa y nos largamos?

—No podemos irnos, Happy. Tenemos que encontrar y destruir la llave. Abramos el otro sarcófago. Ayúdame.

—Pues no tengo ninguna gana de hacerlo —responde Happy con una sonrisa toda dientes, al más puro estilo Isabel Pantoja—. ¿Y si dentro nos encontramos a uno de esos vampiros chupasangres rurales de Valdepeñas con ganas de juerga? Me consta que existen y que te pegan unos muerdos que te avían. Mejor esperamos a los chicos, ¿no te parece? Eso sí que es una idea fabulosa.

Haaland ignora la maravillosa idea de su amiga y desplaza ella sola la tapa del sarcófago —Happy alega sufrir un repentino y dolorosísimo ataque de ciática para no hacer nada— y se lleva de inmediato las manos a la boca.

En su interior descansa el cuerpo apergaminado del ocultista Wiligut, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados.

—¿Qué pasa, Annika? ¿Qué hay dentro? ¿La discografía completa en vinilo de Leticia Sabater? ¿Aramis Fuster en picardías? —pregunta Happy, acercándose poco a poco.

—¿Eh? ¡No sé de quiénes me hablas! Es el cuerpo de Karl Maria Wiligut y no parece estar muerto. Está más bien como... dormido. Espera un momento. Joder, joder, joder. Ahora lo entiendo. ¿Sabes cómo se dice «recipiente» en alemán?

Happy se pone a contar sus dedos para hacerse la interesante, aunque eso no sirva para nada, y responde que no tiene ni idea cuando se equivoca al poco tiempo.

—Schüssel —responde Annika, horrorizada al descubrir que Wiligut nunca trató de forjar una llave. La similitud fonética y escrita entre las palabras alemanas Schlüssel y Schüssel les había hecho creer todo el tiempo que el nigromante necesitaba una llave para abrir el portal dimensional.

Para abrir el portal y acceder a la sabiduría de sus dioses, necesitaba un recipiente. Uno que fuera especialmente resistente e impermeable al mal.

—Happy, tenemos que salir de aquí. Hemos estado confundidos todo el tiempo. Wiligut no necesita una llave, ¡te necesita a ti! —grita Annika al mismo tiempo que siente la mano correosa y helada del nigromante aferrar su cuello.

—Bueno, bueno, bueno... ¿A quién tenemos aquí? Nada menos que a la famosa Happy Panda —inquiere Wiligut con su voz cavernosa y sin soltar a la cada vez más pálida Annika—. Mi querida Teresa, te he estado siguiendo y esperando durante décadas. Me tienes totalmente enamorado.

—¡Oye, que yo soy una lozana andaluza al contrario que usted, viejo verde, y suelte a mi amiga! Está rodeado y la policía no tardará en entrar con todo —exclama la influencer, convencida de que una frase de ese calibre siempre asusta a los villanos hasta el tuétano. ¡No todos los largometrajes de la sobremesa del domingo pueden estar equivocados!

La carcajada del nigromante rompe toda esperanza.

—Este es el trato, amiga Teresa Alcantarilla. Tú me cedes tu cuerpo y yo les perdono la vida a tus amigos. Ellos me dan igual. Solo me importas tú. Acepta mi trato, cuidaré bien de ti, te lo prometo. Tan solo tienes que tumbarte en el sarcófago de transferencia de la derecha. La verdad es que no tienes más opciones. Estás sola.

—Ahí se confunde, Herr Wiligut —corrige Liudmilla, materializándose junto a una centena de espectros entre el nigromante y Happy—. Nunca lo ha estado. Y ahora, al romper su letargo, su sancta sanctorum se ha revelado y nos ha permitido finalmente entrar.

»¿De verdad pensaba que Happy y sus amigos estuvieron en algún momento desprotegidos, solos, a su merced? Usted solo concibe a los espíritus como entes dolidos y almas en pena rencorosas, deseosas de atormentar a sus inocentes y queridos familiares con su presencia. ¿Qué sentido tiene eso? Ninguno.

»Al igual que el mal, siempre queda luz y bondad residual en los sitios que nos recuerdan a nuestros seres queridos. Usted nunca lo entendió. Algunos de nosotros decidimos quedarnos por nuestra propia voluntad y renunciar a nuestro descanso para proteger a los vivos de horribles lugares como este.

»No lo hacemos enrabietados ni amargados, sino por amor, porque aún queda trabajo por hacer y amigos a los que proteger. A diferencia del Mal que busca el bien de unos pocos, el Bien nunca deriva en maldad. Esa es su fuerza.

—¡Bien dicho! —remarca Happy, más crecida que el río Bidasoa en invierno—. Ten el buen gusto de morirte de una puta vez, o dejar este plano existencial, o lo que sea, y dejarnos en paz. ¡Eres muy cansino, Willie! ¡Te lo dice una gusiluz como la presente!

Una mano pequeña y cálida tira de la manga de Happy. Es Helga.

—Happy, no me gusta ese señor, es malo. Como mis padres. Tú eres buena, un poco tonta, pero qué le vamos a hacer.

—Es hora de que te marches, Wiligut. Y te aseguro que a los dos que mandan, tanto arriba como abajo, a ninguno le molan —Liudmilla se gira y guiña un ojo cómplice a Happy— los tramposos. 

Acto seguido, y sin más explicaciones, Liudmilla, Helga y todos los espectros se abalanzan sobre el sorprendido nigromante. Willigut chilla mientras es arrastrado por el suelo y los fantasmas tiran de todas sus extremidades arrancándolas. Es un espectáculo grotesco que Happy evita ver al girar la cabeza.

Un instante después, todos se desvanecen en una ensordecedora explosión de luz, sangre y vísceras, dejando la cripta desierta, salvo por Happy Panda y Annika, que permanecen abrazadas, sollozando y cubiertas de restos sanguinolentos. Cualquiera diría que ambas acaban de participar en la fiesta de la Tomatina del valenciano pueblo de Buñol.


Berlín, un día después.

—¿Alguna de vosotras piensa dignarse a contarnos de una puñetera vez qué demonios pasó en la cripta? —pregunta Linus, bastante achispado ya después de cuatro cervezas y siete Jägermeister—. No habéis soltado prenda. Que si todo se ha acabado, que si no tenemos de qué preocuparnos... ¿Tanto os cuesta iluminarnos un poco?

—¿Y para qué? —replica la influencer, alzando su jarra para brindar con el resto del grupo. Os basta con saber que, una vez más, nos tocó a nosotras arreglar el desaguisado mientras vosotros os lo pasabais en grande reventando zombis a batazos y barrazos. Una experiencia de lo más educativa, sin duda. ¿Los gruñidos, alaridos y jadeos eran de los zombis o vuestros? 

—Algún día os contaremos lo que pasó, pero hoy no toca —responde Annika antes de plantarle a Rodri un morreo de los que hacen época—. Esta noche es para los vivos, ¿quién se viene a bailar?

—¡Yo misma! —salta Happy, levantándose de un brinco—, ¡ahora vais a descubrir cómo se las gasta una andaluza de Andújar, criada en Madrid y curtida a fuego lento en las calderas del infierno!

Linus decide no hacer el ridículo bailando, achispado como está, y se queda solo en la mesa. Sumido en sus pensamientos, en la pérdida de una mujer que fue como una madre para él, levanta la jarra y brinda en silencio por su amiga Liudmilla.

Frente a él, sin que Rabenstein pueda verla, la profesora Aleksándrovna sonríe.

FIN.

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Comentarios

  1. Yo no soy imparcial, pero a mí me encanta Happy Panda. Me lo paso muy bien con esta mezcla de humor, aventuras sobrenaturales y urbex. No puedo dejar de recomendarlo.

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