Con su imponente fachada de piedra desconchada y ladrillo descubierto, la mansión tiene un aspecto aterrador.
La entrada principal, flanqueada por varias columnas, está condenada con ladrillos desiguales que recuerdan a la boca destartalada de un anciano. Encima de la puerta, una balconada de hierro forjado recorre la parte central. En los laterales de la residencia, una sucesión de ventanas estrechas están tapiadas con tablones.
—Entraremos por ahí —señala Happy, indicando una de las ventanas del piso a ras del suelo—. Por supuesto, omite que ha sido el fantasma de su fallecida compañera, Liudmilla Aleksándrovna, quien le ha indicado la forma más segura de entrar. Tanto el robusto líder de la Logia Urbex, Linus Rabenstein, como su hermano Rodri, su porteador particular 24/7 de mochilas y proveedor de avituallamiento, parecen no ver a los fantasmas que los rodean.
Otra cosa es la joven médium Annika Haaland que, considerada, evita atravesar las formas incorpóreas de las cientos de entidades de rostros grisáceos camino a la apertura.
Después de retirar los tablones de la ventana, Annika pregunta respetuosamente al interior de la residencia:
—¿Se puede? —tras esperar una respuesta que parece solo oír ella, sonríe y se cuela dentro. Segundos después, se asoma e invita al resto del grupo a entrar.
Como era de esperar, la agilidad de Happy deja mucho que desear y, a pesar de sus ingentes esfuerzos por subirse a la ventana, que está a menos de un metro del suelo, Rodri y Linus no tienen más remedio que plantarle ambas manos en el generoso trasero y elevarla como a un santo en procesión, aunque con menos dignidad y más manoseada.
—¡Oye, con más respeto, que no soy una persiana escacharrada! —les recrimina Happy, agotadísima, mientras agarra la mano salvadora que le tiende su amiga desde el interior de la mansión.
Fuera, las entidades de los antiguos mineros y prisioneros del campo de concentración nazi empiezan a desaparecer como señales de televisión mal sintonizadas, a excepción de Liudmilla y, agarrada de su mano, una risueña Helga Goebbels.
Poco después, el interior de la mansión da una silenciosa bienvenida al resto del grupo de exploradores con sus largos pasillos salpicados de cristales rotos, excrementos de animales y paredes desconchadas.
Algunas puertas de los diferentes despachos cuelgan apáticas de sus goznes, mientras archivadores oxidados y mesas volcadas yacen bajo una gruesa capa de polvo. No hay pisadas recientes. Sobre el suelo se amontonan papeles amarillentos y fragmentos de yeso desprendidos del techo.
En algunas estancias, mapas militares descoloridos y pizarras cubiertas de anotaciones ilegibles sobreviven clavados a las paredes. Una corriente de aire helado procedente de una puerta metálica entreabierta al fondo del pasillo empuja a los urbexers a proseguir su camino.
—No quisiera sonar impertinente, pero ¿por aquí no ha pasado ningún urbexer de medio pelo en los últimos setenta años? —sondea Happy al grupo, pisando por enésima vez sobre un fragmento de cristal roto—. ¿Algún investigador de lo oculto de pacotilla, reporteros de esas revistas malas, malísimas, tipo Más allá y Menos acá, o algún indagador paranormal buscando grabar cacofonías? ¿Nadie? ¿Nunca?
—Psicofonías, Happy, se dice psicofonías. Las cacofonías son una combinación discordante y desagradable de sonidos —puntualiza Rodri, resignado, a la enterada de su hermana—. Aunque no lo creas, la comunidad urbex no es muy amiga de publicar a todas horas los lugares que visita. Son bastante herméticos. Y, en cuanto a la comunidad científica, el gobierno alemán no ha otorgado ni un solo permiso para visitar las inmediaciones del campo de trabajo de Buchenwald desde la Segunda Guerra Mundial.
Happy fulmina a su hermano con la mirada. Le responde que a nadie le gustan los listillos correctores y estupendos como él, y que no le extraña que no tenga novia después de descubrir con espanto que su hermano es de los que se calzan los calcetines después de los pantalones, en lugar de antes, como hacen las personas civilizadas… Y más cosas que se calla por respeto, pero que no la tiren de la lengua porque con tres Aperol Spritz, que lo larga todo, todo.
Una vez atravesada la puerta, se topan con una estrecha y oxidada escalera de caracol de acero. Desde las profundidades, les llega un lejano canturreo en un idioma que hace mucho que cayó en el olvido.
—Vamos, es por aquí —insiste Rabenstein, y toma la iniciativa para bajar. Happy, que sabe cómo se las gastan en las películas de terror, se cuela en medio del grupo, no sea que el tío del hacha la mate la primera. Cierra la comitiva Rodri -se ve que ha visto pocas pelis de esas-, y a pocos pasos alejado de él, entre sombras, Liudmilla y la niña.
Yo no soy imparcial, pero a mí me encanta Happy Panda. Me lo paso muy bien con esta mezcla de humor, aventuras sobrenaturales y urbex. No puedo dejar de recomendarlo.
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