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Ponodaímon - Un relato de Happy Panda (Especial Mitología clásica 2026)



"Los muertos se acuerdan de los vivos" - Chuck Palahniuk.

Madrid. Ocho meses atrás.
Bar "El atún miope".

—¿Te acuerdas de la noche que estuvimos en el velatorio de Marisa, la vecina del cuarto de donde vive mamá?

—Nope —miente Happy Panda poniendo los labios como el pico de una cafetera Bialetti. No le gustan los funerales, ni las misas, ni los tanatorios ni nada que tenga que ver con la muerte. Para colmo de males, tiene un hambre atroz. Vuelve a chistar al camarero al grito de niño bonito reclamando dónde se ha quedado su comanda. De paso informa a toda la parroquia que tiene una prisa terrible. Es más, asegura que tiene un taxi esperándola fuera para llevarla a toda prisa al aeropuerto de Badajoz, desde donde volará a Dubái.

—¡Joder, Tere que fue la semana pasada! ¿Te acuerdas o no?

—Ah sí, se me había olvidado. Estoy muy ocupada ¿vale? Algunas trabajamos mucho. Qué digo mucho, ¡muchísimo!  dormimos poco, ¡poquísimo! La vida es dura para la clase obrera, ¿sabes?

—¿Qué ves en esta foto? —le indica su hermano mostrando una instantánea borrosa en el móvil.

—Poco, aparte de evidenciar tu magnífico talento para tomar fotos movidas, descuadradas y mal iluminadas —responde Happy que se levanta para volver a llamar impaciente al camarero sin dejar de apuntar repetidas veces un invisible reloj en su muñeca.

—Y ahora observa la misma imagen, pero optimizada con una aplicación de inteligencia artificial —dice Rodri mientras desliza el dedo hasta la siguiente foto en su galería.

—Déjame ver… Mmm, salgo yo bastante e injustamente gorda. La pesada de la prima Rosi está estupenda, etío Wenceslao con una cara alechugada espantosa -y mira que le quiero-, entre ellos dos, un calvo más blanco que la pared de un hospital —enumera Happy y se queja.

»Te lo he repetido mil veces: NUNCA me pongas en un extremo de las fotos. La gente queda como si fueran focas varadas. ¿Ves cómo Rosi sale perfecta, la cansina esa? No sabes las maldiciones que le he echado para que se quedara calva como una pelota de tenis. ¿Y por qué sale tan bien? Porque estaba en el medioooo. Todavía te queda tantoooo por aprender. Solo se ponen en los extremos de las fotos a los rollos de poco tiempo, así se les puede recortar sin mucho esfuerzo si vienen mal dadas en un futuro —asevera Happy, con más razón que una santa. 

— Pues al tipejo del traje negro que está entre la prima y el tío no lo conoce ni el Tato, y nadie recuerda haberlo visto en la iglesia.

—¿Era un curioso? A todo esto ¿qué haces tú sacando el móvil en las misas?

—Obviamente no estaba haciendo fotos, pero ¿por quién me tomas?

—No sé, eres bastante rarito. Nunca te fíes de alguien que mastica cubitos de hielo o chupa la tapa de un yogurt. ¿Se te ha pasado ya lo de ir con tu cuenco de aguacate a todas horas y a todas partes?

—¿Qué? ¡No! Es mate. Saqué el móvil para mirar nosequé y le di sin querer.

Happy, abúlica, se mira las uñas y responde que todo eso le parece súper intrigante, pero que, en su escala de interés, el carahuevo está entre cero y menos mil. Aprueba con la cabeza, cuando, finalmente el camarero trae los seis churros, las dos porras, el café con la leche templada de avena en un vaso pequeño y un sobre de sacarina.

La influencer, empeñada en quedar divina, le aclara al camarero que quien siempre mete prisa es, en realidad, el pesado de su hermano. Que ya le ha parado los pies dos veces solo ese día. El muchacho asiente con una sonrisa mientras mantiene la mirada fija en el generoso escote de Happy. Cuando le acerca la cuenta, ella, convencida de que le está pidiendo un autógrafo, estampa su firma en el recibo, le dedica una sonrisa de estrella y lo despacha con cajas destempladas

—Creo que es un Ponodaímon, una variante griega semidesconocida del Preta hindú —continua el hermano de la influencer bajando la voz.

—¿Un Pokémon? —replica Happy alzando la voz y hablando con la boca llena —. ¡No me jodas que hay una pokeparada en la iglesia! ¿O un pokegimnasio?

—¡Qué Pokémon ni que puñetas! —desesperado Rodri se lleva el dedo índice y el pulgar al puente de la nariz—. Un Ponodaímon, el poco conocido espíritu griego del dolor. Emparentado con el Chupasuertes al que nos enfrentamos en Navarra el año pasado.

—Ah, sí... tu amiguita -muaca, muaca- del bosque de hace algunos años —interrumpe Happy con una sonrisa que parece querer cobrar por cada diente expuesto—. ¿Me quieres decir que Pikachu se alimenta del dolor?

—Exacto. Y me temo que no sólo se alimenta del pesar y de la pena, sino que, además, según la discutida creencia de la mitología griega, acelera la muerte entre los asistentes para volver a nutrirse —sentencia Rodri pinzando un churro del plato a su hermana—. Tere, nuestra familia y amigos están en peligro.

—¡Y yo como una perita en dulce* incluso más! Yo gusto mucho ¿sabes? ¡Pero el que no pasa de hoy, si sigue cogiendo mis churros eres tú, rata ladrona! —replica Happy, haciendo girar un cuchillo entre los dedos—. ¡No sabes con quién te estás jugando los cuartos!

—¡Joder, Tere! Que esto no es una broma.

—¿Y cómo hacemos para deshacernos de él? ¿No pretenderás que nos vayamos recorriendo los tanatorios, cementerios y demás de Madrid a lágrima tendida y pegando voces como La Empollona?

La Llorona, Happy, se llama La Llorona. Ahí está nuestro mayor problema, hermanita. No podemos buscarlo. Nos lo volveremos a encontrar más pronto que tarde. Toca esperar y tener los ojos bien abiertos.

—Me cuadra, aunque yo no soy mucho de esperar. ¿Te habías dado cuenta? —Rodri niega irónicamente con la cabeza—. Todo me aburre enseguida. ¡Solemnemente, abismalmente, sideralmente, galácticamente, multiversalmente! Además, cuando me aburro, me entra hambre.  ¿Le pides unas tostas con jamón -del bueno- al empanado del camarero? A ti te hace ojitos —afirma Happy con una sonrisa gatuna que haría palidecer de envidia al gato Risón de Alicia en el País de las Maravillas.

Su hermano asiente abatido y consciente a partes iguales de que su querida hermanita de nuevo subestima la gravedad de la situación. Es lo que hay. En fin.

*La expresión española para referirse a algo o alguien que resulta muy atractivo o deseable.


Madrid.  Ahora.
Tanatorio M-30.

Hasta los ocho años de vida, Teresa Soledad de las Angustias Alcantarilla Martínez estaba convencida de que las ambulancias se llamaban en realidad lapena.

Todavía recuerda estar sentada en la ventana y contar coches junto a su madre Aurelia. 

—¡Uno rojo! ¡Uno amarillo! ¡Dos negros! ¡Mira mamá, mira, mira uno que hace nino, nino, nino!

—Qué pena, Teresita, qué pena.

Happy no entiende por qué su madre no se alegraba cada vez que veían a lapena yendo aquellos coches a tanta velocidad con tantas luces y tan molones.

Tampoco logra comprender cómo un maldito cáncer ha podido convertir, en menos de un año, a su tío en el desconocido que ahora descansa dentro del ataúd. 

El encargado del tanatorio informa a los asistentes que durante la noche cerrarán la sala tal como ha acordado la familia. Los dolientes se levantan despacio, algunos apoyándose en las rodillas. Son movimientos torpes y pesados, pasos cortos de hombros caídos y cabeza gacha y abandonan la sala rectangular y amplia, de decoración minimalista con cuadros abstractos.

Queda en uno de los extremos el féretro del tío Wenceslao, colocado sobre una plataforma ligeramente elevada y rodeado de arreglos florales. Frente al féretro descansa un grupo de sillones vacíos, testigos mudos de una eternidad de lágrimas, maldiciones y dolor.

El murmullo apagado de otras familias en otras estancias y el sonido lejano de un ascensor es lo único que rompe el silencio.

Happy es la última en salir de la sala cuando, de repente, el tiempo se detiene y los sonidos callan como amortiguados bajo el agua. La temperatura ha descendido varios grados. Ella, es consciente. Tan consciente como que los cuadros de una sala de tanatorio son horribles, sin gracia, nada que dé un poco de color, tan consciente de que eso está aquí.
 
Teresa se gira y le ve de pie, vestido con un traje impoluto. Su rostro es blanco como la sal. Totalmente lampiño, de la cabeza a los pies. No camina, se desliza. Se desplaza y, sin embargo, no le ha visto mover las piernas. Y en un abrir y cerrar de ojos se sitúa frente a la muchacha. De su piel emana una fragancia que recuerda a la tierra tras la lluvia y al aire salado del mar.

—¿Eres el Diablo? ¿El príncipe de las mareas? ¿El calvo de la lotería? —interroga Happy dando un paso al frente. No se va a dejar intimidar. Tiene ella muchos tiros dados para achicarse.

—No, Happy, no soy el Diablo y en todo caso sería el príncipe de las mentiras, y no el de las mareas, y menos aún el calvo de la lotería —responde indulgente el Ponodaímon y se sacude una mota de polvo de la hombrera.

—Qué morro tienes tío al presentarte aquí —Happy golpea al ser como una hoja al tronco de un árbol—. ¿Ya tienes la barra de vida a tope? Porque has venido a eso, ¿verdad? A ponerte las botas a costa de nuestro sufrimiento.

—No es cierto, Happy —responde calmadamente el espectro—. No he venido a alimentarme de vuestro dolor, Happy. Tu hermano y tú estáis muy confundidos. He venido a calmarlo. Un Ponodaímon no se alimenta del dolor, lo canaliza.

Happy, atónita, da un paso atrás. Se gira, a mira a Rodri que sigue moviéndose a cámara lenta en la entrada del tanatorio. Está descolocada.

—Soy aquel que te ofrece un vaso de agua que no pediste. Soy el que te arranca una sonrisa insospechada en medio de una tormenta de lágrimas. Soy el que te ayuda a recordar una gracia, un detalle divertido, una anécdota inolvidable.

» He venido a llevarme esa parte insoportable que os resquebraja el alma, esa oscuridad que os enloquece a la hora de acostaros, la tristeza que os rompe el corazón al sentir un recuerdo.

—¿Qué sentido tiene haberle hecho pasar a mi tío tanto sufrimiento? Los meses enganchado a una máquina para poder respirar. Las incontables horas que ha pasado mi tío murmurando en silencio que si eso iba ser su vida de ahora en adelante ¡Que estuvieran experimentando con él como Frankenstein!

—Nadie experimentó con él, Happy. Los médicos y las enfermeras hicieron todo lo que pudieron para aliviar su dolor —el ser la abraza y acuna la cabeza de Happy sobre su escuálido pecho y le susurra amorosamente—. Sabes que lo de experimentar lo decía Wenceslao en broma. Estaba muy agradecido a todo el personal sanitario que le atendía.

Como si se hubiera roto de golpe el dique que mantenía cautiva toda la culpa, todo el miedo y todo el dolor de los años cayeron sobre Happy con la fuerza de una riada devastadora, enterrándola bajo su peso insoportable.

—Recuerdo sus ojos vidriosos y sus brazos delgados como ramitas secas. No quedaba nada del hombre fuerte como un roble que me alzaba a los aires entre carcajadas. 

» Me enfadé con él en el hospital unos días antes de que muriera. Había dejado de comer y yo me enfadé. Yo quería que comiese, que se recuperara, que hiciera todo lo posible por salir de urgencias, que hiciera lo imposible para que YO no tuviese que volver al hospital. Fui tan, tan egoísta. Solo pensé en mí, en lo mal que me venía todo ahora mismo. Le culpaba y le eché en cara que no hubiese dejado el tabaco. Y entre lágrimas y enfados se me murió. Y ahora ya nunca más volveré a oír su voz y su risa. 

—¿Tan espantoso te parece que un hombre de su edad fuera testarudo, que fuera egoísta? ¿Acaso no se había ganado el derecho después de tantos años levantándose antes del amanecer, trabajando sin descanso, cargando sobre los hombros la responsabilidad de mantener un hogar y criar una familia, tras tantos sacrificios, tantas preocupaciones y tantas heridas invisibles? ¿No merecía decidir por sí mismo cómo quería vivir su propia vida? ¿Por qué os empeñáis en exigir que los demás vivan como estimáis vosotros?

—Yo le necesitaba, ¡le necesitaba más tiempo conmigo!

—Esto no va de lo que tú necesitas Happy. Él tomó sus decisiones -acertadas o equivocadas, pero suyas- y asumió las consecuencias. Eso es lo bueno de los errores, que puedes hacerte responsable de ellos y seguir adelante. No se le puede reprochar nada.

—¿Volveré a verle de nuevo algún día?

—¿Te ayudaría saber que volverás a reunirte con tus seres queridos? Entonces la respuesta es sí. Pero si lo que necesitas es cerrar esa herida y dejar de aferrarte a la esperanza de un futuro incierto, entonces la respuesta es no.

—Pues vaya birria de respuesta. ¿No serás gallego? ¿portugués? ¿portuñol? Yo tengo muchos happylovers gallegos, pero a ti no hay Dios que te entienda. ¿No serás de Lugo? —inquiere Happy recuperando la compostura y rescatando in extremis su máscara de sarcasmo y humor.

—No soy gallego —responde con sequedad el ser y continúa—. La respuesta sobre si volverás a reunirte con tus seres queridos es la misma que la humanidad lleva haciéndose desde hace miles de años: ¿hay algo después de la muerte?

—Estás tú muy pishi ahí plantado con tu traje y tu aspecto de Jacob Elordi de segunda mano. ¿Qué hay de ti? ¿Puedes morir?

—Existo, conceptos tan limitados como estar vivo o muerto carecen de sentido para los de mi especie.

—Yo no quiero... ¡Yo no quiero olvidar a mi tío! Quiero abrazarle, decirle que, aunque fuera un cansino y contaba los peores chistes del mundo mundial, le quería muchísimo, que lamento no haberle llamado más veces, que me... —Happy se vuelve a romper—, ... perdone por todas aquellas veces que no estuve a la altura.

—Eso siempre lo supo. Estaba muy orgulloso de ti, aunque no entendiese la mitad de las cosas que decías en tu canal, de tus videos bailando en TikTok mejor no hablamos, para eso existe un criatura en mi gremio sólo para entenderlos. Te voy a contar un secreto: nuestros seres mayores y las personas enfermas deciden el momento de marcharse. Y sólo lo hacen cuando están seguras de que quedarse sería alargar vuestro sufrimiento —la criatura envuelve a la creadora de contenidos con un cálido abrazo.


» Cuando os ven y se cercioran de que podréis seguir adelante sin ellos, se marchan. Ese momento lo han descrito los médicos torpemente como el momento de mejoría antes de la muerte. Es más que eso, es el momento de mayor lucidez de vuestro seres queridos, el instante en que encuentran la paz y se despiden hinchados de amor.

» Llórale, recuérdale, háblale a escondidas, sigue riéndote con sus chistes. Él siempre estará contigo y cuando las fuerzas te fallen, te cogerá de la mano y te levantará junto a todos aquellos que ocupan y han ocupado tu corazón. Nos volveremos a ver Happy, pero pasará un tiempo.

—¿Eso cuánto tiempo es exactamente? Pregunto por un amigo. Te doy mi palabra de que no lo difamaré por ahí —promete la influencer y se aparta lentamente. 

—Es difundir, Happy, no difamar. Sabes que no te responderé a esa pregunta, como también sabes que es hora de despedirnos. Consuela a Rosi, escucha a Rodri, abraza a tu madre, eres fuerte Happy, más de lo que crees. No te quedes con lo feo, no te quedes con sus últimos momentos. Su vida fue más que una sala de hospital. No es justo.

Teresa Alcantarilla se seca las lágrimas con el puño de su trenca y, con la mirada rebosante de gratitud da las gracias a la trajeada presencia -a pesar de que el calvo no haya soltado prenda respecto a su última pregunta-.

Un abrazo más tarde se despide agitando la mano despacio, con la delicadeza ceremoniosa de una reina de belleza al final de un concurso.

El tiempo retoma su pulso y el murmullo apagado de la sala regresa, con indolencia, a su volumen normal. La sala se ha vaciado. Es tarde. Una figura abatida se acerca a Happy.

—¿Vienes? —pregunta Rodri con los ojos enrojecidos y la voz tomada—. La prima Rosi no quiere que este día sea horrible del todo y quiere presentarte a su novia. Oye, ¿estás bien?

—Sí —afirma la influencer alzando la vista—. Ahora sí.

Madrid. Después.
Calle Baeza. Piso de Happy Panda.

Rodri está muy enfadado consigo mismo. El Ponodaímon estuvo en el tanatorio, habló con su hermana durante un buen rato y él ni se enteró. ¿A qué cojones estaba? Más perdido que un pingüino en el desierto. Menuda ayuda ha resultado ser.

—Rodri, tengo claro que el tío Wences no se ha marchado a un sitio frío y húmedo al estilo de esos que vas tú con tus amigotes a ligar. Sigue con nosotros, no igual, distinto —recita Happy moviendo de forma exagerada las manos y tirando por tercera vez el jarrón de la mesa—. Ahora mismo no estamos bien y no lo estaremos durante bastante un tiempo, pero está bien, no estar bien. Eso lo entiendes ¿verdad? —Happy recoge de un estante una foto de su tío y de ella en un bar y la hunde en su pecho con un suspiro.

Rodri asiente y abraza a su hermana. Sabe que ella tiene razón, pero eso no hace que sea más fácil. Todavía no, aunque algún día lo será.

—Además, que el Pokémon me haya llamado Happy Panda en lugar de Teresa significa mucho para mí.

—Ah, ¿sí? ¿Por qué?

—Mira que eres cortito, melón. Significa que tengo Happylovers hasta en el Más Allá ¡Chúpate esa Mr. Beast!

Rodri voltea incrédulo los ojos, la besa en la frente y va a por unas pizzas XXL con borde de queso, salsa barbacoa, extra de salami picante y una Coca-Cola light para no engordar.

Cuando está a punto de cerrar la puerta de casa, le llega la voz de su hermana, que ya ha empezado a contarle a su tío cómo le ha ido el día.

NO ES EL FIN. NUNCA LO ES.


¡Gracias a mi pichón Mónica, a mi alma gemela Klaus, a mi querida Yoli y a mi Betito! 
¡Os quiero un huevo!

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Todos los derechos reservados.

¡El estupendo booktráiler!


¡La estupenda banda sonora!

Albarra - My way (Sad Orchestral Version).


The Irrepressibles - In this Shirt.


Fichas mitológicas: Preta




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