El paso del diablo (segunda parte de tres) - Una aventura de Happy Panda
Una vez despejada la entrada de nieve, Rodri hace uso del código numérico de Yudin. Al instante, la escotilla de entrada abre sus fauces con un quejumbroso clác descubriendo una escalera de gato.
Las linternas de los urbexers iluminan nerviosas el pozo interminable que se abre ante sus ojos. En el fondo se adivina algo de claridad que los anima con lascivia a buscar refugio del frío y de la nieve en la base militar rusa.
Rodri baja el primero, le sigue Happy -ha leído en algún sitio que los integrantes del medio son los últimos en morir- y cierra la comitiva Sergey, que atora la escotilla tras de sí para evitar que se cierre.
Nadie de ellos habla; el eco de sus pasos ya es suficiente respuesta. En el aire flota un zumbido casi imperceptible y eléctrico. Al llegar al fondo les espera un encharcado pasillo de caprichosa iluminación. El suelo mojado refleja la luz de sus linternas en destellos rotos, como si algo respirara bajo la capa de agua.
Ahora sí, los tres visitantes avanzan en bloque, rompiendo con el chapoteo sordo y desigual de sus botas el silencio casi sepulcral del recinto. El crujido de una grava sumergida o el roce pegajoso de una suela despegándose del suelo multiplica en las paredes un eco húmedo y apagado.
A los lados del pasillo aguardan una fila de oxidadas camillas y sábanas sucias que parecen esperar a ser ocupadas y una sucesión interminable de gruesas puertas cerradas de acero les observan impasibles con promesas de conocimiento que jamás se cumplirán.
—¿Sabías que Yuri Yudin, el excursionista que regresó pidió que parte de sus cenizas fueran enterradas junto a siete de sus compañeros en el cementerio Mikhailovskoe de Ekaterimburgo? En cambio, Djatlov y Zolotariov fueron enterrados en el cementerio de Ivánovskoe por motivos familiares —sostiene Rodri iluminando una de las puertas cerradas. Intenta abrirla; nada—. Él nunca fue amigo de la teoría de la avalancha. Siempre sostuvo que había que investigar más y no descartaba que sus compañeros hubiesen sido masacrados por un menk.
—¿Un qué? —responde Happy que estaba a otras cosas más importantes como comprobar el estado del pintauñas.
—Un menk es descrito en el folclore mansi como un gigante del bosque, un Bigfoot, una criatura similar a un yeti— continúa su hermano.
—¿Un jedi? Ah sí, ahora sí. Claro que lo conozco, pero entonces es más bien como Chewbacca ¿no? —responde Happy con una amplia sonrisa convencida de que acaba de triunfar como la última Coca-Cola del desierto.
—¡Qué jedi ni qué Chewbacca ni qué niño muerto! ¡Un yeti, joder Tere! —corrige contrariado Rodri visiblemente alterado. Estar en la base le está afectando muchísimo. Tiene los nervios a flor de piel.
—Tranquilo, hermanito, bajamos revoluciones, ¿sí? Inhala… exhala… y seguimos. Aquí todos somos amigos. Hablando de amigos ¿De qué conoces a Sergey? —susurra Happy a su hermano cogiéndole del codo—. Parece buen chico, algo pesado, un poco raro, pero bueno; todos tus amigos son así de freaks.
Sergey, algunos pasos tras ello, ajeno a la conversación, examina desganado el estado de una camilla. Descubre la sábana y asqueado vuelve a cubrirla.
—Aunque seas un excursionista experimentado llegar al paso Dyatlov para un extranjero es muy difícil. La logística es una tortura y las únicas guías oficiales son turistadas que tan solo buscan sacarte el dinero y ni se acercan a donde realmente tuvo lugar el incidente. Una mierda, vamos —resopla Rodri meneando al cabeza e ignorando la pregunta de Happy—. Así que me dediqué durante muchísimo tiempo a buscar guías regionales que fueran serios y empecé a contactar con ellos, pero ninguno hablaba inglés con soltura...
—Ya, y tu inglés, al contrario que el mío, tampoco es que sea muy bueno —interrumpe Happy señalándose de arriba a abajo como quien descubre el gran premio de un concurso televisivo— pero cómo no me has preguntado... te jodes, Herodes.
—Sergey, un guía local independiente de Ívdel y tan obsesionado como yo por el incidente de 1959, fue el único que tenía algunas nociones de inglés y se ofreció a organizar el viaje —continúa Rodri ajeno al ocurrente comentario de la graciosa de su hermana.
» También ayudó que dijera que era el hermano de Happy Panda. Para que veas lo que es la vida; aquí en Rusia tienes muchos happylovers.
—¿Y dónde no los tengo? Me moriré algún día en cien años y aun así no se apreciaría mi influencia fundamental en este siglo —inquiere Happy girando la cabeza a un lado y extendiendo el brazo en horizontal con la palma abierta frente al perplejo rostro de su familiar—. Qué pena, no, no te entristezcas, ya lo tengo asumido. ¡Son los dados que me han tocado en esta injusta vida! —concluye Happy confundiendo cartas con dados.
Sergey se acerca a los hermanos Alcantarilla y tras detenerse sin decir nada durante un rato interminable, interviene.
—Yo no creo en gilipolleces como el menk, fábulas de gente ignorante como los mansi para asustar a sus niños por la noche. No hay ni una certeza científica de que existan esos seres.
—¿No hubo alguna que otra foto? Recuerdo una difundida por el periódico ruso Komsomolskaya Pravda allá por el 2013 —responde Rodri más propenso a creérselo por todas las cosas y seres que ha visto junto a su hermana en el pasado.
—Fake. Todas ellas borrosas y de lejos. Muy conveniente. Nuestro cerebro está diseñado para completar lo que no ve. Me explico: cuando la imagen es ambigua como una silueta oscura en la nieve, nuestra mente rellena los huecos con lo más significativo o amenazante posible. Esto se llama pareidolia. Paradójicamente, si la imagen fuera nítida, desconfiaríamos más. Una foto mala parece real porque encaja con la idea de que, si alguien se encuentra con algo increíble, no va a sacar una foto perfecta.
» ¿No es extraño que nunca se haya podido avistar una familia de estos seres? Todas las fotos que hemos visto son siempre de un solo espécimen, y siempre de un adulto. ¿No hay niños ni ancianos? Descontando que es sumamente improbable que una población de estos seres pudiera sobrevivir y pasar desapercibida en las condiciones extremas y la falta de recursos de estos parajes.»
» Yo creo que lo que les atacó fue un hambriento jemo o jemong, el oso pardo tibetano animal nocturno que puede caminar a dos patas. Nada de seres mitológicos como el menk —ríe Sergey—. Sigamos, mis amigos conspiranoicos.
Happy, poco amiga de que no la bailen el agua, decide que no se enrollará con el listo del guía por espabilado.
La fotografia difundida por el periódico Komsomolskaya Pravda en 2019.
Al final del pasillo, otra puerta entreabierta de acero les invita a descubrir el origen del zumbido latente de la instalación. Más escaleras. Bajan otro nivel. Nada. Otro nivel. Nada. A medida que descienden más niveles, la oscuridad y el frío se intensifican.
En el nivel -4, la disposición de las estancias cambia radicalmente a una única sala amplia.
El laboratorio ocupa una planta entera, una mezcla inquietante entre centro de investigación y sala forense. Las mesas de acero inoxidable siguen alineadas con precisión castrense. La iluminación de la sala vuelve a titubear para volver desganada a los pocos segundos.
Las paredes están forradas de armarios con puertas de cristal opaco. En algunos todavía se distinguen las siluetas de frascos numerados, cajas de muestras y carpetas selladas. En una esquina, una pizarra blanca conserva restos de anotaciones borrosas, fórmulas médicas incompletas y fechas tachadas con prisa. Nadie se preocupó por borrar nada antes de irse.
Rodri se acerca a la pizarra -tiene ciertas nociones del alfabeto cirílico y del idioma ruso- al tiempo que Sergey abre uno de los armarios. Happy en lugar de ayudar, está a por uvas*.
Hace pantalla con la mano y, al no distinguir nada, —menos que el sentido común en un grupo familiar de WhatsApp— enciende la linterna y apunta dentro.
—Son salas frigoríficas para conservar cadáveres —informa alarmada—. Hay muchísimas, no sé... hay como unas veinte cerradas, decenas de ellas abiertas y un boquete inmenso en la pared del fondo. Parece que la sala sigue en funcionamiento. ¿Quién estará dentro? ¿Y por qué la sala está sellada? ¿Rodri? ¿Iluminas mi existencia con alguna de tus disparatadas ideas?
Rodri con el semblante lívido y voz temblorosa responde que sabe quién las ocupa. Lo acaba de leer en la pizarra. Sergey con el rostro serio parece desubicado, roto por la certeza de una verdad innegociable que ha negado durante demasiado tiempo.
—Son los nueve integrantes del incidente Dyatlov y una docena más de nombres que no reconozco.
—Si los cuerpos de todos los integrantes de la expedición Dyatlov están aquí, ¿Quién coño está enterrado en el cementerio Mijaílovskoe y en el de Ivánovskoe?
—La pregunta, señorita Happy, ya no es quiénes están enterrados ahí sino qué está encadenado una planta más abajo hace más de sesenta años— corrige el chamán mansi Yuvan Szekely saliendo a sus espaldas.
¡Finalizará en la tercera y última parte!
*Expresión coloquial española que significa estar muy despistado o ausente, con la mente en otro lugar y sin enterarse de lo que ocurre a su alrededor.
Todos los derechos reservados.
¡El estupendo Booktráiler creado para la ocasión!
¡La estupenda banda sonora!
Oh Boy Les Mecs - Unrest.




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