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El paso del diablo (tercera parte de tres) - Una aventura de Happy Panda

 

¡Lee la primera y segunda parte aquí!

Antes.

El viento araña la endurecida piel del chamán Yuvan Szekely como un animal hambriento mientras avanza entre la nieve en dirección a la escotilla entreabierta.

El anciano está excitado, inundado por la certeza de que pronto podrá acallar las voces de su mente que le llevan torturando desde joven.

Desde primera hora, ha estado siguiendo al trío de urbexers a una distancia prudencial y no puede estar más satisfecho de que dieran con la entrada secreta de la instalación que él tanto había estado buscando en el pasado.

Con la certeza de que hoy todo terminará, se queda un instante inmóvil en la nieve, respirando vapor blanco, antes de avanzar hacia la abertura recién revelada.

Los tres estúpidos no tienen ni idea del horror que les espera dentro y él se lo mostrará, vaya que sí.

Ahora.

—¿Y quién cojones es usted? —exclaman los hermanos Alcantarilla al unísono.

—Os presento al honorable chamán Szekely, antiguo líder de la tribu de los mansi, intermediario entre los humanos y los espíritus de esta parte de la cordillera. Ah, también adicto al alcohol de alta graduación y medio loco —resopla hastiado Sergey sin prestarle demasiada atención—. ¿Qué haces aquí Yuvan?

—¿Saben los ignorantes de tus estúpidos amigos dónde están? —vomita el anciano arrastrando las palabras con desprecio sin dejar de relamerse la boca y clavando la mirada en Sergey— ¿Saben que esto es mucho más que una vulgar base militar?

—Menos drama, Rafiki, que le va a dar algo. No tiene usted edad para alterarse tanto —inquiere impaciente Happy ajena al monumental cabreo del chamán—, que nos ha pegado un susto del copón más feo que un coche de tres colores distintos. ¿Qué ha dicho de un menda encadenado hace más de sesenta años? Tendrá el pelo como un nido de ametralladoras...

—¡Estúpida insolente! ¡Hablar así de nuestro señor! —le recrimina el anciano a Happy y tras darle un buen lingotazo a su petaca le incita al urbexer ruso que tome la palabra—. ¡Sergey! ¡Háblales del hijo de Nom-Torum!

El joven resuella. Ha oído esa fantasía repetida demasiadas veces durante demasiados años.

—Según la leyenda mansi, el oso no nació en el bosque. Vino del cielo y era el hijo del ser celestial Num-Torum. Ese hijo miraba constantemente hacia abajo, hacia la tierra cubierta de bosques, ríos y niebla. Sentía curiosidad por los humanos y pidió permiso a su padre para descender. Su padre, desconfiado, le advirtió que no se dejase corromper por el mundo de abajo. El hijo, al bajar a tierra, tomó forma de oso y a pesar de que era puro, un ser luminoso, empezó a sentir hambre, frío, dolor. Y poco a poco, comenzó a comportarse como un animal: cazaba, se enfadaba, invadía territorios humanos. Cuando los hombres finalmente lo atraparon, no lastimaron a una simple bestia, habían ofendido a un ser del cielo.

Yuvan asiente complacido, después de todo, el botarate del hijo bastardo de su hermana vale para algo más que para calentar una silla.

—El pueblo mansi, arrepentido, rogaba a Num-Torum que no les guardara rencor. A cambio de no sufrir su ira, se comprometieron a honrarle en rituales donde se le cantaba y se le ofrecían sacrificios con cada ciclo. El menk es, en definitiva, una deificación de un oso sustentado, tras una decena de años, por un atajo de incultos viejos supersticiosos... o, al menos, eso es lo que pensaba hasta entrar aquí.

Yuvan retoma el relato después de acabarse sonoramente la petaca y limpiarse la comisura de los labios con la palma de la mano.

—Desde incontables ciclos, el hijo de Num-Torum ha protegido estas montañas y a la tribu de los mansi de la contaminación de vuestra asquerosa civilización. Nos protege de hambrunas, enfermedades venéreas entre familiares y mantiene alejada de nuestra gente la mala música, los brebajes alcohólicos que enturbian nuestra mente y las mujeres licenciosas que con malas artes arrebatan a nuestros hijos de los brazos de madres amorosas—. Pues a mí me suena a un plan de puta madre— corrobora Sergey pasándose de listo a la vista de la circunstancias.

Happy no puede evitar soltar una carcajada que haría palidecer de envidia a una cucaburra. Siempre le pasa cuando está muy nerviosa y cuando no... pues también. No puede evitar imaginarse al menk como una versión descolorida y barata de Sid, el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo.

—¿Qué pasó realmente con la expedición Dyatlov? No los mató una avalancha ni una tormenta, ¿verdad? —pregunta Rodri harto de cháchara y dando un paso al frente. Necesita respuestas. Las lleva buscando toda su vida.

—Por supuesto que no —responde el anciano ofendido—. Fue el hijo de nuestro señor. El mismo cuya prisión estáis pisando ahora mismo. Porque esto es lo que realmente es este lugar, una maldita cárcel —el chamán se detiene dramáticamente, afina el oído para después esgrimir una amplia sonrisa—. Está despierto.

—¡Déjese de rollos místicos y dígame qué pasó con Igor Dyatlov y sus compañeros! —exclama fuera de sí Rodri librándose con violencia del brazo de Sergey que intentaba frenarle—. ¿Lo sabe o no?

—Oh, pues claro que lo sé, ¿quieres saberlo? Te lo contaré.


Sin mediar palabra alguna, el anciano se encamina al fondo de la sala. Abre una puerta y baja otro nivel. Empieza a hablar.

—Llevábamos siguiendo al grupo de Dyatlov desde hacía días. Les advertimos que no era seguro adentrarse más en nuestras tierras, que no eran bienvenidos. Yuri Yudin fue el único que se asustó e intentó convencer a sus compañeros de que era una mala idea seguir, pero el resto del grupo no le hizo caso y siguieron con su intención de continuar. Yudin exageró una ciática para regresar. Sé que este acto de cobardía, o de clarividencia, le persiguió toda su vida.

»Con la conciencia tranquila, a sabiendas de que habíamos hecho todo lo posible para evitar el destino de Igor Dyatlov y sus amigos, sorprendimos al grupo de excursionistas la noche del uno de enero, los hicimos salir de sus tiendas a medio vestir, les hicimos andar ladera arriba dirección al bosque y los dejamos a merced a nuestro Señor como ofrendas. Algunos quisieron volver sin éxito a las tiendas, pero jamás tuvieron la más mínima oportunidad. Que glorioso espectáculo ver a nuestro benefactor disfrutar tanto de nuestros presentes...

—¿Con la conciencia tranquila? ¡Los condenasteis a una muerte segura! —interrumpe Happy para susurrarle a continuación a su hermano y apremiarle con la mirada—. ¿Qué tal si nos vamos echando chispas y dejamos al abuelo de Heidi dándole la chapa a su puta madre?

—Señorita Happy, ¿qué tiene más peso? ¿La vida de nueve desconocidos o el bienestar de una tribu entera de más de doscientos miembros incluidos niños, mujeres y ancianos durante un ciclo entero? —sentencia asqueado el chamán—. Creo que está bastante claro. Tomarías la misma decisión. ¡Todos vosotros haríais lo mismo!

Happy niega con la cabeza indignada.

—Cuando los militares —continua Yuvan— y el equipo de búsqueda encontraron semanas después, uno tras otro, a los nueve cadáveres, supieron que algo fuera de toda lógica acababa de acontecer y nos empezaron a hacer preguntas incómodas. Que si habíamos visto algo. Lo negamos todo. Pero, a pesar de estar dando palos de ciego, consiguieron encontrar algunas pisadas de nuestro Señor cerca de la cueva. La misma donde hallaron los cuerpos de los últimos cuatro excursionistas. Unas huellas que omitieron en los informes oficiales por razones obvias. El mundo no estaba preparado para ello.

»Lev Nikitich, el investigador fiscal de la región, un hombre recto pero estúpido, destinó un contingente a rastrear y cazar al hijo de nuestro Señor y finalmente consiguieron apresarlo valiéndose del estado de hibernación en el que se hallaba sumido. Doce hombres murieron aquel día. ¿Lo ve señorita Happy? Lev Nikitich también tomó una decisión y decidió que la muerte de doce hombres era un pago justo para atrapar al hijo de Nom-Torum. Al final, el río bebe de muchas fuentes, pero todos bebemos del mismo río.

—¿A dónde se llevaron a la criatura? —pregunta Rodri— ¿Y por qué están aquí los cuerpos de los excursionistas junto a una docena más?

—Una pregunta estúpida típica de una mente pequeña. ¿A dónde se iban a llevar a nuestro protector? ¡Pues aquí mismo! Lo encadenaron como a un animal rabioso y empezaron a estudiarlo para después de decenas de años seguir sin entender nada.

»Hartos de dar palos de ciego, terminaron cansándose, clausuraron la base y la abandonaron. No sabían qué hacer. Ni podían matarlo ni tampoco podían liberarlo —responde Yuvan contrariado—. Respecto a los cuerpos del grupo Dyatlov... Al descongelarse los cadáveres en la sala de autopsias, los médicos quedaron horrorizados: las facciones y la estructura ósea de los excursionistas habían mutado a algo no humano y las constantes vitales estaban regresando poco a poco. Aterrorizados por el hallazgo, el forense Boris Vozrozhdenny mandó criogenizarlos y enviarlos a un antiguo laboratorio especializado en armas bacteriológicas de principios de la Guerra Fría.

—Y para no levantar sospechas entre los familiares decidieron reemplazar los cuerpos ¿verdad? —insinúa Rodri enrabietado— ¿Con presos de la cercana cárcel de Ívdel? ¿Voy muy desencaminado? Y completaron el engaño afirmando que estaban cargados de radioactividad para evitar futuras exhumaciones a las familias rotas por el dolor. Hijos de puta... todos.

—Exacto —responde el chamán divertido—. Gusta nuestro Señor de marcar a sus víctimas y los afortunados de su beso regresan al poco tiempo... cambiados.

El chamán vuelve a olisquear el aire, detiene el paso frente a una inmensa celda a oscuras y con una mezcla de excitación contenida y ansiedad abre la puerta ruidosamente con sus manos sudorosas. El olor nauseabundo es vomitivo, primitivo.

La luz del pasillo parpadea con languidez y, finalmente, cierra sus ojos para siempre, dejando al grupo sumido en la más absoluta tiniebla. Poco después, un gruñido rasga el silencio de la oscuridad.

—Hemos llegado. ¿Queréis saludar a nuestro Señor?


Hace trece años.

Yuri Yudin sabe que morirá esta noche. Tras tantos años de culpa, es hora de reunirse con sus compañeros. Ha dejado instrucciones muy precisas de que desea ser enterrado junto a ellos y que sus pertenencias le sean entregadas a un buen amigo suyo. Él ya no puede más.

Cada noche al cerrar los ojos es un juicio sin palabras. Sueña con la tienda vacía de sus amigos. Camina intranquilo entre las sombras de recuerdos, escuchando los imaginarios gritos de los camaradas que nunca regresaron.

Cada aliento quema su pecho con el recuerdo de su cobardía.

Cada amanecer es un reproche silencioso ingobernable. A pesar de sus múltiples intentos por esclarecer el destino de su grupo de amigos, todos estos años apenas ha conseguido averiguar algo. 

Descubriría la existencia de una base militar secreta cerca del incidente, una instalación militar caída el olvido y abandonada durante las reformas de la perestroika a finales de los años ochenta.

Un militar ruso jubilado le entregó años atrás unas coordenadas, un código numérico y la promesa de que sabría la verdad si se atrevía a descubrirla. Jamás se atrevió a emprender ese viaje amparándose en la creencia de que era demasiado viejo, demasiado enfermo, demasiado todo. Se arrepiente, pero ya es tarde.

Con su último aliento, Yuri comprendió que algunas veces sobrevivir duele más que morir.

Ahora.

Sergey estrella una roca contra el teclado numérico de la escotilla de entrada a la base. A escasos metros, Happy y Rodri sin resuello ven como los aleatorios chisporroteos del destrozado panel se funden en la nieve.

—¿Estamos a salvo? —pregunta Happy hiperventilando y sin dejar de darse aire con un abanico de la feria de Abril de Sevilla que sabe Dios de dónde lo ha sacado— ¿De verdad de la buena?

Sergey afirma con un escueto Da! mientras vuelve a estampar con virulencia otra roca contra el panel condenando la entrada a la base. Exhausto, pero satisfecho, se deja caer de culo junto a Happy. Su musculado pecho sube y baja como los pistones del motor de un camión.

—¿Dónde está Yuvan? ¿Nos ha seguido?

—No, al poco de apagarse las luces salió corriendo —le responde Sergey a Happy—. Se ha quedado atrapado con lo que fuera que estuviese ahí abajo gruñendo. Puto loco.

—Tere, Sergey, esa cosa me habló, se metió en mi cabeza. Me mostró cosas... cosas increíbles. Yo... yo quería verlas, quería... —confiesa Rodri avergonzado llevándose las manos al rostro—. Si Happy no me hubiese arrastrado fuera, yo habría entrada en esa celda. Tenía tantas ganas de saber. Casi consigo que nos maten.

—A mí también me habló, priyatel Rodri. No te castigues por eso —admite el ruso—. Es su juego. Su forma de seducir.

—Pues a mí también me estuvo comiendo la oreja, —confiesa Happy buscando algo de manduca en su mochila— pero como no entiendo ruso, pues mierda para él. Para que luego digan que los idiomas ayudan. Las dos únicas palabras que te abren puertas en este mundo son abrir y cerrar. Mucho Dios celestial, pero al final se ha comido una full de Estambul en todos los morros.

—Chicos, hay otra cosa que tengo que confesaros, —interrumpe Rodri— el Menk... me ha mordido. Estoy marcado.

—Este niño no me da más que disgustos, joder —responde Happy más aburrida que interesada.

—Tere, no quiero que me veas morir —suplica Rodri dejándose caer en la nieve envuelto en sudor. Está ardiendo. Empieza a quitarse torpemente la trenka. ¿Fue esto lo que sintieron Igor Dyatlov y sus amigos para deshacerse de la ropa?

—¿Pero qué tonterías dices culotriste? —responde Happy tirando de él con la misma fuerza que un aplauso en misa—. Si tantas ganas tienes de espicharla, ¿me puedo quedar con tu colección de calcetines huérfanos?

—Joder, Tere, te los regalo todos, pero ¿cómo se te ocurre esa idea sabiendo que pronto estaré muerto? De verdad que eres de lo que no hay.

—Anda, drama queen, que a ti no te ha mordido el Chewbacca ese, he sido yo —le confiesa Happy sacudiéndose de nieve los pantalones—, algunas veces, cuando me estreso mogollón y llevo algunas horas sin comer, me da por morder al primero que se me pone delante. Lo tengo bastante controlado, lo de la risa nerviosa, no tanto.

—¡Si casi me arrancas el brazo! —responde indignado Rodri— Y entonces, ¿la sensación de desorientación? ¿el calor? ¿el temblor de las piernas? ¿los gruñidos a mi espalda? ¿me lo he imaginado todo?

—Pues va a ser que sí. ¿Tú has llegado a ver al bicho ese? ¿A qué no? Pues yo tampoco. Yo creo que el laboratorio ese estaba mal aislado por los Pepe Gotera y Otilio* rusos de rigor, a tope de sustancias químicas y te han hecho ver cosas que no existían. Respecto a los gruñidos, eso era mi estómago pidiendo croquetas de jamón. Llevo muchas horas sin llevarme nada a la boca ¿sabes? Y no queréis verme con hambre, ¿verdad?

»¡Sergey! ¡Niño bonito! —le grita Happy al joven ruso haciendo ostentosos ademanes—, échame una mano con el princeso y vámonos a casa.

—No podemos abandonar a Yuvan, Tere —resopla Rodri incorporándose a duras penas—. Deberíamos bajar a por él y...

Vy mudaki! —interrumpe Sergey con el semblante serio—, no haremos nada de eso. Aunque pudiéramos volver a entrar, sería demasiado peligroso. Está oscuro, nuestras linternas están casi agotadas y tampoco sabemos si quiere acompañarnos. Ni hablar. ¿No decía Yuvan que el bien de la mayoría prevalece sobre el de la minoría? ¿Que para que el pueblo camine mañana, alguien debe arrodillarse hoy? Pues creo que la supervivencia de tres jóvenes vale más que la de un anciano loco. Hemos hecho lo que debíamos. Nos vamos.

—Bueno, bueno, lo de jóvenes solo se puede se aplicar en mi caso, que vosotros dos sois más viejunos que un teléfono móvil con teclado ¡Si hasta vuestra partida de nacimiento cotiza en arqueología! —sentencia Happy entre risas huyendo de una batería de bolas de nieve dirección al vehículo oruga con zancadas torpes y poco agraciadas.

Epílogo.

El cuerpo del chamán yace destripado en el suelo, con los intestinos desparramados como la ropa sucia en la habitación de un adolescente. Está abierto y flácido, como una bolsa de plástico cuyas asas alguien ha tirado demasiado tiempo hasta que finalmente han cedido.

Poco interesado ya en su víctima, pese al hambre feroz que le roe las entrañas, el Menk se aleja con apatía, arrastrando sus extremidades colgantes como si sus huesos estuvieran mal ensamblados. La sangre del anciano gotea lentamente de las uñas negras y astilladas de sus dedos huesudos, torcidos en ángulos imposibles. El hambre lo aturde, pero ni así logra convencerse de devorar la carne correosa del viejo.

Además de su cabeza principal, coronada por colmillos enormes y cuernos retorcidos, posee otras tres cabezas más pequeñas que brotan del cuello y de los hombros como una burla grotesca a la anatomía. Una de ellas cuelga muerta como un trozo de carne mal cortado en el gancho de un matadero por los años de inanición, las demás siguen teniendo tienen hambre, mucha hambre.

Encontrará comida pronto. Su olfato se lo asegura: varios pisos más arriba, algunos cuerpos han empezado a descongelarse desde que cayó el suministro eléctrico.

Tarde o temprano encontrará la forma de salir de esta prisión subterránea. Algún curioso aparecerá. O un adorador. Ha pasado antes. Volverá a pasar.

Además, el tiempo carece de significado para un dios cuando se es inmortal.

Tiene todo el tiempo del mundo.

Y cuando llegue el momento… comerá.

Comerá hasta hartarse.

FIN.

*Pepe Gotera y Otilio son dos personajes clásicos del cómic humorístico español. En teoría son reparadores a domicilio, pero en la práctica, cada vez que intentan arreglar algo lo estropean muchísimo más.

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Todos los derechos reservados

Basado en una creación de Meghan Olivia Fernie.

¡El estupendo Booktráiler creado para la ocasión!


¡La estupenda banda sonora!


Kris Bowers - Secret Invasion Opening Theme.


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