El paso del diablo (tercera parte de tres) - Una aventura de Happy Panda
¡Lee la primera y segunda parte aquí!
Sin mediar palabra alguna, el anciano se encamina al fondo de la sala. Abre una puerta y baja otro nivel. Empieza a hablar.
Cada noche al cerrar los ojos es
un juicio sin palabras. Sueña con la tienda vacía de sus amigos. Camina
intranquilo entre las sombras de recuerdos, escuchando los imaginarios gritos
de los camaradas que nunca regresaron.
Cada aliento quema su pecho con
el recuerdo de su cobardía.
Cada amanecer es un reproche
silencioso ingobernable. A pesar de sus múltiples intentos por esclarecer el
destino de su grupo de amigos, todos estos años apenas ha conseguido averiguar
algo.
Descubriría la existencia de una
base militar secreta cerca del incidente, una instalación militar caída el
olvido y abandonada durante las reformas de la perestroika a
finales de los años ochenta.
Un militar ruso jubilado le
entregó años atrás unas coordenadas, un código numérico y la promesa de que
sabría la verdad si se atrevía a descubrirla. Jamás se atrevió a emprender ese
viaje amparándose en la creencia de que era demasiado viejo, demasiado
enfermo, demasiado todo. Se arrepiente, pero ya es tarde.
Con su último aliento, Yuri
comprendió que algunas veces sobrevivir duele más que morir.
El cuerpo del chamán yace
destripado en el suelo, con los intestinos desparramados como la ropa sucia en
la habitación de un adolescente. Está abierto y flácido, como una bolsa de
plástico cuyas asas alguien ha tirado demasiado tiempo hasta que finalmente han
cedido.
Poco interesado ya en su víctima,
pese al hambre feroz que le roe las entrañas, el Menk se aleja
con apatía, arrastrando sus extremidades colgantes como si sus huesos
estuvieran mal ensamblados. La sangre del anciano gotea lentamente de las uñas
negras y astilladas de sus dedos huesudos, torcidos en ángulos imposibles. El
hambre lo aturde, pero ni así logra convencerse de devorar la carne correosa
del viejo.
Además de su cabeza principal,
coronada por colmillos enormes y cuernos retorcidos, posee otras tres cabezas
más pequeñas que brotan del cuello y de los hombros como una burla grotesca a
la anatomía. Una de ellas cuelga muerta como un trozo de carne mal cortado en
el gancho de un matadero por los años de inanición, las demás siguen teniendo
tienen hambre, mucha hambre.
Encontrará comida pronto. Su
olfato se lo asegura: varios pisos más arriba, algunos cuerpos han empezado a
descongelarse desde que cayó el suministro eléctrico.
Tarde o temprano encontrará la
forma de salir de esta prisión subterránea. Algún curioso aparecerá. O un
adorador. Ha pasado antes. Volverá a pasar.
Además, el tiempo carece de
significado para un dios cuando se es inmortal.
Tiene todo el tiempo del mundo.
Y cuando llegue el momento…
comerá.
Comerá hasta hartarse.
FIN.
Todos los derechos reservados





Comentarios
Publicar un comentario